Bloques Malditos: La dama de luto

[Dedicado a Ana Mármol (Anney) y a Susana Garcia (Susan), dos de las protagonistas.

A los espíritus de Ana Luz y Emmy y a las Doyrenses que intervienen, sobre todo a mi dulce MEARHRIEANHNEYNE (Mariana)].

VENID CONMIGO: LA DAMA DE LUTO

Si alguien me pregunta cómo ocurrió, le diré que sinceramente NO LO SÉ. Había bajado con Benhnie a ver el coche, las luces estaban encendidas y, al acercarme a DOYRENS, vi a alguien vestido de oscuro. Mi perra primero escondió la cola entre las patas y quiso que la cogiera en brazos, pero después, cuando la persona se acercó a acariciarla, pareció muy contenta.

-¿Eres? -Le pregunté tendiéndole la mano- En mayúscula, por favor.

¿Mayúscula? La mujer sabía dactilológico británico, pero hablaba español, aunque voseando.

-¿Vos sois la dueña del autmóvil? Alguien me sugirió esperar junto al vehículo. Decíanme que vos bajabais cada día hacia esta hora para verlo. ¿Sois vos?

-Creo que sí, soy la única sordociega de estos bloques que usa el dactilológico y evidentemente el coche es mío. ¿Qué quieres? ¿Y quién eres?

-Soy... Perdonad, pero... ¿os importa si vamos a vuestra casa y hablamos allí? No pláceme demasiado hacerlo aquí.

-Está bien. -Cedí- ¿Has salido del frigorífico? Estás congelada.

-Vos me calentaréis, ¿verdad? -Y se rió. Yo sentí que nos conocíamos de toda la vida y solté la carcajada- Lo cierto es que vuestras manos arden.

-¿En deseos de calentar tu cuerpo? -Y aquí íbamos a desternillarnos. Yo lo ignoraba, pero Anney y Susan, que estaban probando unas llaves, estaban la mar de asombradas con aquellas cosas tan raras que me veían hacer... y oían decir- Vamos, Flor, te prepararé un café y te daré una manta.

-Vos podéis servirme de manta.

-Sí, siempre han dicho que soy una manta humana. Benhnie, deja de bailar. Le has gustado, quiere que le hagas mimos. NEM!

Y nos largamos al piso, yo idiotizada por aquel aroma a rosas tan cleopátrico que me había llevado a bautizarla Flor.

Sin embargo, mientras yo estaba con ella en el piso, tomábamos un café, hablábamos... Anney y Susan en el garaje -2 estaban aterrorizadas.

Al principio no habían visto a nadie. El comportamiento de mi perra les había llamado la atención y oírme hablar y reír sola, también. Creyeron que hacía teatro y hasta se habían reído con lo de la manta, pero cuando volvía al ascensor...

-Ana, ¿tú ves lo que yo veo?

-¡Dios mío!

El olor nauseabundo a tierra húmeda, polvo y putrefacción, les golpeó los pulmones con violencia. Aquello no era imaginaciones. Realmente ahora sí veían a la mujer, ¡ya lo creo que la veían!

Yo me reía a carcajadas con Flor. Era una persona muy bromista y Benhnie estaba encantada por la atención que le prestábamos las dos. Le llevaba continuamente una pelota, una zapatilla, una botella... o lo que pillara, y Flor, que se llemaba María Lucrecia Andújar, se la lanzaba para que mi pequeñina la fuera a buscar.

-Y vos, con todas las muertes que hay en estos bloques, ¿no tenéis miedo?

-Estoy acostumbrada a oír y ver cosas extrañas...

-Venid conmigo, entonces. -Se me acercó demasiado y yo no soy de piedra, mucho menos con las bromas continuas que habíamos estado haciéndonos- Venid conmigo...

El roce de sus labios era una perdición. En aquel momento iría con ella hasta al Infierno...

-¿A dónde quieres, Flor?

-Vos venid conmigo... yo os guiaré.

Donde yo quería ir con ella era a la cama, no a otra parte. Al menos, en aquel momento, Y ella parecía saberlo. Se echó hacia atrás y soltó una carcajada.

-Está bien, lo de vos primero, pero después venid conmigo.

Afortunadamente, Benhnie había decidido que era hora de dormir y se había largado a la cama también. Pero mientras yo estaba con Flor en la habitación, Anney y Susan se habían armado de valor y subían en el ascensor.

-¿Cómo entramos?

-Pues llamamos y que esa... eeehhhh... dama de luto, nos abra.

