"Tentáculos negros", Calia Andrade

06.10.2013 12:02

 

 

Vagaba.

Buscaba.

Sin comer. Buscaba. Sin dormir. Buscaba. Sin beber. Buscaba, daba igual que cosa.

Daba igual el por qué. Me movía más lento de lo acostumbrado. Daba igual la hora, el barrio en que me encontraba.

Me movía más lento de lo acostumbrado. En otras circunstancias, cualquier otro en mi caso, hubiera acelerado la marcha para salir de aquellas sombrías inmediaciones.

Pero yo no hacía ni el menor amago de abandonar aquel desolado y sombrío sector de la ciudad. Es más, demoraba la marcha contando los pasos, los movimientos de mi cuerpo, las pisadas sobre el pavimento. Es que no tenía ninguna intención de volver a encerrarme en mi cuarto vacío, rodeado de tantos recuerdos angustiosos, palpando el dolor de la ausencia, de la inconformidad.

Día tras día desde que estaba solo me dedicaba a recorrer la ciudad, aletargándome en una modorra corrosiva. No necesitaba más droga que mi propio ensimismamiento para mantenerme embotado, abstraído, flotando en una nube contaminada de amargura. Caminaba desde el amanecer hasta la nueva madrugada. ¿Llevaba en ello semanas? ¿Meses? Ya no lo recordaba.

Escasamente recordaba cuando había dormido por última vez, cuando había comido, el último trago de líquido que había ingerido. Moviéndome como un autómata arrastraba mis pasos, aplastado por el dolor.

El dolor era demasiado, aunque parcamente recordara su motivo. O tal vez sí lo recordaba, pero prefería obviarlo, porque era demasiado, taladraba, hondo y abrasador. Mis motivaciones me causaban pesares inimaginables, dolor en cada terminal nervioso, en cada latido del corazón, en cada inhalación profunda. Sin embargo, era un dolor extraño, un dolor de carencia y deseos de aplacar la falta, mezclado con furia, con impotencia, con apatía y abulia. Me había trasformado en un bulto, uno que se movía apenas, que respiraba por costumbre, que existía por razones inanes.

La noche había caído hacía muchas horas. Una noche caliente, asfixiante, casi tanto como el propio infierno en que me revolvía. Caminaba entre la oscuridad y la temperatura sofocante, más agarrotado que de costumbre, aplastado por el aire pegajoso.

Caminaba rozando las murallas malolientes con el hombro, para direccionar en algo mis pasos, para mantener en pie mi cuerpo maltratado por el cansancio. Seguramente la sensación de agrura en mi estomago obedecía al hambre y el escozor de mi garganta a la sed.

Estaba tan confuso, tan errático causa de mis tormentos personales, elegidos por algún motivo, que ahora navegaba en la confusión, privado del alimento, el sueño y el agua por voluntad propia, y no conseguía siquiera denominar las sensaciones punzantes que me atacaban. ¿Calambres? ¿Espasmos? ¿Convulsiones? No importaba. El caso es que transitaban por mi cuerpo y mi alma flagelándome de manera implacable. Sentía los ojos arder dentro de las cuencas y los dientes apretando las paredes de mi boca hasta magullar su superficie carnosa.

Me detuve un instante para disfrutar una repentina ráfaga de aire. El soplido refrescante zumbó cerca de mis oídos, agitando mis finos cabellos en una marea revuelta que vino a caer sobre mis ojos. No me importó que los cabellos se pegaran al sudor de mis mejillas y mis párpados, empañándome la vista hasta casi nublarla.

Me encosté a la muralla y por primera vez, en no sabía cuanto tiempo, fui consiente del verdadero cansancio apoderándose de mis músculos. Caí arrastrando la espalda al murallón de ladrillos y la fricción raspó directo sobre mi columna anestesiada. Aterricé sentado en un charco de olor desagradable, que no acertaba a definir. Tampoco sabía si el charco llevaba allí más tiempo que yo o era producto de flujos ocasionados por el relajo de mi propio organismo.

