"La magia de las brujas", Carmesina

03.10.2013 09:49

 

 

 

En un frondoso bosque cercano a un majestuoso lago azul, vive una feliz familia de gnomos: Todas las mañanas, al amanecer, salen de sus viviendas, situadas en los extremos de las raíces niñas de los árboles, con la alegría pintada en su semblante. Van a recoger bellotas y piñones, su alimento preferido.

Los gnomos son del tamaño de una mano humana y sus rostros, graciosos y sonrosados, semejan a los de niños diminutos, aunque algunos lleven barba o tengan su cabello cubierto de hebras de nieve. Sus esposas suelen ser regordetas, siempre dispuestas a complacer a sus hijos, pero también a educarlos.

Nuestra familia habita en un bosque de tipo mediterráneo en el que las encinas, pinos y olivos son los árboles autóctonos. Allí, en su tierra, se sienten felices, seguros y tranquilos, pues viven en un paraje luminosos en verano y cálido en invierno. Su vida transcurre rodeada  belleza. El canto de las aves los despierta al amanecer. El susurro de la brisa les lleva el aroma salobre de un lago, la Albufera, que desemboca en el mar Mediterráneo. Por la noche, los luceros les guiñan los ojos y, al compás de su titilar, se quedan dormidos a la serena, en verano.


Los gnomos habitan el subsuelo de la Albufera desde que el mundo es mundo y no conciben abandonar sus hermosas posesiones. Han excavado numerosos túneles, que comunican sus pequeñas casas construidas con el limo de las crecidas del lago. Son de adobe, pero muy confortables.

Una mañana de primavera, antes que los pájaros empiecen a trinar, suena un ruido fortísimo y desconocido que hace saltar de su cama incluso al gnomo más sordo. Sorprendidos y enfadados se preguntan qué es aquel estruendo. Dos jovencitos osados suben por el corredor que conduce hasta el olivo milenario que les sirve de torre vigía. Sigilosamente, por dentro de la corteza vaciada tiempo atrás, trepan a las ramas. Desde allí contemplan atónitos un gigante mata-árboles monstruoso. Observan que los humanos ayudan al engendro con enormes hachas. Perciben el dolor de sus amigos, decapitados y mutilados. Están talando el bosque.

 

Ha llegado el progreso a una zona virgen. Los hombres han decidido construir una urbanización con campo de golf y aeropuerto en un enclave paradisíaco. La explotación de las zonas verdes se ha extendido a todo el planeta, pero eso lo desconocen los gnomos, inconscientes del capital que piensan conseguir unos seres humanos a los que no importa acabar con la Tierra por un miserable puñado de lentejas.

 

Día tras día los gnomos se despiertan aterrorizados por el ruido infernal que está corrompiendo su hábitat. Ya no son el trino del ruiseñor o el croar de la rana los que los despiertan con su dulzura. Es un gigante de hierro que amenaza con destruir sus viviendas y su cultura.

 

Temerosos de ver desaparecer su medio natural, deciden pedir ayuda a las hadas cuyo poder es muy superior al suyo. La reina Elvira acepta enseguida la petición de sus pacíficos vecinos.

Las hadas habitan el corazón de la Albufera, pues son brujas blancas del estanque. Los gnomos cavan durante días un túnel que llegue hasta el palacio de la reina. Cuando consiguen situarse ante su puerta, divisan un bellísimo edificio de cristal a través de cuyas paredes pueden contemplar a las bellas hadas.

 

Aunque están sucios por su arduo trabajo, llaman a la puerta y son introducidos en el salón del trono donde los espera la reina.

 

La bella Elvira viste un traje de raso verde de amplio vuelo en la falda, aunque ceñido como un guante a su grácil silueta. Sus cabellos son negros, sus ojos del color de un mar puro y sin contaminación. Mira bondadosamente a los tres mugrientos gnomos que han entrado en representación de su pueblo.

 

Comprende perfectamente el problema que les atañe pues las mismas hadas sufren las incomodidades que supone tener como vecinos a los humanos: Orinan en las aguas que, a su vez, extraen para construir, y echan toda clase de desperdicios a un lago que antes era un espejo. Las paredes de cristal del palacio, que antiguamente reflejaban los rayos del sol a través de las límpidas aguas, ahora solo permiten vislumbrar lodo negruzco, botes de cerveza y peces muertos.

 

-Majestad -dice el portavoz-, mi pueblo y yo nos aclamamos al poder y a la bondad de las hadas marinas para acabar con la destrucción de nuestra amada tierra.

-Portavoz, mis ministros y yo hemos hablado sobre el problema y hemos decidido provocar el inconveniente para que el ser humano abandone su tarea. Por ello, convocaremos abundantes lluvias hasta que concluya que es imposible su propósito.

-Majestad, comunicaré a mi pueblo la ayuda recibida. Muchas gracias al reino de las hadas.

-Podéis descansar en una habitación y después partir hacia vuestra casa.

 

Unas horas más tarde, el portavoz y sus dos acompañantes marchan a su pueblo. Allí informan sobre los planes de las hadas y deciden esperar el milagro.

 

Las varitas mágicas convocan la tormenta y ésta se presenta con su peor aspecto. Viste de negro y lanza poderosos rayos ígneos. Valencia se inunda, pues no cesa de llover.

 

Los gnomos empiezan a tener goteras y las cáscaras de bellotas que sitúan en las filtraciones se desbordan. Son conscientes de que el remedio es malo y deciden visitar a la reina de nuevo.

Ya en el palacio, Elvira les comunica que ha pedido ayuda a las brujas, pues en ese caso se requiere maldad pero sin que sea sufrida por los inocentes gnomos.

 

Cesa la lluvia. Dos días después sigue la tala indiscriminada de árboles en el bosque. Los gnomos se han colocado trozos de bellota en los oídos para no quedarse sordos. Pasan los meses. Un día, el portavoz escucha cantar un ruiseñor. No puede creerlo, pero parece que la magia de las brujas ha surtido efecto. Se levanta despacio y sube por la torre vigía hasta las ramas. Se asoma, y observa las máquinas abandonadas. El panorama aparece desolado ante sus ojos. Contempla casas medio construidas. Piensa que volverán al día siguiente, pero pronto solo quedan los engendros, abandonados a su suerte.

Los gnomos ignoran qué hechizo han sembrado las brujas, ignoran que la crisis se ha comido el dinero de constructores y de compradores, sobre todo de estos últimos. Ignoran que la única forma de parar la voracidad del ser humano es dejarlo sin peculio que pague sus caprichos.

 

Carmesina