"Jenesis, la hechicera", Enid Louise Blyton Morales

05.09.2013 16:32

Había una vez una muy poderosa hechicera llamada Jenesis a la que todos los habitantes del Bosque Encantado creían malévola, pero en realidad era el ser más comprensivo, caritativo y justiciero del lugar.

Jenesis habitaba una cueva formada por las raíces del Árbol Lejano, ése que Enid Blyton dio a conocer y que en su copa cada día hay un país diferente. Vivía sola, aunque eso poco le importaba puesto que la mayor parte del día dormía y por la noche salía a pasear por el Bosque Encantado, siempre bañado por la luz de la luna y con el cielo sembrado de tímidas estrellas.

Aquel crepúsculo, sin embargo, tuvo un gran disgusto al ver resecas las raíces mágicas. ¿Qué le estaba sucediendo al Árbol Lejano? Desde que ella se había instalado allí nunca había sufrido daño alguno. ¿Qué lo estaba matando?

Sin pérdida de tiempo se teletransportó al Jardín de las Flores Aromáticas e Hierbas Curativas y recogió los ingredientes necesarios para hacer una pócima que reanimara al milenario ejemplar que había brindado tanta felicidad a sus habitantes y visitantes.

Después se desdobló: su cuerpo astral volvió al hogar para preparar la poción que reanimaría al moribundo; su cuerpo material dictaminó el estado del mismo.

La visión era desoladora: el Árbol Lejano estaba torcido, casi arrancado, y no se veía a ningún ser mágico en sus ramas. Algo iba mal; muy mal.

Se volvió para preguntarle a los susurrantes árboles, los portadores de las noticias nocturnas que siempre la mantenían informada del mundo fantástico, pero todos dormían profundamente y no pudo despertarlos.

En aquel momento oyó voces y decidió hacerse invisible para observar sin ser vista. Era un pequeño grupo de tralfis, mezcla de silfo y humano, que se acercaba al Árbol Lejano armados hasta los dientes.

-Ahora que no está Veena entre nosotros -Decía el que parecía el jefe-, ni tralfis que se interpongan en nuestro camino, podemos llevar a cabo lo que se nos ha ordenado.

-Señor -Intervino uno de ellos-, me parece que ese tronco es excesivamente ancho para poder tallarlo.

La hechicera Jenesis no necesitaba oír ni una palabra más. Estaba clara como el agua la intención de aquella maldita manada: deseaban destruir el Árbol Lejano, ¡pero no se saldrían con la suya!

-Aún así -Respondió el otro-, hay que impedir el acceso al país que hay ahora y evitar que las criaturas de este bosque puedan volver a él. Los Corazones Negros custodiarán bien a Veena hasta que demos por finalizada nuestra tarea, después... -Sennier, porque la hechicera no tenía ya dudas de la identidad del tralfi-jefe, se rió- Después Veena será mía, si no quiere que los minotauros la utilicen en su plaza de humanos. ¿Os gustaría ver cómo humanean a una tralfi ejemplar, pelirroja de ojos verdes, que dejará al público sin aliento?

Todos rieron mientras Jenesis esperaba, pacientemente y deseando que no fuera demasiado tarde, el regreso de su yo astral para poder conjurar alguno de los hechizos más difíciles que conocía.

-Supongo, Sennier -Comentó el que tenía más cerca de ella-, que la curandera no será tan estúpida en su elección.

-Desde luego, Veena no tiene alternativa. -El tralfi miró el Árbol Lejano- Lo mismo que los bichos que vivían en ese tronco no tienen esperanza alguna. Los orcos y los gigantes anhelan la señal para darse un buen festín.

La hechicera Jenesis vibraba de puro furor. Cuando por fin su espíritu entró en su cuerpo estalló tan espontáneamente que, de no ser por la furia que la invadía, ella misma se habría sobrecogido al oírse gritar:

-¡Némesis!

Un rayo rojo como la sangre zigzagueó rasgando la tranquila noche y un trueno hizo retumbar el suelo. Los tralfis allí reunidos fueron derribados por una fuerte ráfaga de viento y cuando todo cesó junto a Jenesis se alzaba Némesis, convertida en una alta y esbelta valquiria rubia de ojos azules.

-¿Los has oído, Nem? -Exigió la hechicera.

-Sí, Jen, los he oído, pero puedes confiar en mí: he hablado con las razas consideradas malévolas y he descubierto que han sido engañadas de nuevo. -Respondió la Diosa con calma- Subirás al país que hay arriba, ahora que el Árbol Lejano está recuperando su vitalidad, y una vez ante el gigantesco guardián de dimensiones, pues han bloqueado el acceso al País de la Fantasía con uno de los portales dimensionales, te dejarás cautivar por el elfo oscuro que te estará esperando. Una vez traspasado el lindar que te llevará a ese mundo fantástico, Erus, el último dragón, estará allí con Veena, la quimera y la esfinge. Entre los cinco haréis desaparecer el portal y acercaréis ese lugar al Árbol Lejano para que sus habitantes vuelvan a él. -Némesis hizo una pausa y luego agregó-: En cuanto a esos traidores...

Por arte de magia aparecieron unos entos que se avalanzaron sobre los aturdidos tralfis, abrazándolos con sus ramas y riendo emocionados ante tan exquisito manjar que la Diosa les ofrecía.

Jenesis no se quedó a contemplar cómo aquellos árboles carnívoros devoraban a sus enemigos. Trepó por el brazo que Némesis le alargaba y pronto estuvo en su hombro desde donde se encaramó a una rama de la parte más alta del sobreamado Árbol Lejano. Tras agradecérselo, desapareció por la escalera que llevaba al portal. Allí se visualizó para no pasar desapercibida y cumplir su misión.

Tal como había predicho la Diosa, un elfo oscuro la aguardaba y, tras una leve y fingida batalla, se dejó aprisionar.

Una vez puesto el pie en el País de la Fantasía, todo fue cuestión de segundos, como si Némesis lo hubiera planeado minuciosamente. Erus y la quimera lanzaron fuego mientras la esfinge golpeaba con su larga cola el muro invisible que obstaculizaba el paso al Bosque Encantado. Una vez derribado, y uniendo sus poderes telepáticos, las dos hechiceras acercaron ambos mundos y así fue como Cara de Luna, Seditas y todos los demás seres mágicos que Enid Blyton había presentado a sus lectores, volvieron al Árbol Lejano.