Zansa

26.10.2016 10:41

Zansa cerró los libros y se restregó los ojos, le ardían de tanto estudiar. Compartía la habitación con otra alumna de la universidad. Era una chica reservada, circunspecta, desconfiada y recelosa con tendencias a la melancolía, con la que apenas se comunicaba por tener diferentes puntos de vista, nada que ver con el carácter de ella. Ambas estaban a punto de convertirse en todas unas profesionales.

Zansa miró el reloj, estaba desesperada porque llegara la hora de la cita para encontrarse con su novio.

 

 

Lo había conocido en una conferencia de psiquiatría que impartió en la facultad de medicina de la universidad. Era un hombre de mediana edad. Estatura normal. Piel morena por el sol. Pelo negro y rizado. Ojos bellísimos e inabordables. Nariz aguileña. Lo encontró guapísimo. Aquel modo de enfocar las situaciones con optimismo, como si le estuviera impregnándole a la vida la mayor perfección o buscándole los aspectos favorables y filosóficos a cada existencia, despertó un súbito interés en la alumna, por lo que encontró un motivó para acercársele, con la intención de formularle algunas preguntas.

--- Joven, tengo los minutos contados, tome mi tarjeta. Llámeme después de las tres que es cuando estoy disponible.

---Muchas gracias profesor Verían - dijo con un brillo inusitado en la mirada y voz temblorosa—Desde luego que lo contactaré.

Por supuesto que lo hizo. Las dudas que necesitaba aclarar parecían algo tontas, pues conocía las respuestas, solo deseaba oír de nuevo la voz del conferencista que le había causado tanta impresión.

--- ¿Qué te trajo hasta aquí? – Averiguó Verían después de escucharla -- Espero a que me respondas con toda sinceridad. ¿Estás segura que desconocía esas respuestas?

El profesor enseguida se arrepintió, al menos en lo concerniente a la sinceridad para con él. Estas chiquillas estaban cortadas por el mismo patrón. Notó que el deseo le encendía los ojos. Y arreció el acoso. La presa tenía suficientes atractivos y el apetito de poseerla le nubló la razón, cuando la sintió divagar sin una respuesta determinante la tomó por los hombros

---No te esfuerces ¿Cómo me dijiste que te llamabas? Ah, sí Zansa, pero no sonsa ¿verdad?

La joven se sonrojó, bajó la cabeza apenada, como si la hubieran cogido in fraganti, o cometiendo el daño que la condenaría a la máxima pena. Sabía que su temeraria imprudencia era inexcusable. Sin embargo, él disfrutaba con su turbación.

---Te entiendo. De buena voluntad acepto tus excusas, aunque no las hayas pronunciado-- sonrió irónico, se daba cuenta del mal rato por el que estaba pasando la estudiante-- No te sientas coaccionada para expresar tus respuestas. Solo quiero conocerlas.

Zansa esbozó una sonrisa, no quería pasarse de lista, al comienzo del camino, debía obrar con astucia e inocencia, acababa de descubrir su mejor arma, la eficacia de la seguridad. Abrió ligeramente las piernas comenzó a acariciarse los muslos, y a morderse los labios de forma provocativa. Lo menos que imaginaba que la excitación del doctor Verían le provocaba deseos de golpear a sus víctimas. La haló por los cabellos y en un gesto violento la lanzó contra el piso. A mordiscos le arrancó las ropas, parecía una fiera enardecida. Estaba fuera de sí.

Zansa no protestaba, solo estaba asustada ante la brutalidad de aquel hombre que había perdido el uso de la razón. La tendió bocabajo entre dentelladas por toda la espalda, separó los glúteos para penetrarla. Terminó exhausto.

--- ¿Por qué de este modo, profesor?--, se atrevió la joven

---Esto era lo que estabas esperando, ¿verdad? A eso viniste —tras un largo silencio afirmó---Todas son iguales unas perversas. Lo único que les interesa es el sexo. Te presentaste en mi casa a provocarme sin conocerme. Ahí tienes tu merecido.

--- Se equivoca—dijo la joven—Soy más fuerte de lo que cree. Déjeme actuar. Ahora me toca a mí.

