"Una visita inesperada", J. Stark

23.10.2013 20:58

La luna es cortejada por nubes que no cesan en invitarla a bailar. Ella rehúsa, sabiendo que tan solo buscan algo pasajero. Bajo su melancolía, una enmudecida casa está siendo bañada por su luz plateada. Un grito amortiguado por un guante de cuero muere en el interior de sus paredes. La sorpresa golpea más fuerte cuando logra colarse de puntillas en una monótona rutina bien hilvanada.

 

Cuatro máscaras ajadas representando llorosos bebés van y vienen ante los aterrorizados ojos de un desafortunado matrimonio. Sus pasos se mezclan con el sonido que produce el reloj de cocina. Las paredes parecen combarse bajos sus miradas, adornadas ahora por objetos que se han tornado desconocidos, manchando con sus colores aquí y allá.

 

Cualquier movimiento de sus manos acaba siendo frenado por unas tercas cuerdas, que dejan su tarjeta de visita cada vez más visible en torno a sus muñecas.

 

A veces el tiempo decide ir despacio para alimentar su crueldad.

 

Ninguna palabra consigue escapar de sus bocas sin perder su melodía al intentar atravesar una cinta americana colocada sin ningún mimo.

 

Uno de esos demonios terrenales se planta ante ellos y detiene su inagotable trabajo para jugar. Coloca un enorme cuchillo en la yugular del marido. Cualquier movimiento desesperado termina recordándoles que unas cuerdas les retienen manos y pies.

 

Presos en su propia casa.

 

El hombre cierra los ojos esperando juicio y sentencia; ahora son plenamente conscientes de que la muerte no es una idea a tener en cuenta únicamente en un futuro lejano. Casi puede escucharse el batir de su negra túnica al caminar, curiosa.

 

El esfinter la traiciona, tornando transparente la blanca tela que va tocando el licor del miedo en su descenso, al igual que sus lágrimas. Puede ver cómo ese cerdo se excita, olvidando incluso que sostiene un cuchillo. Deja a su esposo y se planta delante de ella. Sin ninguna decencia, frota vigorosamente la entrepierna de la mujer humedeciéndose la mano. La vergüenza, la ira y la impotencia se mezclan en ella, mientras la mano sigue jugueteando distraída.

 

Alguien lo reclama desde el salón.

 

Puede verse su descontento aún y a pesar de la máscara, pero no se atreve a cuestionar su orden; ni siquiera a mostrar su descontento con palabras envueltas en maquillados susurros.

 

Desaparece de su vista.

 

En otro punto del hogar, unos aterrados ojos vigilan una puerta cerrada sin pestañear. Sabe que sus padres están en apuros y que debe hacer algo. Ha pasado demasiado tiempo. El móvil sin batería descansa a su lado. Maldito momento, piensa. El cargador está en otra habitación y le da miedo incluso salir de debajo de la cama, donde dos pares de zapatos le acompañan en su inmovilidad. Puede escuchar los incansables pasos de los hombres que han entrado en su casa; aún conserva en la memoria las botas que llevaba el que entró en tromba en la habitación hace unos minutos...u horas...o días. El tiempo se mueve a sus anchas, cómo los ladrones.

 

El chico decide salir, temeroso, andando de puntillas. Mira hacia el pasillo y no ve a nadie, por lo que se desliza hacia su habitación. Está vacía. Coge el cargador y pone a cargar el móvil. Marca el número de la policía.

 

Abajo todo continúa igual, obligados a escuchar objetos romperse.

Correteos, gritos, maldiciones:

 

-Maldito mocoso hijo de perra...

 

El matrimonio tensiona las cuerdas, el corazón parece querer salirseles del pecho e ir a ofrecer una ayuda que no pueden dar.

 

Sirenas de la policía aumentan el tono de su melodía progresivamente.

 

Arriba el chico corre a la desesperada. Tras ser descubierto en la habitación estampó el móvil en pleno ojo derecho del asaltante, reventándoselo. Un liquido viscoso acompañó a la sangre máscara abajo. Lo había esquivado y corría fuera de la habitación pero los salvajes gritos del golpeado ladrón puso en alerta a los demás. Logró zafarse de uno pero al intentarlo con el segundo en pleno forcejeo trastabilló y cayó escaleras abajo.

 

En un segundo todo había terminado, la policía detenía a la banda criminal, pero la mirada perdida de unos ojos sin vida seguía siendo lo único que observaban unos llorosos ojos bajo su borrosa pantalla.

 

No vieron cómo uno de ellos oponía resistencia y un policía le disparaba en plena cabeza salpicándoles con sus sesos. No escucharon nada de lo que los impotentes agentes les decían para tratar de aplacar su desbocado dolor, mientras les desataban. Ni siquiera alcanzaban a oír sus propios gritos, desgarradores ahora en el completo y tenso silencio que se había formado en la casa.

 

Los peores monstruos no son los que acechan desde armarios ocultando deformidades, sino los que te pueden saludar en plena calle.

 

Vieron cómo se los llevaban detenidos y devolvieron la mirada a aquello que habían conseguido robar. Lo único realmente importante.

 

FIN