"El sueño del pez", El Bruce

10.09.2013 12:51

Afuera la noche es profunda y densa. No puede saberse con exactitud dónde termina el agua y comienza el aire; ni siquiera advertirse el frágil y delgado límite entre lo tangible y lo etéreo si no fuera por el susurro que, bajo el bote, denuncia el parloteo silencioso de los habitantes subacuáticos al saber que el hombre de la chalupa ha regresado. Primero escuchó el desacoplado corazón del antiguo motor de dos caballos de fuerza que lo traía, cada atardecer, hasta el lugar donde esperaba la media vuelta redonda del Sol. Pero, en ese momento, según sus cálculos, el astro rey estaba exactamente sobre China. Esperó que el pescador lanzara la diminuta áncora y que el cabo se tensara lo suficiente para fijar el bote como si fuese un papalote sostenido por las rocas en el fondo. Él encendió su pipa y humedeció sus labios con una mezcla de ron y café. Luego ensartó un pedazo de la carnada y dejó caer el cordel entre sus dedos exageradamente ásperos y redondos. Ella, tenía un aspecto diferente al de sus congéneres. Más bien parecía un perro de mediano tamaño. Se arrastró, apoyada en sus aletas-patas, hasta colocarse justo debajo de la chalupa. Por supuesto, el hombre sabía, había escuchado de su existencia, pero no conocía al Pez. Los pescadores no conocen a sus víctimas, solo las imaginan (antes de matarlas), de acuerdo con la astucia mostrada por las bestias submarinas, durante los duelos para arrancar el alimento “ofrecido” a cambio de servirlas como alimento en la mesa. Sin embargo, los peces si conocen a sus victimarios. Muchas veces los convierten en sus víctimas y los esperan. Incluso, tienen la ventaja de poderlos mirar y escuchar, cuando los hombres preparan la estrategia de captura. Por supuesto, si el desafío es a la antigua: hombre-anzuelo-pez, el resultado puede ser: pez-cado o al revés: pez-anzuelo-hombre. En otras, la consecuencia puede ser fatal. No es el caso del pescador y el Pez que le observa bajo el bote.

Cuando el pescador lanzó el cordel, armado de carnada y anzuelo, el último pez había cenado. El resto permanecía en el refugio de los abanicos de mar, entre los corales y los arrecifes, envueltos por el letargo de la nocturna modorra porque también estos animales duermen, cazan y sueñan que podrían tirar un cordel hacia tierra firme y pescar a cualquiera de los seres humanos que se acercaban a la orilla con el mismo propósito. Así que el pescador permaneció absorto en el parpadeo de las olas. En realidad no le interesaba capturar a ninguno de los peces que sabía le miraban desde el agua. Por un momento, sintió el deseo de correr sobre la arena, como lo hacía cuando era chico y soñaba que podía convertirse en un pez y encontrar la sirena hermosa descubierta en el libro regalado por el abuelo y convertida en su obsesión después que la vio en un sueño: caminaba como suelen hacerlo las musas, despacio para no ser vistas. Sonreía y comprendió que solo tendría una oportunidad de poseerla.

El Pez se acercó despacio al borde de la chalupa con los ojos relumbrantes como esmeraldas. Extendió sus manos y descubrió, a la luz de la luna, que había logrado capturar al hombre.