"De perros y gatos", Lobigus

22.06.2013 19:59

En el pueblo donde crecí sin saber quienes eran mis padres, las cosas no eran todo el tiempo lo que parecían, y algunas de esas cosas podían transformarse

en otras con la excepción de los humanos que allí vivían y que lucían y se comportaban como copias casi idénticas, todas normales y corrientes hasta el

punto de matar de aburrimiento a un caracol. Pero incluso entre estos seres un hecho cualquiera podía convertirse en círculo, en chisme, en tensión que

se propagaba como las ondas que dibuja una piedra al caer dentro del agua quieta, en un rumor que iba creciendo hasta tocar y mover a los cientos de personas

que lo habitaban. Yo vivía entre ellas viendo seres que a sus ojos resultaban invisibles y sufriendo por un asunto insignificante que, aun siendo poca

cosa y además de índole trasera, me marcaba y hacía diferente a los demás niños del lugar. Tenía rabo, una especie de cola de perro que abultaba la parte

de atrás de mis jeans y me impedía usar traje de baño. Para hacerlo desapercibido, para sumergirme en otra forma de lo común, la de negar que era diferente

para no ser rechazado, evitaba bañarme en público y emocionarme demasiado, para no mover la cola, y me pasaba el día recorriendo tristemente el pueblo,

pasando frente a casas pobres y ricas, con o sin aceras o escaleras, por las que sin falta un perro te sigue y un gato huye, caminando entre árboles dispersos

donde las hadas de ahora ya jugaban entre hojas parlanchinas, o bordeando el río cercano poblado de sílfides y ondinas traviesas que me saludaban, mientras

aquí y allá las caras suspicaces de los seres mortales de esa época miraban con horror mis pantalones cuando les daba la espalda. Todo el lugar aparecía

día tras día envuelto en un aire de familia, de discreción, donde lo maravilloso pasaba por corriente, exceptuando mi cola de perro. Porque yo era una

incógnita hasta para mí mismo en un sitio donde muchos de esos seres que solo yo veía lucían cuernos, aletas, colas, pezuñas o alas, pero donde ningún

humano tenía rabo. Niños, adultos, viejos y hasta los bebés carecían de él. Por ser tan semejante a ellos, si nos olvidamos del bendito apéndice, yo quería

ser aceptado como uno más, y buscando protegerme practicaba la forma civilizada de la indiferencia ante los ataques que murmuraban la palabra corta y dura

que me acusaba mientras la escuchaba y repetía mentalmente: raro, Raro, RARO. Y he aquí que un día, habiendo alcanzado la juventud pero no la paz de sentirme

querido, llegó al pueblo la chica que frecuentemente aparecía en mis mejores sueños, luciendo una soberbia cola plumosa y suave, que balanceaba con gracia

felina a la vista de todos. Mi cuerpo tosco y fuerte se puso rígido y a continuación se aproximó al suyo suave y ágil, sinuosamente femenino, y mis ojos

castaños enfrentaron el verde centelleo de su mirada cautelosa a la par que traviesa y retadora. Me le acerqué un poco más, relamiéndome, con la garganta

seca del deseo por hablarle haciendo eco a su ronroneo. Ella también abrió su boca, mostrando la lengua en una mueca burlona. Carecíamos de un idioma común,

lo que quizás propició el intercambio físico tan rápido. Anulé de un salto final nuestra distancia y sus uñas se clavaron en mi espalda cuando mi cuerpo

cubrió el suyo, tan flexible que parecía no tener huesos. Y comenzamos a revolcarnos entre el polvo de la calle, peleando y mordiéndonos, ante todo el

pueblo y el Gran Mago, cuya incomprensible sabiduría había dispuesto ese enfrentamiento entre nosotros, un juego de poder entre perros y gatos en el que

yo llevaba las de ganar pero era vencido por el placer, mientras las hadas aplaudían, los elfos apostaban, las ondinas del cercano río pedían a gritos

que alguien les dijese qué sucedía, y los seres mortales comunes y corrientes corrían escandalizados a encerrarse en sus casas guardadas por lirones somnolientos

y avispas de traje a rayas y agudas lanzas. A lo lejos, los relinchos de dos unicornios unían el triunfo de su propio juego amoroso a los ladridos y maullidos

que entrelazaban mi cola con la de mi amiga y rival. Al final nos declaramos en empate, nos levantamos jadeantes y sonrientes, y sabiendo que ya jamás

podríamos separarnos fuimos a la Cueva Principal para casarnos. A su tiempo, nuestros descendientes de colas mixtas y poderosos músculos, nacidos con

el don de multiplicarse, expulsaron del lugar a las mentes estrechas de los humanos que aún quedaban robándole espacio a la fantasía, y el pueblo se convirtió

para siempre y exclusivamente en el hogar de esta, mientras mi compañera y yo seguíamos juntos explorando un futuro palpitante de mágicas posibilidades,

su cola encargándose de barrer y quitar el polvo y la mía, por ser más fina y derecha, de escribir historias como esta a partir de la realidad.