"Sungos"

21.07.2014 11:43

Ella sería la primera en probar su carne.  Su hilera de dientes perfectamente alineados se acondiciona a esa piel dura y crujiente, que le produce la sensación de estar mordiendo los labios partidos de su amante. Su lengua roza sus labios carnosos y voluptuosos en una escena que no dejaría de repetir cada vez que desprende con una voracidad carnívora, la carne del cuy aun humeante.  Rápidamente abandonaría su elegancia para convertirse en una máquina de dientes que no cesa de morder y gemir. A Mario, un ingeniero de sistemas, quien hace de anfitrión obligado de esta comida, le parece extraño observar a Milady alelada con el cadáver exquisito del roedor; no obstante existe una satisfacción, un pacto sacro de aquéllos que se sientan a la misma mesa y no deben revelar lo que sucede en este espacio rectangular donde el hombre se deja llevar por el instinto cazador y la mujer devela su apetito incontrolable por lo carnoso, lo recién muerto, por lo exótico.

 

Mayerli, la segunda mujer del cuarteto, prefiere reprimir sus expresiones y simplemente ajustar sus piernas como si esta carne la enfrentara a un estado de excitación tan delicioso, que prefiere soltar gotas en sus panties, buscando serenar su calor interno.  No cesan los chistes verdes. Entienden las mujeres que hablar de la sexualidad femenina y masculina hace parte del ritual de despedazamiento del animal asado.  Álvaro, el cuarto comensal, se sentiría bien al convertirse en el narrador constante de la historia local, aunque Mario entendería que su exageración pervierte la esencia misma de la cena.  En fin, el chapil, un licor parecido al aguardiente pero de una destilación más sencilla ha convertido a estos personajes en máscaras carnavalescas. 

— Nostalgia significa regreso — repite con insistencia Mario, para justificar la invitación a comer cuy en Catambuco, un pequeño pueblo a las afueras de la Capital. 

 

Mayerli tiene un pedazo de piel en la comisura de sus labios.  Mario se la quita con la dulzura romántica de quien busca una respuesta a su galantería.  Se escucha un silbidito, una réplica a la convulsión sísmica que empieza a convertirse la mesa, la comida, las miradas.

— El cuy es alimento de dioses incaicos, y la única manera por la cual Pizarro contuvo la masacre del imperio. No fue el oro, fueron las orejitas tostadas de este animal que cautivaron a este corolario de terror — diría Álvaro, en una inspirada oratoria que parecía el producto del licor y la carne.

 

— Ese pueblo Inca tuvo que ser muy fértil — contestaría Mayerli, con un tono pícaro que solo una mujer logra imprimir a la voz.

 

— Nosotros los quillacingas, somos originarios de ellos, al menos eso presiento en este instante — replica Álvaro, pues gusta cerrar las conversaciones con una sentencia contundente.

 

 Al menos, sería la justificación para que los sungos, las vísceras del cuy, se sirviesen después y no antes como se acostumbra.  Las mujeres verían con asombro la desvisceración del animal convertida en un plato más de la mesa.

— Los sungos se les da a los niños asustadizos y llorones para que se vuelvan más varoncitos — dice Álvaro, que parece el guía prosaico sobre las costumbres locales.   

 

Habría un cruce de miradas, una intensión pervertida por la comida, las parejas que vinieron por convenio, por noviazgo, se desvanecen pues Álvaro vería contundentemente a Milady, y ella le daría gusto a esa vulgaridad pues le parece una manera incontenible de ver su apetito voraz convertido en hombre.  Mayerli entendería lo de los sungos, y sentiría la mano de Mario en sus piernas jugando a una batalla con sus medias elegantes.  Ella extendería las piernas para que el juego manual de su amigo sea más próspero.  Ha entrado una gran humareda, y eso sería el pretexto para que cualquier movimiento no sea sospechoso.  Ya la mano de Mario encontraría refugio en la entrepierna de Mayerli, cuyo rincón húmedo y caluroso esperaría pacientemente la llegada de la curiosa araña para enjaularla en las mieles de su sexo.  Solo sería un roce sencillo y amoroso, y los sungos se morderían más acompasados y gustosos, buscando la hiel perdida en los hígados de los cuyes. Mientras las miradas de Álvaro y Milady permiten un código secreto y unos guiños especiales, la boca carnosa y con los pedazos de piel del cuy incrustados en los dientes expuestos de Milady sería una escena que Álvaro vería como el cierre perfecto de una comida excitante.  Se arrojaría sobre ella, la otra pareja haría un intento por detener al enloquecido amante, pero simplemente ese gesto sería una cortesía pues las medias de Mayerli están arrancadas, como si una grey de cuyes hubiesen corrido pavorosamente por sus piernas. 

 

No se sabe quién cerró la puerta ni cuándo sucedió esta escena de exposición de deseos se hiciese posible, lo necesario para ver con cierta naturalidad dos masas de carnes fusionadas en los rincones opuestos del lugar.  Una de las mujeres seguiría mascando con gusto los sungos de cuy mientras su grasa es lamida por su amante con cierta ferocidad, pues el tímido dejaba de serlo, y la bestialidad incaica sería el impulso para este escenario de sudor y fetidez.  No importa si uno de los hombres limpiase la grasa en los senos blancos de una de las mujeres, mientras la inoportuna luz lunar se entremezcla con las pieles encendidas de los amantes.

 

— La cuenta patroncito — Diría una voz, con una timidez sospechosa, al otro lado de la puerta.

 — Y que hagan el favorcito de bajar el volumen — ordenaría el personaje, con ese imperativo de ruego, ese tono de voz melindroso muy típico de esos lares, cuando alguien quiere que algo se acabe en el acto.

 

 Mario supondría el fin de la comida. Con un ademán bastante ridículo, invitaría a los demás a acabar los restos del festín. — Estoy llenita, como dicen sus mujeres — diría Mayerli, y sería una eficaz oración de cierre de esta invitación.

 

Se ve entonces un automóvil cruzando la avenida Sur, alejándose de Catambuco. Se contemplaría con tentación la serie de moteles que se escudan en la umbrosa noche, pero el efecto habría pasado, y las parejas volverían a su orden habitual, Álvaro y Mayerli en la parte trasera del automóvil enajenados mirando con cierta tristeza las sombras que pasan lado a lado de la carretera.  Mario estaría concentrado mirando la carretera mientras sonríe tímidamente a su novia, Milady haría lo mismo mientras sigue intentando arreglarse para volver a su original figura, de mujer ejecutiva que conserva sus desavenencias  bien guardadas.

 

Pero el efecto de la enajenación es difícil de superar, más si se acompaña de la carne del cuy. En el hotel, en la calma de la noche, una de las mujeres sacaría la bolsa de papel con muchos sungos que había guardado en su cartera.  Mordería suavemente, tratando en lo posible que su sonido y sus gemidos sonasen levemente perceptibles para su compañera, la cual no dudaría un instante para pasarse a su cama y seguir disfrutando de esas piezas de hediondez y voluptuosidad. Alguna de ellas esperaría pacientemente que la otra entendiese el ofrecimiento de la carne mientras jugase con su piel engrasada con la premeditación de la cazadora que no le importa ser cazada.