"Límite... 42 grados", El abuelito de Heidi

05.09.2013 16:33

El dramaturgo inglés William Shakespeare, en su obra Hamlet señala que existen sobre la tierra más cosas de las que se alcanzan a percibir.

Límite… 42 grados.

Fantasía: Facultad que tiene el ánimo de reproducir por medio de imágenes las cosas pasadas o lejanas.

Aquella mañana consultando el diccionario comprendí que aquella fantasía que aconteció en mi tierna infancia tenía gran parte de realidad y cambió mi destino para siempre. Os transmito un trocito de mi vida con este relato.

 

                Vivir no sólo es existir,

                es saborear cada uno de los días,

                rodeándonos de nuestro seres queridos,

                ya sean reales… o fantásticos.

 

De repente la oscuridad me invadió, mi corazón dio un vuelco, gotas de sudor emergían por todo mi cuerpo. Una gran quemazón en mi interior denotaba el principio de las terribles convulsiones que lo precedieron. No podía despertarme, sentía que me hundía en un submundo, pero no era mi cuerpo, era algo en mí, que inexorablemente se iba apagando, diluyendo…

Sentía voces, voces espantadas que comunicaban que no tenía presión sanguínea. No podía abrir los ojos, pero aún así, interiormente podía vislumbrar a mi madre, observando las nebulosas líneas de su rostro sobre el fondo de la pared del hospital, podía percibir su angustia, su nerviosismo por intentar comunicarse, por intentar decirme algo, pero su boca se abría y se cerraba, y solo un murmullo lejano llegaba a mis oídos.

Una luz, una luz celestial se filtró más allá del infinito; su calidez denotaba su deseo de atraer a este pequeño cuerpo hacia su interior, descubriendo nuevos caminos más allá de este universo. Me dejé llevar hacia la luz, sumiso, mientras el sonido del aparato de la sala se estabilizaba… pii, pii, pii, piiiiiiiiiiiiiiii…

Histeria colectiva, una algarada de gente a mi alrededor, los desgarradores chillidos de mi madre se instalaban en mi cabeza, lágrimas de amor y miedo resbalaron por mis mejillas, pero… un suave aroma hizo que mi mente se liberase de este mundo terrenal y se encaminase hacia la luz, reflejo de las llamas del averno.

Pequeños seres ancestrales, surgidos de las entrañas de la claridad, vinieron a buscarme. Criaturas depravadas, todo maldad, siniestras apariciones con un único fin, engendrar el mal. Ya era tarde, no podía volver atrás.

Me dejé llevar, traspasando el umbral de lo desconocido, cuando… un resplandor azul lo inundó todo; las atroces criaturas detuvieron su marcha, enojadas, mientras oteaban sus aledaños.

Entonces aparecieron miles de aquellos seres fantásticos, diminutos, de tez blanca y pequeñas alas. La batalla era inminente, se avecinaba una lucha sin cuartel, con un solo trofeo, humano, de siete añitos.

Fue un momento marcado por el terror y la incertidumbre; terror a lo no tangible, incertidumbre sobre mi paradero después de la cruel contienda.

Pero cada vez aparecían más y más hadas, tantas que apenas dejaban avistar el contorno de aquellos seres abominables, que pasado un largo tiempo, decidieron batirse en retirada hacia la luz, no sin antes renegar frases inteligibles hacia mi pequeña persona.

Su desaparición fue un soplo de aire fresco, cerré los ojos y me dejé guiar por las musas, recorriendo el viejo camino ya conocido hacia mi pequeño cuerpo inerte, exhausto, en la vieja camilla del hospital.

Recuerdos de aquella fantástica noche afloran a mi mente, cuando abrí los ojos y observé los rostros asombrados de la gente; pero sobre todo, rememoro el momento más mágico, más fascinante, cuando recibí el abrazo de mi madre, que con lágrimas en los ojos me decía: sé fuerte, lucha, que saldremos adelante…

De este suceso hace ya muchos años, ahora soy un abuelo, un poco loco según unos cuantos, que siguen sin creer en hadas ni en elfos ni en seres fantásticos; pero yo guardo a buen recaudo mi historia, escrita en este relato, para poder enseñar a los niños que mal lo están pasando, que siempre hallarán en su vida seres fantásticos, para irlos ayudando.