-¿No es mejor que le mandemos un WhatsApp a Laurey y le digamos que venimos a tomar café?

-Eso, Ana, la convencería si se lo dijeras tú... y si leyera el WhatsApp, pero me temo que está ocupada...

En aquel momento el ascensor se detuvo entre el garaje -1 y el Bajo del bloque 7, la luz se apagó y un frío polar se apoderó del cubículo.

-Dios, Susan, mira...

La puerta se corrió y una mujer de luto las miró con odio. Mujer de tez blanca, labios muy rojos y finos, ojos negros y llameantes y una abundante cabellera rizada que le llegaba a media espalda.

-Quiérense interponer... pero no podrán. ¡Marchen al Infierno! ¡Su alma es mía!

El ascensor cayó en picado, pero no golpeó contra ningún suelo. Bajaba y bajaba y parecía que llegarían al centro de la tierra sin que se detuviera. La caída libre era vertiginosa y, durante el descenso, por la puerta abierta vieron cadáveres y más cadáveres, huesos, calaveras sonrientes, gente crucificada y ahorcada...

-¿Qué nos va a pasar?

-Pues que nos han mandado al Infierno, qué nos va a pasar... pero para mí que ella es el Diablo.

-Dios, Susan, esto no se para nunca.

Y mientras mis dos cuates bajaban y bajaban, yo le juraba amor eterno a la dama de luto, quien me confesó ser amiga de Susan y Anney y que había sido un encuentro premeditado.

-Y ahora... ¿queréis venir conmigo?

-¿Y Benhnie?

-Benhnie puede venir también.

Pero pasó algo muy raro. Se visualizaron algunas figuras a mi alrededor que yo no supe quiénes eran hasta que las voces estallaron en mi cabeza.

-No, cielo. -Ana Luz.

-¡No vayas, bebé! -Emmy.

-Abriré la puerta. El ascensor está llegando a la planta. -Mariana- Estela lo está haciendo subir.

Y en pocos segundos había dos personas de carne y hueso, temblando como dos flanes, y Benhnie saliéndoles al encuentro. Mi argentina, mi colombiana y la Doyrense Principal se desvanecieron mientras que la dama de luto se encaraba a Anney y Susan.

-Todo esto fue una emboscada... pero volveré.

Susan, haciendo acopio de valor, le bloqueó el paso. Ellas veían una mujer momificada, de ojos negros y cabellera rizada, pero momificada. El olor que para mí era a rosas, para ellas era de cadáver y lo que para mí era un cuerpo dulce, aunque frío, para ellas era puro cartón.

-No vas a volver. Aquí no te queremos.

-Y gracias por el viaje gratis. Nos ha encantado... -Anney, adquiriendo un color verdoso- Voy a vomitar, Susan, déjala que se vaya. ¿Y qué habrá hecho esa guajira con ella?

Flor soltó una carcajada y le contestó, aunque yo no lo supe hasta un rato después, que eso no era de su incumbencia... y que yo le pertenecía a ella, no a los vivos...

-Joder, Susan, deja que se vaya.

Pero Susan no quería que se fuera. Estaba invocando al Dios Todopoderoso, a ver si le hacía algún efecto. Pero la dama de luto parecía un repelente a cualquier oración.

-¿No tendrás una cruz, agua de Lourdes o algo similar?

Flor, es decir, María Lucrecia Andújar, se desternilló de risa con la idea y le aseguró que donde ella estaba había muchas cruces, que si deseaba una podía ir con ella.

-Y una mierda.

-Venid conmigo. -Se le acercó ella- Venid conmigo a buscar vuestra propia cruz.

-¡Susan, déjala que se vaya!

-Joder, pues que se vaya... a cagar a la vía.

Y en aquel momento intervine yo, llamando a Flor. El tono les debió encantar, porque, como otras veces, Anney se puso en medio.

-NO. -Me escribió en mayúscula- Tú no la ves, Laurey... pero Susan y yo sí.

Sin embargo, Flor la apartó de un empujón. Se sentó en mis piernas y me rodeó los hombros co n un brazo mientras le recordaba que yo era suya y no de los vivos... y después... me besó y todo se volvió negro.

-Venid conmigo, vos no sois de este mundo... volvamos a las llamas del Infierno y dancemos en la hoguera.

Mientras daba vueltas y vueltas en la oscuridad, oía la voz de Emmy, la de Ana Luz y la potencia de Mariana intentando arrancarme de aquella negrura.

