"Suvia, la inasaciable", Veneno Mandujano

02.09.2013 11:44

Abrí la puerta de la habitación abandonada, las cortinas del castillo aún estaban manchadas con su sangre, la sangre de una reina.

Aquel era un pueblo miserable, abandonado al hambre y devastado desde hacía tanto por una interminable sequía, que la gente se preguntaba si al cielo se le había olvidado como llover, ese pueblo rogaba por una esperanza y Suvia se la dio.

Aquella vez la noche se alargó tres días completos, el viento dejó de soplar, como si intentara parar el tiempo, detener lo inevitable, la helada tranquilidad agrietaba el alma y cuando al fin el sol logró salir ahí estaba ella, o eso dice la leyenda, le llamaron Suvia; sus ojos eran tan rojos como el fuego del Baratro, a pesar de ello el pueblo la aceptó.

Suvia no era humana, y por más que lo intentaba, sus alimentos no podían saciar su hambre, todos los días tenía que apretarse el estómago, ¿Por qué el dolor en su estómago no la dejaba en paz? Pronto descubrió que lo único que podía calmarla era la carne humana, No hubo una etapa de negación hacia su naturaleza, la aceptó y la aplicó a su día a día, nunca hubo una lucha moral ni un juicio, no se sintió culpable una sola vez por sus actos ni intentó reprimirse, vivió cada momento entregada a su naturaleza, lo cual era su mayor diferencia de nosotros los humanos, que sabemos cuándo parar.

A pesar de no entender completamente su papel como depredador, llegó a la conclusión de que esa clase de instintos únicos, personales, solo podían pertenecer a alguien destinada a ser especial, mostró un gran talento y perspicacia, sus ideas eran tan ingeniosas que a los 12 años logró duplicar la producción de arroz con su método de riego a dos tiempos, de esa manera el mísero pueblo logró calmar su hambre, y al mismo tiempo, la de Suvia.

Suvia llegó a los 20 años, se murmuraba a sus espaldas y las madres reprendían a sus hijos cuando le miraban, a pesar de que era gracias a ella que esos mismos hijos no hubieran muerto de hambre o frio hacía mucho tiempo, junto con Suvia se desarrolló una belleza única, algo diferente, algo realmente seductor, que atraía a la gente a pesar de los rumores, ni siquiera la sombra de la muerte despojaba de su encanto a la doncella de ojos llameantes.

Por otro lado sus inventos, como la decantación del suero de maíz para producir fuego menos toxico en el invierno, trajeron al pueblo mucha fama, a los 45 años, comenzaba a ser una obviedad que Suvia no envejecería, su piel tersa y pálida, sus ojos de fuego y su rizada cabellera rubia seguían como en la veintena, lo cual la extasiaba.

Un día un visitante inesperado llegó a la ahora gran ciudad, el príncipe Faucet, heredero de la metrópoli central había llegado a conocer a Suvia, la hija prodiga del reino, aunque por lo bajo se decía que venía con la intención de deshacerse de ella y aplacar rumores desagradables, ya que la creciente importancia de la provincia comenzaba a opacar ya a la metrópoli, aquello jamás sucedió.

Desde el instante en el que el príncipe conoció a Suvia sintió por ella una devoción tan insensata que nunca volvió a ser el mismo, y aunque el primer y más recurrente pensamiento de Suvia durante los siguientes años fue “¿Cuál será el sabor de un príncipe?” tomó la madura decisión de no devorarlo.

Después de la boda, subió al trono y fue conocida como la reina de los ojos llameantes, Pero pasaron unos cuantos años, y el único momento en el que comenzaba a prestarle atención a su entorno, era cuando su estómago estaba satisfecho, estos periodos de tiempo fueron haciéndose cada vez menores, hasta el punto de llamarlos momentos de lucidez, fue entonces cuando nació su hija.

Suvia dio a luz a una niña y de modo irónico decidió llamarla “Justicia”, nació cuando el reino de su madre estaba cayéndose a pedazos, cuando la ambición de Suvia no pudo seguirle el paso a su naturaleza, o quizás al revés, poco a poco los ciudades fueron abandonadas, las rebeliones contra Suvia comenzaron y las masacres hicieron que algunos pueblos no llegaran a figurar más que como pueblos fantasmas.

En la mesita de noche que está al lado de la cama hay una carta cubierta por el polvo, la abrí, ¿De quién será?

- No estoy segura de sí mi madre, Suvia, jamás pensó en comerme, quizás un día me cargó y me miró pensando “¿A que sabrá mi hija? ¿Sabrá cómo yo? ¿Pero cuál es mi sabor?” Aunque tal vez nunca fue así, quizás ese instinto que nunca pudo controlar también la inclinaba a preservarme, incluso a amarme, era muy pequeña, aquel inolvidable día, supe que mi madre había matado a mi padre, a pesar de nunca decírmelo, parece que al final no pudo soportar la tentación, a partir de ese día odié a mi madre y juré vivir para nunca ser como ella, no me preguntó si había heredado su “instinto”, vivimos separadas aunque juntas, ella ni siquiera pretendió explicarme el porqué de su naturaleza y se mostraba indiferente ante ella, no podía soportar mirarla y encontrar en mí tanto de ella, sus ojos eran mis ojos, después de la muerte de mi padre un gran número de caballeros y mercenarios invadió el castillo buscando dar muerte a mi madre, sus espadas de hierro se rompían al golpear la piel de mi madre, sus armaduras se doblaban como el papel entre sus manos y las convertía en sacos de carne sangrante, cuando eso sucedía no los devoraba, no le gustaba el sabor del metal.

Al final fui yo, quien asesinó a mi madre, sí, mi nombre es Justicia, soy la heredera de este reino fantasma, Justicia la matricida, quien devoró a su madre y con ella todos sus pecados, ¿Tienes el valor de juzgarme por eso?