Tomé consciencia de que necesitaba algo donde anclarme otra vez a la realidad, aunque en verdad no me importaba tanto ni entendía por qué. Tal vez fue la brisa refrescándome. O tal vez un simple acto reflejo de supervivencia. Comencé a sobarme los brazos, buscando alguna conexión con mi exterior para recobrar en algo el dominio de mi cuerpo. Enfoqué la vista en los detalles del callejón en que me encontraba buscando algo de orientación.

Era un callejón largo, iluminado pobremente por una luz amarillenta manchada de sombras. Todo el callejón estaba húmedo. El piso era de viejos adoquines. Alguna lejana celda de mis memorias me indicó que probablemente estaba en los barrios bajos que cruzaban desde el Club Hípico hasta nuestra vieja casa. Seguramente. Lo sabía por la forma de los edificios de casonas, los patios compartidos, el olor a ropa húmeda colgando de las ventanas. Me encontraba, de seguro, en uno de esos callejones posteriores que separaban los edificios del barrio de los murallones de la estación de trenes abandonada.

Troné el cuello en varias direcciones. Haberme situado en un punto geográfico conocido, haciéndome consiente del momento en que estaba, fue placentero, gratificante, de un modo que ya no recordaba. Por algunos instantes me sentí nuevamente en dominio de mis fuerzas, de mis razonamientos.

De pronto, me asaltaron las ansias por regresar a nuestra casa, me sobrecogió la angustia por sentir la textura de mi ropa de cama, el olor de la madera de mi cuarto. Al menos si iba a dejarme morir consumido por el dolor, anhelaba hacerlo entre mis propias sábanas y no tirado en un callejón con olor a orines.

Tomé la idea con la misma vehemencia que se tomaría el último deseo de un condenado a muerte. Me levanté direccionando mis pasos, divagando en la macabra idea de ser mi propio Alastor, mi torturador y sicario, mi propio verdugo y condenado fundido en uno sólo. La dualidad del crimen y el castigo personificado en un solo ser, en eso habría de transformarme.

Siendo así, podía darme el lujo de conducir a mi prisionero al cadalso, pero a la vez resarcirlo con alguna retribución compasiva, bastaría con atravesar las largas y estrechas calles para cruzar la estación de tren abandonada. Aparecería en los callejones laterales a la enorme catedral gótica adyacente a nuestra casa. Luego podría ingresar para arrojarme al fin sobre mi lecho y continuar tendido sobre él mi tortura.

No había avanzado muchos metros por las desoladas intersecciones hacia la estación, cuando comencé a sentir aquella sensación confusa en el borde de mi nuca. Era como un dardo de hielo adhiriéndose el pellejo carnoso sobre mi cuello. Parecía estar recibiendo una corriente de electricidad rosando la curvatura de mi cerviz. Mareado y débil como me encontraba, no presté demasiada atención a la sensación, aunque ésta iba creciendo por mi espalda, lanzándome aguijonazos de frío y calor a cada tramo a medida que avanzaba a través de la estación.

El abandono hacía crujir a cada tramo los metales olvidados, las carrocerías de madera derruida, que morían dentro de la estación. Sumar esta situación a la desagradable sensación física que me embargaba, tal vez en otra circunstancia, debería haberme alertado, debería haberme dejado expectante, atento como para percibir lo que se cernía a mis espaldas.

A pesar de que los aguijones de hielo y fuego que continuaban punzando la parte baja de mi nuca no cesaban, mi único interés estaba en alcanzar el recogimiento de mi habitación para continuar sintiéndome el más miserable de los mortales dentro de ella.

Una nube pasajera fue develando el esplendor de la luna llena tiñendo de reflejos lunares el ambiente. La tonalidad argentada de la noche reflejándose sombre los metales al salir de la estación delineaba un jardín de fuegos fatuos danzantes.

