Revolucionándote: Dios versus la feminista

DIOS VERSUS LA FEMINISTA

José Manuel Gómez Vega

Torrejón de Ardoz (Madrid)

El ejercicio consistía en improvisar un diálogo entre Dios y una feminista. Yo hubiese preferido el papel de la segunda, pero el profesor quiso que fuese Dios. Como contrincante eligió a un chico rubito que siempre pensé demasiado tímido para el teatro. Apenas intervenía y cuando lo hacía acababa por contagiar su nerviosismo a los demás. Seguramente se imponía las clases como una terapia contra su retraimiento.

Nos subimos al entarimado, los dos solos.

—¿Le parece bien que nos tuteemos? —me preguntó él, dando así comienzo al ejercicio.

—¡En absoluto! —repliqué pensando en mi condición—. Usted es un ser humano y yo su Creador.

—¿Y cuál propone que sea el tratamiento entonces?

La pregunta no dejaba de tener su intríngulis, porque existían todo tipo de expresiones de cortesía para la nobleza y el clero, pero ninguna para una escala superior. Altísimo o reverendísimo no servirían, mucho menos un tratamiento de "Don" o referencias metafóricas como "Verbo".

—¿Alguna sugerencia? —repuse.

—¿Señor Dios?... ¿Señor Creador?

La improvisación tiene esas cosas, y lo que pensé era una feliz ocurrencia se tornó en un calvario:

—¿Acaso me ha visto el sexo como para referirse a mí como Señor?

—Ver lo que se dice ver no, pero sí que puedo imaginarme su divino falo.

La clase estalló en una carcajada.

—¡Qué maneras son esas de dirigirse a su Creador!

—Y qué otra cosa puede guardar debajo del sayo, ¿o prefiere que imagine la vulva cósmica por la que parió el universo?

Otra ola de carcajadas. Mi mueca pretendía ser una sonrisa. Decididamente, Dios era un blanco demasiado sencillo incluso para un mindundi como él. Debía rectificar cuanto antes mi registro.

—Ni falo ni vulva, yo soy asexuado…

—Como las amebas —me interrumpió.

—No. Como los seres celestiales, porque en el Cielo no copulamos.

—Pues a Lucifer bien que le dieron por el…

Las risas le envalentonaban. La línea light tampoco parecía ofrecerme soluciones. Decidí pasar al ataque.

—¿Y usted qué?

—¿Qué de qué? —replicó gallito. Se había convertido en un oponente formidable, repelente.

—Despotricando todo el santo día de los hombres, ¿no les valdría más ser más constructivas?

—Tiene usted razón, ser asexuado —dijo y espero a que cesaran la risas—. Estamos pensando en construir ampliaciones a la sección de primates de los zoos para exhibir en ellas ciertos especímenes de su creación: los homos brutus.

—Tan mala es una sociedad machista como otra feminista —dije elevando mi voz sobre el jolgorio.

—Relájese, ser asexuado…

—Yo estoy relajado, ser con tanto sexo que parece no tener otra cosa. Quizás le vendría bien soltar el martillo por un ratito.

—Vaya con la ironía celestial —dijo y, sacando culo hacia el público, añadió—: ¿Qué pasa, que le disgusta el rollo homo?

A esas alturas del ejercicio, cada una de sus intervenciones era secundada por una explosión de risas, y hasta por alguna sonrisilla de comadreja del profesor.

—Al contrario —contesté tras inspirar y espirar profundamente—, no olvide que fui yo quien doté a la humanidad del libre albedrío.

—Pues no deja de ser un albedrío curioso. Primero crea un mundo lleno de tentaciones, y luego nos suelta en él junto a una ristra de esto no, aquello tampoco…

—La fe es la fe. Por eso es más fácil que un ojo de camello… —decididamente estaba grogui.

—Y siendo usted el creador, ¿qué necesidad había de hacerlo tan mal? Por ejemplo, ¿por qué hacer tan brutos a los hombres?

—Manejé varios bocetos. Créame que los había peores.

—¿Y no se puede rectificar sobre la marcha?... qué sé yo, ¿no podría, bajarles el nivel de testosterona para que entiendan que maltratar por el hecho de ser más brutos es una brutalidad?

—Mira, en eso te puedo dar la razón…

—Tráteme de usted, por favor.

—Y usted a mí de divinidad, cariño.

—¿Me está tirando los tejos, divino Dios?

—¿Acaso te doy miedo?

—Miedo no… pasa que he salido con hombres mayores pero nunca con uno eterno.

—Si yo por las buenas soy un santo —la sangre me hervía—… ni plagas ni maldiciones me apetecen…

El profesor nos hizo un gesto para que fuésemos acabando. Continué:

—Mire, señorita, como Dios que soy, tengo la potestad de revertir nuestros papeles por un instante para que así pueda usted comprender mejor mis condicionamientos, ¿le parece bien?

—¿Y es su próstata reversible? Es que no me gustaría comerme el marrón de ser Dios para el resto de la eternidad…

—¡Tchass! —exclamé entre la hilaridad de los presentes, haciendo un gesto con la mano como si portase una varita mágica.

—¡Vaya! —replicó teatralmente—, la túnica me tira de la sisa, por lo demás…

¡ZAS! Lo interrumpí con una patada en la entrepierna. Un ¡Ohhh! de sorpresa precedió al silencio que se apoderó de la clase.

—¡Por chapucero! —le grité mientras se encogía entre gestos de dolor—. ¡Y la próxima vez a ver si hace el mundo más igualitario!

Fue una pena que el profesor zanjase el ejercicio ahí, cuando al fin había conseguido sentirme como Dios.

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