"Santa Claus necesita colaboradores" (colaboración especial)

14.01.2015 13:31
 

Corría el mes de diciembre. Santa Claus había reunido a todos los elfos en una convocatoria especial y urgente.

-Chicos. –les informó. –¡Este año la cosa no va nada bien!

Todos le miraron con una mezcla de asombro y de miedo, pues ya habían venido ellos notando que escaseaba el trabajo en su fábrica de juguetes -¡y eso a pocos días de las navidades! Algunos rumores indicaban que los niños habían dejado de creer en Papa Noel. Otras malas lenguas apuntaban a que las criaturas se habían portado muy mal y por lo tanto no se merecían regalo alguno. Ahora Santa les iba a despejar sus dudas.

-No sé si habéis oído hablar de la crisis que están pasando los humanos. –seguía Santa su relato, mirando las caras de sus fieles amigos.  Estos, sin embargo, no movieron ni un solo músculo de su cara, tan ansiosos estaban por descubrir el enigma.

En vista de que no hubo ningún comentario, Santa Claus  hizo un breve resumen de la situación económica en la Tierra. –La mayoría de la gente apenas tiene para salir adelante. Eso sin contar los innumerables parados que no saben de dónde van a sacar un plato de comida con el que alimentar a sus hijos. Otros años los ricos hacían donaciones para ayudar a los más desfavorecidos y así, de paso,  se promocionaban. Pero este año en vista de que sus cuentas bancarias se han quedado estancadas, todos ellos han debido guardar el talonario en el fondo del armario hasta que empiecen a salir los primeros brotes verdes de la recuperación, como ellos dicen. Ahora mismo lo único que brota es la semilla de la avaricia en sus corazones. Al día de hoy, queridos compañeros, no hay apenas presupuesto para los regalos de los más pequeños.

A Santa se le humedecieron los ojos al tener que admitir que no sabía qué hacer ni cómo solucionar este asunto.

-Santa, ¡pero eso no es justo! –objetó un pequeño elfo. –Los niños no son culpables de esta crisis. ¡No podemos robarles la ilusión de la Navidad!

-Tini tiene razón.

-Eso es cierto. ¡Tenemos que hacer algo! –se escucharon algunas voces alborotadas  desde el fondo de la sala.

Santa se reía debajo de su tupida barba. -¡Esto son mis chicos! Sabía que pensabais igual que yo y que no os ibais a rendir por unos ricos avaros que solamente piensan en sí mismo. Por eso he convocado esta reunión, porque espero que entre todos encontremos la manera de cumplir con nuestra misión como venimos haciendo desde hace siglos. Amigos, juntos hemos superado años de guerra y de hambruna, cambios de gobierno y otras tempestades. ¡Y juntos venceremos también esta crisis!

Un aplauso ensordecedor inundó la sala, hasta que Santa se puso en pie y dijo:

-Ahora, chicos, ¡estrujad vuestros cerebros y pensad en la manera de conseguir regalos de aquí al 24 de diciembre!

Y señalando con su dedo índice una gran montaña de cartas, añadió: -¡No podemos defraudar a esos pequeñines!

Las horas iban pasando, pero apenas se les ocurrió nada. Al menos nada que fuese aceptado por unanimidad. Una elfa pelirroja había propuesto asaltar a unos cuantos ricos empresarios para poder comprar con el dinero del botín los regalos.

-Si tienen tanto que ni siquiera lo van a notar. –puntualizó.

Pero Santa Claus la había amonestado muy seriamente, alegando que aquello era robar y que él no podía permitir que nadie de su séquito cometiese un delito, aunque fuese por una razón más que justificada.

El elfo más joven de todos, Eladio que tan sólo sumaba 168 primaveras, opinó que deberían visitar un casino para probar suerte. -De vez en cuando se dan auténticos casos de suerte y con poco dinero sales de ahí multimillonario.

Esta vez todos se rieron del elfo novato.

-Tú mismo lo has dicho: “de vez en cuando se tiene suerte”. Pero la mayoría de las veces lo que ocurre es que te dejas allí todo el dinero y si te descuidas hasta los calzoncillos.

-Además, -intervino un elfo encorvado que usaba unas gruesas gafas. -¿De dónde íbamos a sacar el dinero para poder jugar? Os recuerdo que para pagar el último pedido de balones nos tuvimos que rebuscar todos en los bolsillos para dar hasta el último céntimo que poseíamos. ¡Chico, estamos sin blanca!

Y si Andrés, que así es como se llamaba este elfo lo decía, ninguno se atrevió a dudarlo, pues él era el elfo que llevaba su contabilidad desde tiempos remotos.

Por fin Claudio, un elfo muy tímido y bastante tartamudo, tuvo una idea que al menos por el momento, no fue rechazada por ninguno. Aunque lo cierto es que tampoco tuvo una acogida demasiado alegre. Pero en vista de que no había otras sugerencias, decidieron probar suerte con el plan de Claudio.

