"Sentimientos de madera", Elyn

10.12.2013 15:00

Aquella noche fue calurosa, el viento apenas soplaba y las nubes dejaron a los humanos apreciar la luna llena. Pero ella no era humana, y como ser sin corazón y carente de sentimientos, no debía tener una vida, se la habían robado junto a una anhelada libertad. Cada día lloraba su pena entre las demás marionetas, que ignoraban sus lloros, pues ellas eran las protagonistas de la función, y no podían mezclarse con títeres de tan baja calidad como lo era aquella pálida muñeca de ojos negros.

 

Con el pasar de los días se sentía más y más desgraciada, y su único deseo era que llegara el día en el que su amo, un rico señor que había heredado el trabajo de su padre, muriera para que su vida teatral se consumara junto a la de él, pues no tenía hijos y ella quedaría libre.

 

Un reloj de madera, que tic-taqueaba con retraso, marcó las doce menos cuarto de la noche, y el dueño de todas aquellas marionetas entró para comenzar la función. Tomó a los seis títeres de siempre entre sus manos, con un ausente cariño y un deseo extremo de ambición.

Una hora y media después entraba de nuevo para dejarlas descansar allí, colgadas cada una de una vieja y oxidada alcayata.

Pero la mañana siguiente algo cambió en la rutina de la desdichada marioneta. Y es que Germán, el dueño, trajo consigo una caja, apenas un poco más grande que la estatura de ella. Abrió uno de sus laterales de cartón y, con un cuidado que jamás había visto presente en él, sacó una nueva marioneta que se encontraba en mejor estado que Lasla, la pintura de la gran sonrisa que tenía dibujada se notaba como en ninguna otra marioneta. La dejó reposar al lado de ella y marchó entonces el dueño de allí, cerrando la puerta tras de sí y dejándolos sumidos en la más absoluta oscuridad.

La muñeca de madera perdió su vista entre la penumbra, instantes antes de que el recién llegado títere cerrara sus ojos verdes, envueltos de maquillaje, para introducirse en un sueño donde todas las ilusiones se cumplen.

 

Como cada noche Germán tomó entre sus manos a las seis marionetas, pero esta vez, añadió al recién llegado títere, Adriel, al grupo. Le dedicó un turno especial antes de la actuación de las otras marionetas, una actuación en la que Lasla quedó totalmente perpleja con él.

El muñeco, ataviado con un traje del color del sol en su caída, deleitó a todos con su espectáculo: convertirse en escorpión ante los asombrados ojos de los espectadores.

Cuando llegaron las dos de la mañana las marionetas fueron devueltas a la oscuridad y soledad de aquel cuartucho. La muñeca de madera miraba atenta a Adriel, en cada gesto que él hacía más ansiaba Lasla hablarle, pero su timidez extrema hizo que careciera de la fuerza de poder hacerlo.

Así pasaba las madrugadas la marioneta, mirándolo deseosa, enamorándose de él en cada instante que pasaba. Hasta que Adriel habló, le habló de lo distinto que era aquello de su antiguo teatro. Excusa tan sólo para que ella le dirigiera alguna palabra, pero Lasla tan sólo afirmaba en su eterno silencio.

 

Los susurros del viento cuentan que pasaron así días enteros, hasta que Lasla encontró la fuerza suficiente para declararse y, cuando esto pasó, él sonrió en la penumbra del cuarto y susurró algo envuelto en silencio: Vine a verte, Lasla, venía a verte noche tras noche, hasta que un día me harté de no ser nadie en tu vida. Acudí a Serlenze, vieja bruja, que no sabe lo que hace. