"Princesas, brujas y otras hermosuras", María de la Hoz

04.07.2013 12:29

En un reino no muy lejano, las mujeres eran la compañía preferida de los príncipes. Esos que se presentaban, casi siempre, engalanados con sus mejores vestimentas. Ellas, aunque no compartían esa pasión desbordante, acudían raudas y veloces, junto a ellos. Sabían que, en un futuro, podían llegar a ser las reinas del lugar. Y, aunque el reinado era circunstancial, les daba absolutamente igual. Ser reina equivalía a ser princesa con don de gentes. Y, ser princesa con don de gentes, era la aspiración más sublime que te puedas llegar a imaginar. Te daba derecho a casi todo. Incluso, a acometer los sortilegios más sorprendentes. Como, por ejemplo, a convertir a tu amado príncipe en un simple vasallo. Suena extraño, pero en este reino, los príncipes eran mercancía perecedera. Y, conscientes de ello, vivían el día a día presos del pánico que da la cercanía de un posible desvanecimiento.

Así, las princesas sorteaban los obstáculos del enamoramiento mediante múltiples cuentos. Alguno, incluso, veraz. Aunque estos eran minoría. La mayoría optaba por decir la verdad. Esa difusa verdad de narración sacada de los libros de la sabiduría. Los que en la biblioteca del lugar acumulaban polvo y suciedad porque su magia estaba apagada. La seducción la habían arrancado dos siglos atrás tres viles brujas amigas del demonio de la mala suerte. Tanto, que para ser mujer del reino antes, tenías que ser mujer de la oscuridad. La secreta, inmunda oscuridad de la orfandad. Esa por la que permanecías enclaustrada entre la necedad y su bondad. La bondad que, si sabías esperar, podía otorgarte el don de conocer la autenticidad por la cual entrabas directamente en el reino de la divinidad.

Los príncipes, ajenos a todo, seguían con su devenir de seres impávidos. De seres destinados a llegar a alcanzar algún día, la ofrenda de la humanidad. La que les permitiera seguir con vida después de cada encantamiento. Después de cada enamoramiento. Cierto o, no, pero enamoramiento. Al fin y al cabo, ellos también poseían su corazón de oro. Su arca de plata. Y, su flor de diamante. Eran ricos en ilusiones verdaderas. En ilusiones placenteras. Tanto, que cuando agasajaban a una mujer lo hacían siendo conscientes de que el presente era un regalo de futuro sin dueños, ni sueños. Estos, aunque las tres brujas los habían maldecido, permanecían pasivos a la espera de que la mujer, siendo ya princesa, los expandiese por el mar azul del amor encantado.

Y, como en cada reino siempre hay lugar para la diversión, había también un bufón vestido de ratón que era la diversión del montón. Del montón de gente que se acumulaba en la plaza del centro para ver que allí, aunque no se quemaban a las brujas, se apagaban fuegos. Fuegos de risas y aplausos vivos. Plenos de saberse libres de ataduras pasadas de moda. De siglo, e incluso, de tiempos.

Los tiempos felices de Maravillor. La tierra que vio nacer a todos estos simpáticos personajes sin la mayor intención que la de entretener al personal. Y… al común de los transeúntes. Esos que leen esto con la firme intención de sacar el provecho de la hermosura. Y, creo que se ha logrado. Ya que, la princesa de mi pequeño y humilde reino siempre lo serás tú. Mi hermosa, y aciaga, lectora correctora.