-Al fin y al cabo, no tenemos nada que perder. –alegó Santa Claus y acto seguido se dirigieron hacía el despacho privado de Santa, para poner el plan en marcha.

En los aposentos de Santa estaba ubicado el único ordenador de todo el Polo Norte, pues los elfos aún no se habían modernizado  y por lo tanto no dependían de éstas máquinas inteligentes. Santa tan sólo usaba el suyo de tarde en tarde, cuando quería informarse sobre alguna noticia de última hora o si quería ponerse al día sobre los gustos de los chiquillos de hoy en día, para saber qué regalos serían los más acertados.

Últimamente además se había aficionado a echar una partidita o dos de “Solitario” y hasta había participado en un chat, dónde inmediatamente dos supuestas “señoras maduritas” quisieron conocerle en persona para una amistad o lo que surgiese. En aquella ocasión a Santa se le saltaron los colores y nunca más volvió a chatear con desconocidos.

Ahora, sin embargo, estaba dispuesto a poner un anuncio en Internet, en el que se buscaban colaboradores para salvar la Navidad. Interesados podían contactar con ellos a través de: santaclaus@hotmail.com y las donaciones se podían depositar en la sucursal de ahorros del Polo Norte, en el nº de cuenta 001.

Después de varios intentos fallidos, pues Santa era bastante torpe manejando las nuevas tecnologías, se confeccionó el anuncio a gusto de todos y Santa logró colgarlo en Internet. -¡Ahora sólo nos queda rezar y esperar!

Mientras, en cientos de hogares de todo el mundo, los usuarios de Internet iban descubriendo poco a poco ese extraño mensaje procedente del Polo Norte.

-Hola somos Santa Claus y sus elfos. Necesitamos tu colaboración para poder comprarle regalos a los niños pobres. ¡Rebusca en tu interior y dona lo que buenamente puedas! ¡Hazlo por los niños. Para que no pierdan su ilusión ni su espíritu navideño! Haz clic aquí e ingresa tu cantidad.

Una foto familiar de Santa Claus rodeado de sus elfos ponían punto y final a esta petición tan singular. La mayoría de los internautas pasaban por alto la página de los habitantes del Polo Norte. Algunos pensaban que se trataba de una broma de mal gusto. Otros cerraban la página de inmediato, hartos de que por todos lados les pidiesen dinero. Muchos ni la abrían, desconfiando del remitente y pensando que podría contener algún virus que atacase el disco duro de sus ordenadores. El plan de Claudio, el elfo tartamudo, estaba destinado a fracasar, y las cuentas corrientes de Santa no habían aumentado ni un solo céntimo desde que lanzasen su llamamiento de SOS.

Uno de los pocos que abrió la página web de Santa fue Celestino. Tenía 70 años y vivía en una residencia de ancianos desde que sus hijos así lo decidieron, porque no querían hacerse cargo de él y sólo estaban esperando poder repartirse su herencia. El anciano, al igual que el resto de residentes, acababa de hacer un cursillo rápido para familiarizarse con el manejo del ordenador. Aquella tarde él lo que pretendía en realidad era participar en un foro sobre agricultura para enterarse del precio de la aceituna, cuando sin saber cómo, abrió el anuncio de Santa. El buen hombre se quedó muy pensativo y empezó a llamar a sus compañeros para compartir con ellos la noticia.

-¿Qué opinas de esto, Justino? –preguntó un anciano que se apoyaba sobre dos muletas a otro que cada vez que hablaba dejaba entrever sus encías desdentadas.

-No zé. –ceceaba Justino por culpa de la ausencia total de sus dientes. – Podía zer una broma pezada, de ezas que gaztan loz jóvenes de hoy.

-Pues yo no creo eso. –argumentó Celestino, que en el tema de la crisis andaba sobrado de información. No en vano devoraba todos los diarios que caían en sus manos.

El debate estaba servido y poco a poco se fueron reuniendo todos los habitantes del asilo. Tras una larga y fuerte discusión (fuerte, porque más de la mitad de ellos tenían problemas de audición), los ancianos y ancianas llegaron a la conclusión de que se trataba de una llamada auténtica de socorro y que deberían ayudar en la medida que sus escasos ingresos se lo permitían.-Nosotros ya lo tenemos todo hecho en esta vida y todas nuestras batallas luchadas. Lo poco que necesitamos nos lo dan en la residencia. Tenemos comida y estamos aseados. ¿Qué más podemos pedir? El poco dinerillo que nos quedamos para algún que otro capricho, puede servir muy bien para alegrarle la Navidad a un niño. Debemos tener en cuenta que ellos son el futuro y que si ahora de niños les quitamos todas las ilusiones y esperanzas, de mayores se volverán amargados y la vida en este mundo no resultará nada agradable. Creo que está en nuestras manos devolverles la sonrisa.