-Mierda. ¿La ha matado?

-No, respirar, respira. -La tranquilizó Susan- Pero no sé cómo despertarla.

Ni sabían cómo despertarme ni qué hacer. La dama de luto reía, aunque se había desvanecido. Llamas rojas danzaban por las paredes, sombras oscuras se deslizaban en el fuego y gritos desgarradores rompían el silencio.

-Yo me las piro de aquí. -Dijo Susan- Mira, yo no creo en todo esto, pero me estoy volviendo loca.

Pero no podían irse. La puerta estaba bloqueada. Cuando Anney sugirió saltar por el balcón, las puertas se cerraron y las persianas se bajaron de golpe, dejándolas en la más absoluta oscuridad. Benhnie ladró, pero no se movió de la cama.

-Mierda. No veo nada, sólo esas cosas raras de las paredes.

Unas manos salieron del suelo y empezaron a buscarlas, tanteando a su paso. Anney sintió una en su tobillo derecho y gritó. Lo siguiente en ser alcanzado fue la pierna izquierda de Susana.

-Vomito. -Y esta vez la palabra fue acompañada por la acción- Susan, ¿dónde estás?

-En el suelo. ¡Me has vomitado en la espalda! ¡Qué asco!

-¡Lo siento, no veo nada!

Y mientras tanto, yo llegaba a una pista de baila donde la música eran los gritos de doce personas a las que se estaba torturando. Bailaba y bailaba con Flor al ritmo de aquellos alaridos. Era la mejor melodía que existía en el mundo... Ahora una joven aullaba al compás de la cuchilla que desgarraba su estómago. Un viejo de pelo y bigote blanco, vestido de negro y con bastón de marfil y oro, se reía mientras le extraían los intestinos. Y yo bailaba y bailaba... encantada de la vida con tanto sufrimiento y dolor. Y Flor reía, feliz, diabólicamente feliz...

La muchacha cayó al suelo y el viejo introdujo su bastón en la herida, removiendo su interior. Ella gritaba y se retorcía... y los demás seguíamos bailando, entre risas y exclamaciones jubilosas.

-Flor... te deseo...

-Aquí mismo, no hay problema. Será una dulce melodía de fondo, las voces de los condenados...

En el piso, imágenes de los doce condenados aparecían en las paredes. Anney y Susan veían lo que estaba sucediendo mientras mucha, muchísima gente cornuda, bailaba y reía. Sólo dos no eran demonios... y estaban en el suelo.

-Mierda, ¿no es Laurey? Digo... en esa mano tiene el anillo... y ahora que se ha girado, ¿no era un corazón lo del cuello?

-¡Vomitaré de nuevo!

-¡Pero no encima mío!

-¡Encima suyo, vomitaría! ¿Cómo puede besarla de esa manera?

-¡Y yo qué sé!

Entonces en la escena irrumpió un grupo de figuras de más de dos metros de altura. Todo se detuvo. Los demonios parecían sorprendidos y la musculatura de varias de ellas convencía a cualquiera de que era mejor no intentar un duelo. Las gigantas sacaron unas espadas de más de un metro e hicieron retroceder a los bailarines. Otra se encargó de evitarles más sufrimiento a los condenados y una tercera...

-¡Hostia! -Se le escapó a Susan- ¡Qué sopapo le ha pegado a Laureyne!

Y así era... mientras Maxtheen y Maxine Stringher, con otras Doyrenses del grupo 2, apartaba a los demonios y Estela se encargaba de las víctimas, Mariana me había apartado de Flor y, tras un NUNCA MÁS, VUELVE A TU CUERPO, me había abofeteado. Es tan difícil que Mariana pierda los estribos, que cuando volví en sí pensé que despertaba de una pesadilla.

-Benhnie, deja de temblar. -Fue lo primero que dije- ¿Qué te pasa? ¿Has vomitado?

Encendí la luz y no tardaron en aparecer Anney y Susan. La segunda me preguntó si podía ducharse con lejía, desinfectante o lo que fuera. Y la primera me aseguró que la bofetada que me habían dado la tenía bien merecida, que si no fuera porque ella estaba temblando del miedo que había pasado... me regalaba dos.

Lo que ninguna sabe es que aún, a día de hoy, sigo viéndome con Flor, a quien Mariana le metió tal bronca que procura no irritarla y, mucho menos, llevarme a aquel lugar espantoso donde la música son los gritos de las almas condenadas a la tortura eterna.