"De duendes y hadas", Sol

15.05.2013 20:50

Zoe estaba sentada en el mullido y añoso sillón del living de su casa. Miraba hacia fuera. Esa tarde el jardín estaba inundado de aromas. Las madreselvas trepaban los muros y dejaban apenas paso a las portulacas amarillas, rojas , verdes y anaranjadas que se abrían a sus pies. Todo olìa a primavera. Esperaba ansiosa el verano, donde seguramente podría comenzar a correr y disfrutar del aire puro y del sol, jugar en la vereda con sus amigas y saltar a la soga.

El enorme libro de cuentos que estaba leyendo, ya lo sabia de memoria. Fue un regalo de Navidad de su madrina Irene. Este día de Reyes seguramente le regalarían otro. Ella sabía que encantaba leer e inventar historias de duendes y hadas, gnomos, ogros, elfos o princesas eternamente enamoradas.

El yeso de su pierna derecha le daba mucho calor y como no podía caminar se conformaba con abrir el amplio ventanal que daba hacia el fondo de la casona y apoyar los codos para disfrutar de los aromas y a la vez, sentir el cálido aire del exterior.

Cuando el colibrí se posó sobre las multicolores flores del pasillo, cerró los ojos e imaginó que era la única tripulante de esa nave tornasolada y movediza. La llevaba a viajar por interminables jardines alrededor del mundo.

Bajó en uno un tanto descuidado, donde al pie de un árbol añoso y alto, asomaban dos duendecitos sonrientes ,de solo dos dientes, esperando visitas con agrado.

Aunque al principio temió acercarse, ellos le hicieron un gesto con la mano (que tenía solo cuatro dedos) y la invitaron a pasar. ¿Cómo hizo para caber ahí? No lo supo, pero de pronto estaba rodeada de colgantes de colores , plumas brillantes y minúsculos muebles de madera bien lustrados y limpios. La escalera caracol los llevo a lo alto, donde, por una ventana redonda con cristales transparentes se podía ver por completo el parque, como si fuera una foto panorámica plena de luz y brillo.

A lo lejos y detrás de los matorrales, un perro atolondrado de orejas largas y peludas se levantaba de la siesta y se desperezaba sin timidez.

El olor a canela y manzana que venía desde el árbol vecino los invitó a bajar.Amaba ese perfume a canela y manzana. Amaba el chocolate caliente y lo saboreaba hasta la última gota.

Allí se reunieron con dos hadas delgadas de cabello largo y lacio, que eran las dueñas de casa.

La mesa estaba perfectamente servida. No faltaba nada. El chocolate caliente y espeso, la tarta de manzana y el fulgor de las velas que aromatizaban el ambiente.

Todo era risas y chismes. Las dos haditas sobrevolaban con gracia la mesa y servían a los duendes y a Zoe la merienda perfecta.

Ya estaba acomodándose en el sillón rosa von voladitos cuando sintió que alguien tocó sus pies. Era el perro atolondrado que apoyó sus patas sobre las de ella. Abrió los ojos y vio sobre la mesita del living, el libro que tenía como título "De duendes y hadas".