Este discurso lo pronunció Celestino, que desde el momento en el que descubrió el anuncio de Santa, se sentía muy implicado con la causa.

Así al día siguiente todos ellos registraron sus escasas pertinencias, en busca de ese billete olvidado o aquellos ahorrillos que solían guardarse entre los calcetines de lana gruesa y las fajas ortopédicas, para casos de emergencia. Algunos incluso fueron más allá. Celestino, por ejemplo, acudió a su abogado para cambiar su testamento. Dio ordenes de vender sus bienes de inmediato y que los ingresos fuesen traspasados a la cuenta de Santa. Y es que Celestino pensó que esos hijos que le habían “abandonado” en una residencia, que apenas le visitaban ni se preocupaban por él y que por adelantado hacían planes con lo que iban a hacer con su parte de la herencia, sencillamente no la merecían.

Sin embargo, había un sitio mejor dónde invertir: ¡para devolverles la sonrisa a los niños en Navidad! Celestino salió contento y feliz del despacho del abogado y de repente vio la vida de color de rosa. Podía decirse que su conciencia era la más tranquila del mundo.

La abuelita Angelita, una octogenaria con más arrugas en la cara que una pasa, no estaba demasiado conforme con las pocas monedas que halló en su monedero. Tampoco encontró valiosas joyas que pudiese vender, porque nunca las había poseído. Tan sólo una desgastada alianza de matrimonio y unos pendientes bastante pasados de moda, era todo lo que pudo reunir. -¡Tengo que encontrar algo más! –se exigía a sí misma, mientras mordía furiosa una onza de chocolate duro.

Angelita era muy golosa, y el único vicio que aún mantenía era el de comer todo tipo de dulces, y mejor si eran duros como el turrón de almendra. Para eso ella se había puesto aquella dentadura que le costó un ojo de la cara con los molares de auténtico oro de 24 quilates. -¡Eso es! –gritó la anciana de repente. -¡Mi dentadura! Iré al dentista a que me extraiga las piezas de oro y el dinero que me den por ellas lo donaré a Santa Claus. Los ojos grises recuperaron su antiguo brillo y la mujer se levantó lo más rápido que sus cansados huesos se lo permitieron y se dirigió hacía la consulta del dentista más cercano. Aunque en el camino empezó a dudar. No de su buena intención. Ella había decidido dar este paso y nada ni nadie la iba a convencer de lo contrario. Lo único que la entristecía un poco era que a partir de ese momento se acabaron los turrones duros, las cortezas de cerdo y los frutos secos. ¡Qué lástima con la ilusión que le hacía a ella, sentarse delante del televisor y roer como los ratones! Ya casi se había echo a la idea de que aquello se había acabado para siempre, cuando pasó delante del escaparate de una tienda de electrodomésticos y tuvo una brillante idea. Con el dinero que Angelita obtuviese por el oro, ella pensaba comprarse una buena máquina trituradora, que además estaban ahora en oferta, y el resto sería destinado íntegramente para los regalos de los niños pobres. Así, Angelita se podía triturar sus dulces y disfrutaría de ellos en forma de puré o de papilla. A la anciana se le hacía la boca agua, e inconscientemente, se relamió pensando lo bueno que estaría un batido de almendras garrapiñadas.

Al igual que Celestino y  Angelita, cada anciano hizo sus propias cuentas, dignas del mejor ministro de economía. Finalmente entre todos los ancianos de esta simpática residencia llegaron a reunir la nada despreciable cantidad de 60.000 Euros. Este ingreso junto al de muchos otros ciudadanos anónimos (en su mayoría humildes trabajadores, porque los ricos empresarios y los grandes magnates no son tan fáciles de convencer para que suelten la pasta), facilitó a Santa y a sus elfos ultimar las compras necesarias para los regalos de estas navidades.

De esta manera todos los niños tuvieron su sorpresa aquel 24 de diciembre, gracias a que en este mundo aún quedan personas de buen corazón.

¡Esperemos que con la ayuda de unos y otros esto siempre sea así y que nunca ni un solo niño tenga que estar triste el día de Navidad!

 

F I N

 

P.D.:  Los ancianos de la residencia “Miraflores”, que tan generosamente habían colaborado para la causa de Santa, decidieron comunicarse por videoconferencia con el Polo Norte durante la cena de Navidad. Les hacía una tremenda ilusión conocer a estos personajes de fábula en persona (o mejor dicho a través de una webcam). Todos juntos brindaron por unas felices fiestas. Eso sí, mientras Santa y su séquito bebían cava en copas altas, los inquilinos del asilo brindaron con batido de nueces y castañas, elaborado por Angelita en su flamante trituradora.