"Todos los dragones deben morir", Agente Vilamar

27.08.2013 12:54

Como cada día, el dragón Dulmar abrió sus ojos-escamas uno a uno, lentamente.

Era, quizás, el más viejo de todos los de su especie. Tal vez también el único sobreviviente.

En todo caso, no lo sabía. Habían pasado seis siglos desde su último viaje fuera del útero acogedor de la cueva. Ya no recordaba al sol, y no deseaba hacerlo: la oscuridad era un alivio para sus ojos-escamas de anciano.

El mundo había cambiado demasiado en el transcurso de aquellos siglos: era tan viejo como un inmenso monstruo de metal que tuviera demasiadas bocas y hambre.

Dulmar ya no tenía fuerzas ni deseos de recorrer los cielos, ni de asustar a los campesinos con un rugido de fuego inagotable. Sabía que ya no existía cielo ni campesinos a los cuáles aterrorizar, y sus propias llamas malamente le servían para encender una hoguera de poco calor.

Por eso, Dulmar había decidido morir dentro de la cueva, encima del tesoro que había acumulado durante varios miles de años, encima de los huesillos que en algún momento formaron parte del cuerpo de un caballero. ¡Ah, aquellos sí que eran buenos tiempos!

Un ruido como de roca rasgada llegó hasta los oídos del dragón.

Dulmar gruñó molesto. Dio un coletazo, pero el ruido no cesó sino que, por lo contrario, se convirtió en un eco insoportable, estridencia de metal que se aproximaba cada vez más a su refugio oscuro.

Entonces, supo que estaban llegando.

Ellos.

Los que convirtieron al cielo en una capucha de hierro.

Los que apagaron las estrellas.

Ellos.

Los de siempre.

Los nuevos caballeros que ya no tenían sangre para derramar, ni huesos que romper. Los casi-siempre-invencibles que marchaban en una fila compacta de diez y doce hombres por aquel mundo que había cambiado demasiado.

Ellos.

Los transformados.

Aquellos que demolieron los pueblos de madera y paja, y luego las ciudades de piedra.

Los que no quisieron seguir siendo hombres con tanta eternidad inalcanzable por delante, y decidieron hacerse dioses.

Los dioses que forjaron aquel mundo a semejanza de un escudo infinito de hierro. Los que talaron, quemaron, deformaron todo.

Ahora estaban allí y lo buscaban, porque era una criatura escapada de un tiempo en el que aún existía cielo, árboles y verdaderos caballeros que sí sabían morir.

Dulmar no intentó escapar.

No podía.

Los siglos no habían pasado en vano.

Abrió sus ojos-escamas uno a uno, para ver bien.

Y vio: las grandes espadas que escupían fuego y muerte, los hombres de hierro que no tenían rostro sino muecas horribles de máscaras, los gruñidos que no eran palabras, ni idioma, pero que sabía ordenaban la caza.

Dulmar se agazapó contra la pared de la caverna, súbitamente iluminada por grandes antorchas de llama azul que herían escamas y sentidos.

Coleteó una vez, dos. Pocas veces antes de que las espadas de fuego le atravesaran el cuerpo como miles de flechas venenosas.

Luego, llegó otra vez la oscuridad, y con ella un alivio largo como un suspiro de la noche.

 

II

Las Máquinas, por supuesto, no entendieron nada...