"The Great A.B. Taylor"

21.01.2015 16:42

Arturo Bustos Taylor tenía una nariz que parecía de pájaro y ocultaba su boca apenas insinuada por una extensa línea de trazo fino. Su pelo abundante  y

suave parecían plumas negras de cuervo. Menudo y de pequeños pies transitaba el mundo ajeno de sí. Todo eso a pesar de la protuberancia inocultable de

su espalda que constituía una desagradable joroba y que lo conminaba a llevar una carga permanente como Prometeo. Trabajaba en la construcción y se lo

veía alto en los andamios transportando gabelas de enorme peso. Su cara enrojecía por el esfuerzo y acentuaba su joroba bajo su ropa negra. Soñaba con

ser enfermero. Imaginaba que su ayuda solidaria salvaría vidas. Pensaba en las guerras, y no se aterraba por su crueldad. Eran necesarias para sentirse

útil. Distraído en ensoñaciones cayó al vacío. Se precipitó y ya en el aire se sintió ingrávido. Comenzó a planear y de su joroba desproporcionada para

su cuerpo mísero, brotaron un par de alas rojas que lo convirtieron en un pájaro de una inusual belleza. Se cubrió de plumas negras, la nariz se acentuó

y tomó el color amarillo del sol. Sus ojos se achicaron y se mostraban profundos. Y voló…, voló seguro de sí. Sintiéndose fastuoso y feliz. Fue atrapado

en Arabia donde embelleció la fauna exótica del Rey ‘Abd Allah. Era admirado y venerado. Sin embargo ahora, encarcelado, sin posibilidad de volar ni de

ayudar como lo había soñado, recordaba, con nostalgia el que había sido. Deseaba su condición de humano malhecho y sufrido. Una mañana cuando quitaron

el manto de seda que cubría su jaula durante la noche, azorados, vieron que el pájaro había desaparecido y que en su lugar un pequeño jorobado miraba con

ojos inquisidores. El Rey, desconcertado, mandó deshacerse de la criatura. El verdugo se apiadó de Arturo y lo llevó al desierto pedregoso y estéril. Arturo

volvió a trabajar de sol a sol y se ganó el respeto de los beduinos. En el Reino y luego de muchos años de injusticia, se produjo una insurrección. Arturo,

que adoptó el nombre de Muhammad, estaba delante de la multitud como justo líder y predicador. Hacia el 624, derrocaron al Rey en la batalla de Badr, y

lo enjaularon por designio de Muhammad que instauró un gobierno que protegía a los desheredados y pregonaba la existencia de un solo Dios. El rey era asiduamente

visitado por sus ex vasallos. De a poco tomó los hábitos de un pájaro. Le salieron plumas, pico y finas patas granuladas. Un día Muhammad le concedió la

libertad, lo soltó y comenzó a volar. Giraba en círculos como confundido. Torpe, chocaba contra las paredes del palacio. Se introdujo solo en la jaula

abierta. Vivió en cautiverio un breve tiempo hasta que, en un involuntario descuido, un majestuoso gato persa que había sido su callada y venerada mascota,

se lo comió, muy lentamente.