"Sin corazón", Bibliotecaria de la vida

01.11.2013 23:48

El reloj marcaba las 9:40 de la noche un día catorce de septiembre, Josimar iba a su casa tras una extenuante jornada laboral. Le habían pagado ya su quincena por ser viernes, pero lejos de estar alegre, con solo pensar en que esfumaría el dinero con sus gastos habituales bajaba sin ánimo las escaleras del la estación del tren subterráneo. Vio el puente peatonal que estaba a pocos metros de él y cómo bajo las escaleras se vislumbraba un grupo de individuos, serían cuatro o cinco personas sentadas en el suelo encendiendo un leve fuego. De inmediato le vino a la mente el recuerdo de Emilio Castrejón, a quien no conoció, pero cuya historia no paraba de darle vueltas en la mente. Aún recordaba el encabezado del diario del lunes hacía tres semanas...

Emilio no cumplía siquiera los veinticinco años, aspiraba a graduarse de sociólogo y siempre se le caracterizó por su nobleza de espíritu y generosidad. Yendo con sus camaradas un viernes saliendo de una fiesta, embriagados y felices se fijaron en cierta casa semiderruida que estropeaba la armonía del vecindario. Otro joven los retó a entrar para ver su interior, pero Emilio se rehusó alegando que era delito invadir propiedad ajena, lo tacharon de cobarde y prefirieron ir a pie hasta el zócalo donde siempre había música y gente sin importar la hora. Emilio miró la casa antes de partir y vio en la ventana del segundo piso un destello, como si alguien hubiera encendido una vela, súbitamente ese punto amarillento desapareció, el joven no le dio importancia y estaba seguro que sería un velador que cuidaba el terreno.

La mañana siguiente mientras salía a correr notó en la acera frente a la casa deshabitada a una joven, larguirucha y sucia sentada con la cabeza mirando al suelo y el cabello enmarañado cubriéndole el rostro, gemía y se acariciaba las muñecas con rictus de dolor. Él se detuvo cerca, vio a todos lados pero era muy temprano para que hubiera más gente en la calle, se compadeció de la figura endeble y le habló preguntando si necesitaba ayuda, un doctor o quizá un policía.

-¡Policía no! -se tiró atrás como una gata asustada y él se contagió del miedo, le dijo que no temiera, solo quería ayudarla-. Tengo hambre -gimió- solo tengo hambre y duelen las muñecas -le enseñó sus brazos con marcas de ataduras, tragó saliva, se hallaba ante una víctima de trata de blancas, o estaba metida en líos de gravedad, volvió a decirle que la ayudaría, conocía personas de diferentes organizaciones; pro mujer, y en la defensa de los derechos del niño, pero ella solo insistió en la comida.

Le dijo que aguardara y volvió con algo caliente, una torta de tamal y un atole pues fue lo único que halló antes de las siete de la mañana de un sábado. La miró comer y le habló para calmarla, cuando terminó todo se puso de pie, era una adolescente apenas y con voz dulce aunque un poco torpe le agradeció.

-¿Dónde vives?, ¿alguien se ocupa de ti?, yo puedo…

-Vivo en cualquier lugar que esté solo, a oscuras para que nadie más me vea y ataque, hoy me echaron porque tenía mucha hambre.

-¿Quiénes? -más no le respondió, dio un paso lejos de él, Emilio Castrejón la sujetó del brazo, sintió casi sus huesos, no había músculos ni grasa-. No te voy a lastimar, pero no te vayas así, ¿cómo puedes vivir sin nada?

-Gracias -se soltó y echó a correr, se vio tentado a seguirla pero no sabría qué hacer si la alcanzaba.

La teoría es tan diferente de la práctica, él estaba aprendiendo de la sociedad y cómo el ser humano lucha constantemente por la adaptación y el desarrollo individual a la vez que coexiste con los demás, pero esto iba más allá de lo básico, ella, al igual que miles  en el mundo no tenía aspiraciones porque tampoco podía desear más allá de lo básico para subsistir.

-… ¿Y por qué tanto drama, cuántas veces no hemos pasado de largo con todas las personas que piden dinero?, son tantos y están en todas partes, la primera vez les das una moneda, pero es imposible mantenerlos a todos. ¿Y cuántos de ellos no se vuelven ladrones o drogadictos?, muchos matan por un pedazo de pan -oyó decir a una conocida a quién le contó el episodio-. Pero te causó aflicción porque era una muchacha, es más, de haber sido una niñita te habrías echado a llorar, actuaste como un infante acomedido, dándole comida a un animalito de la calle, ¿y luego qué?

La volvió a ver, pasó cerca de esa casa en la noche, desde la ventana del segundo piso parpadeó una luz dos veces. Emilio Castrejón miraba la ventana y notó que nadie más que él lo hacía, ¿podría ser producto de su imaginación?, más la había oído y alimentado, eso sí era un hecho. Se acercó a la entrada, la puerta conservaba detalles de la época colonial, la madera pesada y llena de motivos en relieve, una amplía reja tapiada de tablas impedía mirar el patio, pero oyó su voz, más aguda y penetrante que antes.

-¿Comida?

-No tengo nada, solo iba de paso, ¿con qué iluminaste la ventana?

-Perdón, vete mejor.

-¿Hay más personas ahí?

-No gente.

-Si quieres te puedo dar dinero.

-No -sacó su delgado brazo por una separación en las tablas, un brazo blancuzco y de uñas largas y sucias, dedos sin embargo pequeños, deprimentes.

-Espera y te traigo algo -se sentía invadido de un ansia de complacerla, pese a que le hablaba solo a su cabello y en este caso a un brazo, detrás de esa figura había algo inocente. Le dio pan, arrojó la bolsa sobre la reja y ella comió dejando su mano fuera para hacer notar su presencia-. No puedes seguir así, te ayudaré, ven conmigo.

-Solo tú -metió el brazo y se fue.

En casa, a oscuras en su cama vio que la cortina de la ventana parecía moverse, cerró los ojos y tuvo un escalofrío, los abrió y creyó ver una figura parada a lado de la pared, recordó las palabras “Solo tú”, encendió la luz y no había nada, la tela dejó también de ondear.

Cuando en una noche lluviosa seguida del episodio de la recámara, iba en un taxi, miraba el agua elevada treinta centímetros en las calles, se le dijo que no podían ir más adelante, estaba cerrado el camino por el temor a que vehículos se quedaran atascados bajo el nivel del agua que subía amenazante. Tuvo que caminar bajo un puente vehicular como en una Venecia con olor a cañería, y bajo un farol cuya luz agonizaba la vio de nuevo, escurriendo, supo que era ella por los trapos que llevaba encima, alguna vez fue un suéter rojo y una falda blanca, ahora telas grises y rosadas.

-¿Por qué sigues buscándome?

-Frío… -dijo con una voz débil, dio un paso hacia Emilio quien se apartó, sabiendo ella que su héroe tenía miedo le dejó ver el rostro para calmarlo, tendría dieciséis años tal vez, ojos grandes y enrojecidos brutalmente como si fuera adicta, la cara sucia y unos labios delgados y bonitos-. Estoy mojada -se cubrió el pecho con los brazos y tiritaba.

-Si te llevo conmigo… ¿irías?, te secas y tomas algo cálido.

-La gente…

-No habrá, estoy solo esta semana -volvió a cubrirse el rostro con el pelo y negó con la cabeza, algo en esa mujer lo atraía, no deseaba dejarla sola y era tan inofensiva- no puedo seguir pensando en lo que te pasa, si no deseas ayuda de verdad, no puedo seguir solo salvándote así, ¿y si no me vieras, qué harías?

-Te buscaría.

-¿Por qué yo?

-Porque eres cálido y tengo tanto frío… y hambre y dolor -las marcas en sus manos, ahora como de dientes, aunado a las que llevaba en sus muñecas.

-¿Vienes? -no pudo negarse otra vez, la noche oscura y lluviosa, Emilio le tendió su chamarra para que se cubriera, aunque ambos estaban más que empapados.

En casa le dio una toalla pero solo se secó con ella la cara y el cabello, no aceptó sentarse ni moverse para no ensuciarle nada, la llevó al baño para que se lavara las manos y de forma veloz se cambió de ropa mientras ella salía. Su rostro seco y limpio era pacífico a excepción de su mirada, los ojos eran tan rojos.

-¿Estás enferma? -y le señaló sus pupilas dilatadas con ese color sangre que las rodeaba pero ella dijo que no, solo que la luz la dañaba y por eso vivía en la sombras- ¿te golpean?

-Si quieren sí, da lo mismo.

-¿Quiénes?

-Quien quiera, a cambio de algo… -trató con esa mirada carmesí de seducirlo, pero le dio temor, casi asco, entendió que con tal de subsistir era presa de salvajes, sádicos, aprovechados-. Tú también…

-¿Comemos? -la interrumpió, no era un santo, pero sí digno, la chica le atraía, estaba en su casa a solas y con la cara descubierta, era carne fresca y aceptaría lo que fuese, pero así, no tenía sentido alguno.

Le dio comida de microondas y café caliente, no podía hacer más, entendió a qué se refería su conocida cuando le dijo que era como rescatar por un día a un animal desamparado. “¿Y luego qué?”

-Me quiero ir -dijo tras comer, se cubría el rostro con el pelo despeinado para que no le diera la luz artificial, Emilio supo que sería fácil continuar con su vida, ella no pedía nada a cambio de sus atenciones, bien podría dejar de tenerlas.

Abrió la puerta y la extraña corrió, desapareció en la distancia. Cuando hubo de cerrar notó un aroma extraño, agrio y húmedo como del interior de una cueva. Se acostó  y a la mitad de la madrugada lo despertó una baja voz, pero más el peso sobre su cuerpo, a sus pies estaba ella enroscada, en posición fetal inerte, de inmediato encendió la luz.

-¿Qué diablos? -su ventana estaba abierta, lo extraño era que solo se podría abrir desde adentro- ¿qué haces aquí, cómo entraste?

-Tenía frío y tú abriste.

-¡Mentira, vete! -supo que debía bajar la voz por la hora, ella se levantó de golpe y corrió a la puerta, notó en su pequeña espalda, sobre la tela, un leve rastro de sangre y al llevarse las manos a la boca en señal de asombro por verla herida notó que en sus propias uñas había sangre seca.

-Me jalaste de la nuca, eso te gustó -fueron sus palabras y salió corriendo de la casa de nuevo.

Hasta ahora nada tenía sentido para Emilio, ¿cómo es que ella regresó, o es que él fue a buscarla?, ¿ella trepó por la pared al oír su llamado?, ¿a cambio de brutalidad aceptó como pago dormir bajo su techo? Era muy peligroso que volviera a su casa, estaba temporalmente solo pero ¿qué habría sucedido si la situación ocurría estando sus padres?

Pensó que se volvía loco porque un hombre de la nada no encuentra a una mujer ensangrentada en su cama, ¿lo habría drogado? O peor aún, ¿estaba hechizado?, pero eso era absurdo por completo, era una vagabunda y probablemente conocía cómo abrir una puerta ajena, debía ponerle un fin de una vez por todas. Decidió cambiar la cerradura cuando volvieran sus familiares y poner además otros seguros que se abrieran por dentro.

Lucía débil, algo demacrado y ya no salía a correr en las mañana porque no quería verla, pero contradictoriamente lo hacía como poseído. En esa misma casa noche tras noche en el segundo piso brillaba esa luz parpadeante y él como polilla al farol no dejaba de acudir a su llamado. No podía sacar de la casa el aroma a humedad, y tampoco de su piel, aunque nadie más lo notara no dejaba se percibir un hedor molesto. Si acaso creyera en lo fantástico diría que ella era una vampira, una zombi, ¿fantasma? Nada de eso, una marginada y quizá loca, abusada y denigrada que solo tenía hambre siempre.

Cuando más cansado que nunca antes por el temor a que volviera a meterse en su casa y él cometiera un crimen, había dejado de dormir con tranquilidad, se despertaba cada hora y miraba la ventana, mientras sus ojos se acostumbraban a la oscuridad veía una mancha clara cerca de él, y en cuanto se tallaba los ojos desaparecía. Optó por dejar de verla, porque era malo para su salud mental y a ella por sobre todas las cosas la estaba volviendo dependiente y una víctima más como sus otros verdugos. Frente a la casa abandonada notó más destellos, pero esta vez eran rojos, uno, dos, tres puntos en el segundo piso y se apagaron al mismo tiempo.

-Es un demonio -murmuró sin apartar los ojos del dosel de la casa y cuando los bajó para mirar su ruta vio que ella estaba a su lado del otro lado de la reja, sería imposible que hubiera bajado en un segundo-. ¿Quiénes más están ahí?

-Mis hermanos -y la oyó romper a llorar desesperadamente- vete y no vuelvas.

-¿Todo este tiempo los has querido cuidar?

-Yo los tengo que alimentar, por eso…

Por eso hacía lo que fuera por un techo, por obtener sustento a cambio de su persona, pensó él y se sintió impotente.

-Eres bueno, tienes un corazón grande y cálido, pero vete de aquí -otro llanto se escuchaba, de infante, de bebé y una tenue luz azul se apoyó en el vidrio.

-¿Un bebé? -preguntó Emilio, la muchacha ocultó sus brazos cruzados sobre el pecho tras el cabello, por lo poco que pudo alcanzar a ver sintió también su pena-. ¿Tu hijo?, esta será la última vez que te ayudo, démosles algo a tus hermanos y dejaré de verte.

-Márchate mejor, nunca quise nada de ti, pero tú…

-¿Yo qué?

-Me tocaste, me sujetaste del brazo una vez.

-¿Y eso qué tiene qué ver?

-Te interesaste demasiado y no pude dejar de buscarte.

Fue a comprar leche y pan, porque era práctico, en el mini supermercado tomó algún paquete de carnes frías y lo que se le viniera a la mente. Pagó con premura y el dependiente lo miró con curiosidad cuando salió corriendo, en la entrada ella lo estaba esperando, la puerta estaba abierta y lo invitó a pasar.

-No, no puedo entrar ahí -el llanto del niño se hacía más fuerte y ella miró de inmediato al sitio de donde prevenía.

-Serán unos minutos y ya, pero si debes irte…

Y esas fueron las últimas palabras que pronunció la muchacha, Emilio Castrejón tragó saliva y la siguió con sus compras en los brazos. Cruzaron un patio a oscuras con una serie de matorrales y árboles secos, una fuente sin agua, bancas antiguas oxidadas y macetas rotas, ella jaló el portón que daba al interior de la casa y lo llevó a las escaleras pero no subió, sino que lo guió al sótano de donde se escuchaba el llanto. La habitación estaba iluminada por una fogata improvisada, el humo que se producía por la quema de basura irritó los ojos de Emilio y lo hizo toser salvajemente. Vio que no estaban solos un niño pequeño yacía en la tierra que conformaba el suelo y al notar a un intruso en su lecho lloró como si fuera un bebé, esto le ocasionó a Emilio que deseara salir corriendo pero dos niñitos más le cerraron el paso, él les ofreció la comida y la tomaron como bestias salvajes, a la luz del escaso fuego lucían como demonios con el rostro escurriendo de saliva y un brillo sangriento en su mirada, sonidos guturales llenaban la atmósfera y fue el momento para que él diera dos pasos de vuelta a la calle, pero acostumbrándose a la penumbra notó que además de los niños había más criaturas mirándolo.

-Corazón grande -dijo una voz salvaje, otra dijo “corazón cálido” acercándose a Emilio hasta que lo tuvo de frente, sus ojos rojos intolerantes a la luz natural lo devoraron justo como sus colmillos y dedos, todo ser blancuzco y de mirada sangrienta lo sujetó, y además de saciar su hambre, ofrecieron su corazón al altar que veneraban con luces de encendedores portátiles y teléfonos celulares, es decir, las pertenencias que otrora hubiesen obtenido de víctimas como Emilio y que fungían como luces de llamado bailando ante el cristal de la ventana del segundo piso, como en un rito de cortejo, así fue el destino de los objetos de las víctimas, de esos hombres con el corazón grande y cándido, rebosante de jugo, con carne magra y deliciosa. Él, Emilio, había sido despojado de su voluntad cuando la tocó, el misterioso hechizo que tenían quienes vivían en la oscuridad se transmitía por la piel, le llenó la cabeza de su agria alma, lo tomó por juguete y alimento, acercándolo cada vez más a la trampa, lo hipnotizó con sus pupilas rodeadas de escarlata y como si fuera un títere lo obligó a abrirle las puertas y ventanas de su hogar y calentar su huesudo y frío ser. Tuvo el arrepentimiento incluso antes de que Emilio entrara a la casa, hubiera sido capaz de dejarlo ir, pero él tan apasionado por las causas de la humanidad confío ciegamente hasta el último momento.

“¡Devorado!, ¿canibalismo o magia negra?”, había enunciado el periódico sensacionalista, mucha gente no quiso opinar y otros culparon como siempre a las carencias en las que vivía un amplio margen de la población. La otra mitad leyó lo concerniente a que en la escena del crimen solo se encontró  la ropa del joven, un charco de sangre y restos de carne indescriptibles, la ayuda vino porque el dependiente de la tienda oyó un grito horrible viniendo de la calle, pero para cuando dieron con el lugar únicamente se podía ver en un muro del sótano la pared con restos de fuego y una marca en forma de corazón humano, gigantesca, cuyos bordes habían sido teñidos con sangre. Magia negra, seres que rendían tributo a su Dios, el señor de la oscuridad, el amante de la sangre, ese que acoge a los desamparados y los vuelve esclavos sedientos de humanos, o bien Emilio había sido engañado, drogado y secuestrado por santeros, brujos que a manera de diezmo ofrecieron a Belcebú el cuerpo y entrañas de un joven solo a quien venía vigilando desde hacía un par de días.

Tantas fueron las versiones a la muerte de Emilio Castrejón que los días siguientes muchos, presas del pánico dejaron de acercarse a extraños, caminaban mirando en derredor con paso apresurado, pero ese asunto duró no más de siete días porque como suele suceder, uno nunca espera que le ocurra lo que ve en la nota roja, son situaciones que siempre pasan en otro lugar. Pero para Josimar fue diferente porque él siempre se había sentido conmovido por la desgracia ajena y por aquellos que día a día mendigan por subsistir y cuando creyó que nada le podría quitar esa idea de muerte por una secta subterránea vio, a una cuadra de llegar a casa, que remataban frutas, cuatro kilos de plátanos por tan solo $10, le pareció una ganga y compró lo que sus brazos alcanzaban a cargar para llevarle a su familia, frente a su esquina notó a unos niños sentados en la banqueta, aparentemente inhalando cemento, pese a la oscuridad y lo noche que era, estaban ahí recargados.

-¿Oiga don, no nos convida? -dijo uno tirando de su bolsa rebosante de frutas, Josimar los esquivó y sintió profunda pena, se acarició el bolsillo del pantalón tentado de sacar la cartera y darles algo para que compraran comida, pero los ojos rojizos de uno de ellos lo hicieron recapacitar y apretó el paso sin decir más-. No tiene corazón -le dijo el niño en la calle. Por un momento esas palabras dolieron, pero pensó otra vez en Emilio Castrejón y a dónde lo condujeron sus buenas intenciones y supo que sin eso que le faltaba en medio del pecho podría estar seguro de que ninguno de esos seres hambrientos de calor iría detrás de él.