"Sí, está aquí" F. Raven

04.10.2013 11:35

Recuerdo, ante todo, su esfuerzo por cautivarme en aquellos ojos acuosos y honestos. Debo admitir que no me contuve demasiado: sencillamente decidí oír su relato y ayudarlo sin honorarios de por medio, como me lo pidió.

La mayor parte de mis clientes se van rebalsados de felicidad, con lágrimas de consuelo y una de mis tarjetas personales en el bolsillo. Recurren intentando cerrar muertes prematuras, deseando poder decir a sus padres lo que no dijeron en vida, o simplemente para conversar un momento con sus entrañables abuelos fallecidos. Todo ello a través mío. Y cuando aquel hombre se sentó ante mí, pude notar que no era tristeza lo que sentía.

Me miró insistentemente con sus ojos grises y puso sobre el escritorio su gran puño cerrado. Luego me preguntó con cautela si podía realmente contactarme con… seres no vivos, para lo que asentí. Fue allí cuando me develó el recorte de papel en su mano.

“Agnan está aquí.”, rezaba escrito en tinta.

Levanté la vista y vi al hombre temblar frenéticamente, a punto de estallar en llanto. Con el rabillo del ojo me percaté de que la sala se estaba eclipsando, como si alguien se estuviera por presentar. Pronto todo desapareció, dejándonos solos en aquel horrible vacío azabache.

Aún puedo oír su voz preguntándome si lo estaba viendo, tras su hombro, una y otra vez, pero no pude contestar.

Dos ojos saltones y una boca dentada de colmillos sobresalieron a sus espaldas. Me miraban con sorna y se sonreía ampliamente, paseando una lengua bifurcada y podrida de lado a lado.


“Alguien te está acechando.” salió disparado de mi boca, sin pensarlo. Pero él ya no estaba en la sala, y la oscuridad se había ido con él.

Al marcharse, durante mi contacto con aquella cosa, dejó la puerta abierta y olvidó el papel sobre mi escritorio. No hubo lágrimas de consuelo ni tarjetas personales. Ningún suicida se disculpó, ningún hijo dijo cuanto amaba a su madre. Sólo me quedó esa nota críptica y una extraña sensación recorriéndome en la espalda, como si un dedo puntiagudo me acariciara la nuca, o una voz tímida me susurrara horribles palabras al oído.

Me pregunto cada noche justo antes de dormir, querido lector, si la próxima vez que mire en un espejo, aquella presencia estará detrás de mí, junto a cada uno de nosotros, quizás completa y a punto de devorarnos.