Zansa lo impresionó vivamente, sin una razón profunda a obedecer, despertó los verdaderos instintos eróticos del profesor Obraba por un impulso natural e indeliberado que le hacía arder de pasión. Era toda una experta. Ya el hombre ni discernía. Estaba obsesionado con sus cabellos largos y negros, los ojos verdes como piedras preciosas, la conformación de su cuerpo espigado y grácil que aspiraba a enloquecerlo y que sería la causa de su perdición. Su papel de hombre quedaba empequeñecido ante la fogosidad que le brindaba Zansa Entonces comenzó a crecerle el miedo a que la joven lo chantajeara. Divulgando lo que le había hecho al comienzo.

---¡¡¡Basta!!!—chilló aturdido ante tanto placer. Dos bofetadas no bastaron a la joven que se le prendió al cuello para succionarlo como una vampira hambrienta.

Soportó muy poco. La crisis estalló cuando el doctor no logró mantener la erección, pues no conseguía concentrarse en el juego sexual de Zansa que parecía insaciable. Balbucía, se arqueaba, abría las piernas o se masturbaba cualquier cosa que hiciera no conseguía despertarle ´la rigidez al glande. El profesor comenzó a maldecirla Percibió como ella se había hecho de la vista gorda, sin embargo, de solo pensar en lo que pudiera comentar sobre su persona lo aterraba hasta conducirlo a las más enfebrecidas alucinaciones.

---Ve como usted tampoco me conoce. Parece mentira que sea psiquiatra. Espero a que se recupere—se arregló las ropas Tomó sus cosas y tras una rara sonrisa añadió—Cuando me lo pida volveré a su encuentro.

Verían no podía conciliar el sueño. Ni esa, ni muchas de las noches sucesivas. La lección recibida por la estudiante, lo deprimió. Él que se autoproclamaba el castigador de las mujeres, había salido trasquilado.

 

 

Entre los chicos de la universidad Zansa tenía reputación de chica difícil, inaccesible. Con ninguno de ellos salía solo les interesaban los hombres maduros. Por supuesto que averiguaría sobre Verían. Fue una autentica proeza. Solo desconocía su estado civil ¿Sería un soltero impenitente? Por eso le resultó más interesante continuar con su asedio. Poco a poco fue adentrándose en su vida, era ella quien lo invitaba a los encuentros. Siempre hallaba un pretexto para ofrecerle los más descabellados goces en cada entrega. Y como al profesor no le gustaba exhibirse, buscaban los lugares más alejados de la ciudad para disfrutar de un sexo inigualable. La imaginación no era suficiente pues una relación aventajaba a la otra, a veces iban más allá de lo lícito y de lo que la mente podía discurrir. La estudiante lograba llevarlo a un paroxismo peligroso.

Una tarde estaban en la intimidad de un hotel cuando Zansa se le sentó en el vientre a horcajadas para preguntarle:

--- ¿Crees en el amor a primera vista?

El psiquiatra demoró en contestarle

--- A veces--dijo desviando la mirada de aquellos ojazos verdes y fulgurantes que lo tenía embobecido-- No soy partidario de mantener relaciones eternas. Prefiero la búsqueda constante de emociones, que sean intensas, agradables para que despierte más interés en la persona que las reciba.

--- Como las nuestras-- desvió la mirada arrepentida de haberle preguntado tal tontería. Él le acarició los senos. Se dio cuenta de haber cometido una insensatez y pensó que debía reflexionar, necesitaba inclinar la balanza a su favor. Aquella jovencita tan especial, que estaba ofreciéndose como una flor al amanecer, no podía ahuyentarla. La tomó por la barbilla y volvió a besarla.

--- Vamos a ver, no soy tan cruel, como quise presentarme en la bienvenida pero uno debe enamorarse al cincuenta por cien de lo contrario todo se complica. Es mi punto de vista. No me gusta crear falsas expectativas. Si hablamos poéticamente yo soy el ocaso y tú un amanecer. Espero no defraudarte.

--- Para mí ya está más que complicado—afirmó la alumna--, te amo demasiado.

Él se limitó a sonreír.

Comenzaba a nevar cuando salieron en busca del coche.

Después de aquella tarde, Zansa no supo más del psiquiatra. De nada valieron las insistentes llamadas al móvil. Nadie sabía decirle dónde se encontraba, ni a dónde había ido. Decepcionada se dedicó a estudiar. Pasaron los meses, la graduación se acercaba y comenzó a salir con un chico de su año que sería su pareja en el baile de graduación.

Estaba sentada al lado del joven en una cafetería cuando sintió un susurro cerca del oído.

---No te asustes soy yo.

Zansa dio un brinco y olvidándose de todos los que la rodeaban, saltó encima del profesor y colgándosele al cuello, empezó a besarlo desesperada.

--- Estoy de regreso, tuve poderosos motivos para ausentarme ---no dijo más.

---Te he extrañado tanto-- por supuesto que no convertirían el encuentro en reclamos, ni mucho menos-- Por favor avísame antes de volverte a perder.

La apartó sin brusquedad, pero enérgico.

--- Nadie tiene por qué saber de nuestra historia sentimental. No ves que no quiero complicarme-- dijo enfadado.

---No siquiera temo a tus golpizas ---dijo mirándole retadora a los ojos. Lo pensó mejor, suavizando el tono aseguró--. No necesito los pormenores. Solo quiero entender qué te motivó a perderte sin avisarme.

--- Asuntos de trabajo. No insistas más, Zansa, no me gusta este juego.

--- ¿Me estás pidiendo que olvide que no pudiste mandarme un email, ni un telegrama como se hacía a la antigua, o señales de humo?

Él suspiró, resignado. A veces era preferible el silencio. Parecía ajeno a la conversación. Zansa creyó prudente no seguir hizo un largo silencio.

--- No puedo explicarte qué pasa

--- Lo comprendo ¿No tienes nada más que decir? Es que no quiero terminar contigo. ¿Acaso me crees capaz de engañarte?

--- Dímelo tú. ¿Por qué te perdiste? Pensé que tenías derecho a saberlo. Aunque no te entienda te perdono-- expresó con la más candorosa de las sonrisas.

--- ¿Por qué no nos vamos a mi apartamento y terminamos de discutirlo allí?

Zansa asintió, acercándose a su compañera de cuarto, le pidió que justificara su ausencia y que no la esperaran a cenar.

Subieron al coche, lo notó preocupado e intentó acariciarlo, pero Alejandro la rechazó sin brusquedad. Tras un repentino frenazo le pidió que se bajara y tomara un taxi de regreso.

--- ¡¿Estás loco?!

--- Te llamo y te explico. Debo irme ahora. Toma estas son las llaves de mi apartamento-- murmuró entregándoselas-- Nos veremos esta noche. Digo si estás de acuerdo. Pero no me llames.

--- Desde luego-- intentó sonreír a pesar de la preocupación, no entendía lo que estaba ocurriendo.

 

La ilusionaba acudir a la cita, contaba, ansiosa, los minutos que la separaban para volver a encontrarse con aquel hombre que la enloquecía.

Su compañera de cuarto tenía puesta las noticias vespertinas, a toda voz como cada tarde. Zansa terminó de maquillarse, echó las llaves que le había entregado en el bolso y se disponía a salir cuando escuchó el nombre del profesor y su imagen ensangrentada en la pantalla. Quedó paralizada. ¿Qué había pasado? Fueron a un corte comercial.. Cuando reanudaron las informaciones vio a una mujer esposada declarándose culpable.

---Se lo advertí que prefería soportar sus golpes pero no la traición. Estaba al tanto de su engaño. Supe que se encontrarían en su apartamento de soltero. Llegué antes y me oculté. Lo menos que sospechaba que yo estaba allí. Desde mi posición le era imposible verme --- exponía fríamente, ante las cámaras, una mujer alta, esbelta, entrada en años --. A Verían solo le interesaba mi dinero. Desconozco quién es la amante. Se salvó, de haber llegado juntos la hubiera matado a ella también.