Atravesé el último murallón de la estación por un hueco entre los ladrillos, encorvando mi cuerpo con extrema torpeza en mis movimientos. Me pareció haber raspado parte de mi cuello contra los ladrillos.

Un espeso líquido comenzó a escurrir por mis hombros y la piel me ardió lanzando punzadas espasmódicas a mi columna vertebral. Seguramente me había herido con algo más que los ladrillos. Algún alambre tal vez, porque un copioso rio de sangre iba empapando mis ropas. Presioné la herida con la palma abierta. El hilo de líquido pegajoso y tibio me fue embadurnando la mano y luego comenzó a deslizarse copioso por mi antebrazo.

Salí del hueco en la pared acelerando los pasos en la medida que la fuerza me lo permitían para acercarme por fin a mi vivienda sin retirar la mano de la herida. Me parecía que el hilillo sanguinolento era cada vez mas fluido, me parecía que burbujeaba, que iba desangrándome. Una sensación de oxido se había plagado por la extensión reseca de mi boca y me temblaban las piernas con la trémula sensación del desmallo.

Las sensaciones físicas me mantenían atado al momento. Fuera de ellas, ninguna percepción era totalmente valida. Estaba cruzando frente a la catedral cuando me flaquearon definitivamente las piernas. Sentía la camisa completamente empapada de sangre.

Algo me indicaba que nada de aquello podía ser lógico, que tal vez estaba a merced de crueles alucinaciones ocasionadas por el hambre y la desesperación.

Levanté la vista hacia las torretas y contemplando las inmensas almenas coronadas de por sendas cruces y la copiosa multitud de gárgolas bañadas en la platinada luz de la luna llena, pensé que ya no había oportunidad de arrepentimiento.

Yo mismo había provocado la situación en la que me hallaba ahora. Yo mismo me había obligado a recorrer calles, sin descanso, sin dormir, sin comer, sin beber por tantas horas que no venía al caso enumerar. Cualquier cosa con tal de embotarse los sentidos, distorsionando las sensaciones que me embargaban.

Ahora allí tendido en los peldaños de piedra, con la visita perdida, flotando en un charco espumoso de color carmesí, comenzaba a preguntarme que tan real podía ser todo aquello. ¿Realmente me estaba desangrando allí en la soledad de la profunda noche, rodeado de tinieblas internas y pálidos reflejos lunares? ¿O alucinaba a merced del deterioro, muriendo de inanición por mi propia mano?

 

Ya no importaba de cualquier manera, pensé retirando con dificultad la palma de la nuca. Un sonido de desgarro acompañó el movimiento, y un intenso dolor siguió a la acción. Era como si mi palma se hubiera adherido a la piel a través de la herida.

Observé mi mano sujetándola por la muñeca, enfocando sobre ella la vista con dificultad. Tuve que contener una nausea virolenta al verla cubierta de jirones negros de cabello, retazos de mi piel y coágulos de sangre. Pero algo más en la masa sobre mi mano capturó mi atención. Una especie de cable negro palpitaba en su superficie. No, no parecía un cable, más bien un tubo fino, como una vena, pero de un negro azulado que espantaba. Era una especie de gusano jadeante retorciéndose entre los jirones de cabello y sangre, regocijándose en el asqueroso amasijo.

Aterrado, intenté desasirme del engendro lanzándolo lejos, agitando mi palma con toda la fuerza que la debilidad permitía a mis movimientos, pero la desagradable sanguijuela parecía imantada a mi carne. Profiriendo sonidos guturales, y gritos ahogados me desesperé revolviéndome sobre el mármol, intentando aplastarla contra los peldaños, arrancarla a tirones, rasparla con la hebilla del cinturón, pero no se apartaba, no había forma de moverla.

Me puse de pie de un salto, corriendo, emitiendo sonidos de desesperación que no eran alaridos, tal vez por la falta de fuerzas, tal vez porque sabía perfectamente que nadie vendría a ayudarme.

Observé atenazado por el pánico como la criatura comenzaba a entrar y salir de mi mano cruzando de la palma al dorso como una maquiavélica serpiente de mar. Dejaba espirales diseñados sobre mi piel, círculos de su lomo maldito aflorando por entre mis tendones y huesos, su cabeza y cola agitándose como el cascabel de una serpiente emitiendo un zumbido constante, y estertores de vibraciones que me arrancaban agudos quejidos y sordos gruñidos dentro del pecho.

Por fin la tortura de la creatura terminó cuando se incrustó en una de mis venas avanzando por ella hasta sumergirse en mi torrente sanguíneo, corcoveando para abrir paso a su cuerpo algo más grueso. Gemí apretando mi muñeca con fuerza, con las cuencas de los ojos desorbitadas, sintiendo el dolor físico tomar cuenta de mi cuerpo con una fuerza tan intensa y desgarradora como el dolor mismo que aquejaba mi alma.

Me estremecí en impactos espasmódicos y caí azotando la cabeza contra el suelo, agitándome en convulsiones. Sentí mis entrañas estallar, vomito y bilis, orines y excremento se desprendieron sin control de mi cuerpo lacerado por un dolor físico inimaginable que traspasaba todos los umbrales de la lógica.

No, no era una alucinación, ninguna alucinación podría haber generado aquel infierno de dolor que me doblegaba. El dolor me conectaba a la realidad. Sí, era real todo aquello. No podía ser de otra manera.

Sin embargo, el dolor cesó en una fracción de segundo, apagándose como si se hubiera cortado la electricidad en todo el mundo a un tiempo. Me sumergí en un abismo de oscuridad que me succionaba tirando de mis extremidades con violencia. Mi cerebro ardió en la oscuridad más absoluta.

No podía realizar un sólo movimiento. No podía oír ni ver nada a mi alrededor, ni experimentar ninguna sensación. No había angustia, ni curiosidad, ni miedo. No había nada. Por unos instantes, pensé que estaba muerto. Hasta que la nada opresiva en que me encontraba se tornó fría como el hielo golpeando cada parte de mi cuerpo, ingresando a través de mi mente.

Fue como si me hubieran baldeado con agua fría, como haberme sumergido en una piscina llena de hielo picado y luego emerger totalmente despabilado, con todos los sentidos alertas, nítidos, en perfecto estado de control y conciencia. Abrí los ojos con reticencia. Me incorporé con lentitud.

Me hallaba limpio, sentado en mi cama. Todo estaba en orden. Ninguna sensación de hambre o sed me aquejaba. Un placentero sopor irradiaba de mi alma, como si nada hubiera pasado. Estaba en paz reconciliado al fin con mi destino. Todos mis demonios se hallaban amordazados en mi interior y una gloriosa paz envolvía mi cuerpo. Sentía como haber nacido por segunda vez, flotando en una sensación casi comparable a la alegría.

Tal vez todo había sido una horrible pesadilla, tal vez producto de la situación de shock experimentada hacía semanas, mi mente me había jugado aquella mala broma.

Tal vez jamás había recorrido la ciudad a ciegas después de todo.

Tal vez simplemente me había dormido y ahora había despertado, descansado y reparado, gozaba ahora tal vez de aquello llamado resignación.

Tal vez la angustiante pesadilla tan vívidamente experimentada me había conducido a la redención de mis culpas, al perdón y al definitivo estoicismo para sobrellevar la amargura que me había consumido, a tal punto de perder los límites entre la ficción y la realidad.

Dejé de cavilar al respecto. No quería preocuparme más del asunto. Deseaba apenas disfrutar de la sensación de paz rebosando en mi interior. Tomé un largo baño. Disfruté la sensación tibia del agua recorriéndome. Lavé mis cabellos, mis palmas, mi nuca, regocijándome al no encontrar marca alguna en ellos del terror vivido en mi sueño. Me afeité observando mi imagen en el cristal con excesiva alegría, hundiéndome con avidez en su expresión de esperanza. Luego, salí a la calle a transitar entre la gente.

