"El poder de una moribunda", Carmesina

01.11.2013 23:40

Tendida en el lecho sollozaba amargamente. Sabía que sus horas estaban contadas, que la Muerte ansiaba poseer su espíritu. Pero peor que conocer su debilidad era tener la certeza de que su partida sería un alivio para su hija mayor, la favorita.

Ana contaba sólo con sesenta primaveras pero ya era una anciana, pues había dedicado su vida al trabajo y a la lucha por la crianza en soledad de sus hijos.
Su mocedad había sido afortunada gracias a la belleza y desparpajo con la que la había dotado el Señor, que cautivaban a todos los hombres. Pero ella había seguido los dictados de su corazón y se había casado con su único amor: Ramón.
A los cinco años de matrimonio, en el crisol de su juventud, quedó viuda con tres criaturas a las que alimentar.

Entre tinieblas, mientras la Dama de la Guadaña se arrastraba sigilosa, Ana escuchó la voz burlona de su yerno, el indeseable que la maltrataba desde que había obtenido las pocas pertenencias que podía legar a su hija:
-Abuela, ya se muere…
-¡Y tú…, que te vengas detrás! –contestó con un estertor.

Los ojos color avellana de la anciana, sin brillo por el sufrimiento, adquirieron el aspecto del vidrio y quedaron vacíos de espíritu. Lentamente su cuello se dobló como el de un cisne sobre la miserable almohada en la que descansaba.
 

La muerte arrebató dos vidas en una sola visita, ya que aquella misma noche, dos horas después de la muerte de Ana, fallecía el malvado yerno.