"Vacaciones de acciones", Paquito Gallego

30.08.2013 22:39

Cada día, a la una y veintiuna de la madrugada, cuando casi nunca pasa nada, una hermosa hada vive entre dos largos vientos y no desfallece. Allí, piensa, reflexiona e interioriza sus cientos de sentimientos sobre los eventos. Todo eso, y más, ella lo intenta. Es consciente de que es el único modo de salir bien hablada. De salir bien cambiada. De salir absolutamente bien encantada. Y todo ello, entre unas extrañas habas bastante mal contadas, que no bastante mal plantadas. Ya que, ellas, allí, lo malgastan casi todo. No saben estar sin originar, mayormente, un gran malestar. Únicamente sueñan con los fieles deslices afines al mundo de las fábulas. De los cuentos de una alborozada hada desfigurada. Ya que, su imagen idealizada es deseada, ansiada, codiciada… hasta el extremo de llegar a ser mitificada. En aquel lugar de la abundancia es envidiada porque, por una vez, no va a ser cocinada. El plato estrella que, esta vez, no se convertirá en un anómalo plato estrellado. Demasiado desgraciado, que ya ha sido quemado. Que ya ha sido rasgado. Y, hasta cierto punto, que ya ha sido mutilado. Y eso, es, en parte, lo que ella, con ansia, codicia: ser una gran diosa con estela que brille en una abarrotada noche encantada. Encantada de ser un poco más humana, pero nunca dejarse caer bajo los pies del poder de un malvado lucifer. El ser demente y, senil, del que arrancan decenas risotadas igual que un mecenas repleto de falsas llamaradas. El ser demente, senil y vil, del que brotan mil ahogadas humoradas igual que un fusil cargado de falsas risotadas.

 

Así, plato tras plato, pasa el rato ligada a la agraciada casa del triunvirato. La fe, la vejez y la desenvoltura de una sana, beata cordura. Tanta, que no entra en sus ancestrales cabales el dominio de un ceremonioso predominio. Su buen momento suspira por instantes más grandilocuentes. Unos que hablen de campos de tiempos como cortadura de cada día. De cada segundo. De cada minuto... De cada, caradura. El empeño que, sin dejar de ser pequeño, resulta algo empalagoso, ya que, no son pocos los invitados a realzar los asientos de los monumentos. Esos de dimes y diretes que tanto bien tienen. Que tanto bien poseen. Que tanto bien producen. Pero, incluso así, al lado le resbala como buena eslava. Eslava de buena lava que esconde la alegre cara de su daga. El arma parricida por el que, la vida, siempre merece la pena ser asumida. Asumida hasta el más recóndito de los felices mitos de los escondrijos. Esos por los que, los platos estrellados brillan en el firmamento con la seguridad que da el saberse eco del momento. Del instante por el que un hada henchida de paridad será firme candidata de la caridad. Esa que solloza lágrimas de más porque su finalidad estará sujeta a esa. La que conoce que, como casi todo en esta vida ida se acaba, el desajuste de un hada hastiada es el de no tener amigos vivos. Y es que, en parte, eso es ser pasto de forzadas llamadas creadas. Ser pasto de un arcaico y, tal vez maracaibo, asco. Buenaventura de una sublime aventura.