El mundo se movía con lentitud a mi paso y los transeúntes me parecían sosos, lejanos. Durante largas horas vague entré ellos sin que nada me llamara la atención. Por la tarde, recorrí el camino de regreso a casa, en circunstancias abismalmente diferentes a las de mi sueño, sumido en la belleza de un crepúsculo sin precedentes. Atravesé la estación abandonada sin sentirme fugitivo de mí mismo. Salí de ella por la reja de en frente y atravesé los callejones hasta llegar a la enorme catedral.

La noche era incluso más cálida que la anterior y la luna se elevó con rapidez sobre los hombros del mundo. Que gratificantes me parecieron sus rallos.

Un hombre pasó a mi lado en dirección a las enormes puertas de la catedral. Lo observé con detención. La noche le daba justo sobre la espalda diseñando intricados diseños en su abrigo de tonos claros. Intentaba abrir las puertas del edificio sin éxito. Se volvió hacia mí, imaginé que deseaba preguntarme algo respecto a los horarios en que se abrían las puertas para el ingreso de los feligreses a los servicios religiosos.

Cuando nuestras miradas se encontraron, supe que algo había cambiado.

Una sensación agobiante me estremeció al hacer contacto con la inocencia de su mirada.

Algo se agitaba entre nosotros, una presencia que era maligna y destructora, la noción más clara de lo que era el mal. Maldad pura, vil y cruel en su más puro estado, retorciéndose entre nosotros con una fuerza arrolladora e imparable. No conseguía visualizar manifestación alguna de lo que se estremecía separándonos, pero sabía que entre aquel hombre y yo se desplegaba el espectro mismo de todos los avernos.

Al ver mi rostro aterido por pánico y la confusión, el hombre se apartó dándome la espalda. Se acercó a los portalones, conmocionado, buscando alguna campanilla o aldaba con que llamar para ingresar al interior del edificio.

Probablemente también presentía la maligna forma tomando cuerpo en aquel lugar, o quizá solamente le había bastado mi expresión descontrolada para querer alejarse lo más posible.

La presencia tomaba cada vez mas fuerza, podía sentir como iba creciendo, como iba llenándose de todos los corrosivos elementos del mal. Tomaba forma supurando malos deseos, deleznables intenciones, anhelante de violencia, sedienta de pánico.

Quise avanzar, alcanzar al individuo para advertirle que se alejara, quise protegerlo de alguna forma, apartándolo de aquel ente informe que destilaba maldad vibrando en el aire. Desencajado y lleno de angustia, me abalancé sobre él en una fracción de segundos apenas perceptible.

Apoyé mis palmas sobre sus hombros centrando la presión en el cuello para obligarlo a volverse a mí y poder advertirle y el hombre chilló al sentir el contacto de mi piel sobre sus ropas.

Solté un bufido de asombro. De mis manos brotaban diminutos tentáculos negros, viscosos y palpitantes. Un leve cosquilleo de dolor hormigueó centelleando en mis palmas, mientras los tentáculos negros se iban adhiriendo a las ropas y las carnes del sujeto, arrancándole alaridos de dolor.

Sentí con claridad cuando nuestra piel se fue fusionando en una sola, cuando la carne de mis manos comenzó a formar parte de la carne de sus hombros. Cuando nuestros tejidos fueron acoplándose, fundiéndose, como un par de hierros templados al rojo vivo. Me sentí paralizado, atrapado en el sonido de mi carne uniéndose a la suya.

Horrorizado, observé mis venas transformadas en tentáculos negros, en lianas glutinosas continuar con la succión. El sonido de los sorbos me mantenía anestesiado. Mis venas tenían vida propia moviéndose azuladas, como anguilas danzando en la profundidad recóndita de un océano. Danzaban y succionaban, drenando la sangre del sujeto, traspasándola a mi cuerpo.

