"Vivir en la efervescencia", Avería

11.12.2013 09:54

Dolores, la gran monologuista de los años noventa, fue concebida en Mojacar en un cuenco de aperitivos en enero de mil novecientos sesenta y ocho. Su madre Raquel, una joven sugus de menta, fuerte y alocada  acudió a una fiesta y allí conoció a Toni,  un pringoso oso gominola de fresa que con su hablar azucarado embelesó a Raquel y más tarde se dejó desenvolver.  

El abuelo de Dolores, un sugus tuttifruti con mucho carácter que decía saberlo todo porque contenía todos los sabores, en cuanto notó que su hija perdía su forma cuadrada y se redondeaba, lo supo. Raquel estaba embarazada. Qué otra cosa se podía esperar de ella siendo de menta,  que fuera una fresca y encima embarazada de un oso ¡Qué vergüenza! —dijo su abuelo.

Raquel se ve obligada a  abandonar  la bolsa de plástico familiar y se muda con Toni a un cenicero abandonado a esperar la llegada del bebé. Cuatro meses más tarde cuando la barriga de Raquel no da más de sí, siente un retortijón incontrolable seguido de un fuerte dolor y escozor. El vientre de Raquel se estremece y deja escapar a Dolores. Era el tres de mayo de mil novecientos sesenta ocho. Dolores estaba aquí.  Una bebe caramelo que no se parecía a sus padres a pesar de tener a su manera  un poco de cada uno. Dolores había heredado la piel de fresa de su padre y el cuerpo blando de su madre. Sin embargo, no era bajita ni rechoncha como Raquel sino de cuerpo largo y aplanado y su piel no era transparente como la de Toni, sino áspera y cubierta de pecas ácidas. ¡Habían concebido una cinta de gominola picante! El más raro de todos los caramelos. No lo tendrá fácil en la vida. No caerá ni sentará bien a los demás, así que será mejor que se acostumbre desde pequeña a lo que opinen de ella —pensaron sus padres—. Por eso le pusieron por nombre Dolores Fuerte Barriga.

La infancia de Dolores transcurre en un ambiente dulzón y pegajoso en el cual sus ideas como sus pecas borbotean efervescentes y ácidas. Con los años, Dolores se transforma en una adolescente observadora, de verborrea mordiente que escribe historias satíricas y corrosivas alejadas de su rutina edulcorada.

A los dieciocho años, en mil novecientos ochenta y seis, conoce a quien será su compañero de vida. Ramón, un lacasito amargo 90% cacao que como ella desafía la vida empalagosa. Ramón se convierte en su pareja, amante y representante. Juntos emigran a Madrid. Los primeros años malviven en puestos de golosinas ambulantes, mientras  Ramón rueda cada día con los escritos de Dolores bajo el brazo, pero nadie parece estar interesado. En el verano de mil novecientos noventa y uno le llega a Dolores su gran oportunidad de la mano de un empresario alemán: Alfred, un pretzel muy salado amante del humor acre. Alfred estaba en Madrid en una convención de galletas saladas y allí descubre a Dolores recitando una de sus historias a unos sándwiches mixtos en el bar del hotel. Alfred queda atrapado por los monólogos de Dolores. Monólogos sazonados de palabras mordaces, de tragar áspero que avinagran. Alfred lleva a Dolores a la cima de la fama y durante una década no hubo ningún otro artista como ella. Dolores fue la reina de la picaresca.

 

El veinte de diciembre de mil novecientos noventa y nueve, Ramón muere aplastado por un tacón de zapato del número cuarenta y cuatro. Dolores no supera la muerte de su amante. Dolores deja los escenarios y se abandona en brazos de caramelos toffee, azucarados de ellos mismos, para olvidar el amargor de Ramón. A solas, por las noches se diluye en vasos de tequila. El veintiuno de enero del año dos mil uno, Dolores burbujea por última vez en una sobredosis de alcohol y azúcar glasé. Ese día, la más ácida de las monologuistas nos dejó, víctima de su propia efervescencia.