La maldad estaba habitándome. Se removió en mi interior tomando posesión de cada rincón en mi cuerpo, en mis pensamientos, dominando mis movimientos, poseyendo mi voluntad, anulándome por completo.

Comenzó a succionar emitiendo gorjeos de deleite que erizaron los vellos de mi piel sustituyendo el pánico, el horror y el asombro por placer. Aquel ente maligno estaba sometiéndome a sus deseos, excitando a través de mi carne todas las cuerdas de sus retorcidos anhelos, traspasando su macabro goce a mi cuerpo.

No podía evitar sentir como un infinito placer iba haciendo estallar todas las fibras erotizadas de mi cuerpo. No podía, no quería reprimir ese sentimiento poderoso. Placer y hegemonía, dominio, poder. La maldad gozó a través de mi cuerpo succionando con ruidosos sorbos. Y no se detuvo hasta que hubo vaciado por completo el cuerpo de su víctima hasta dejarlo descuajado, reseco, pergaminoso, hasta convertirlo en un papel arrugado enmohecido por el tiempo, adherido a mis palmas.

Retiré las palmas desprendiéndolas con dificultad del quebrajado guiñapo de hombre al que acababa de drenar, asombrado por el pegajoso sonido que emitieron al separarse de la piel del sujeto.

Mis palmas estaban impregnadas de su espesa sangre. Jirones de piel y tela se extendían entremezclados a la propia dermis de mis manos. Mis venas iban ralentizando sus movimientos serpenteantes en un vaivén aletargado, cadencioso, tan tenue como un arrullo. Apenas un gorgoteo débil resonaba ya de aquel infame sonido de succión, lanzando estertores de placer entre mis piernas.

La víctima del ente yacía en el suelo, seco como una cascara de nuez vacía. Pasé sobre él obviando su presencia, como un niño que deja abandonado aquel juguete que hace poco le importaba cuando encuentra uno nuevo, perdido en la fascínate observación de los restos de su carne adherida a mis palmas, disfrutando de una forma inhumana, lamiendo los restos de sangre, mordisqueando los jirones de piel, sorbiendo los restos coagulados impregnados en los retazos de tela.

La luna menguante me guiñaba un ojo desde las alturas, enseñoreándose de la noche y sus criaturas. La cuidad teñida de oscuridad me parecía ahora un hábitat perfecto, por el cual moverme sin temor, liberado de toda culpa, absuelto por algún extraño y maléfico poderío.

Me relamí degustando los restos del festín en las comisuras de mis labios. Más. Necesitaba más, ya jamás podría volver a vivir sin aquel sentimiento de placer y de poder. Necesitaba otra víctima; debía buscarla con premura.

Al pasar por la fachada de casa, por un instante efímero y sutil, me pregunté si realmente todo esto era cierto, si realmente, estaba pasando o si volvía a moverme en el umbral de la fantasía de mis noches febriles.

Me respondí que no, que no podía ser un sueño. El placer, los sabores, eran demasiado verdaderos, me conectaban a la realidad, debían ser ciertos. No podían ser obra de ilusión alguna.

Debía mantenerme aferrado a esa certeza. Caminaría sin descanso, sin comer, ni beber, ni dormir. Dispuesto a recorrer la ciudad de palmo a palmo, sin caer en aquellas distracciones. Sin darle al descanso, la alimentación y la hidratación oportunidad alguna de alejarme de aquella sensación poderosa de invencibilidad e impunidad.

No, nada debía demostrarme que vagaba en un sueño si ése era el caso. Jamás lo permitiría.

Dispuesto a ello, continúe vagando por la ciudad y una creciente angustia comenzó a perfilarse en mi interior mientras buscaba, aunque ya no sabía del todo lo que buscaba.

Vagaba.

Buscaba.

Sin comer. Buscaba. Sin dormir. Buscaba. Sin beber. Buscaba, daba igual que cosa.

Daba igual el por qué. Me movía más lento de lo acostumbrado. Daba igual la hora, el barrio en que me encontraba.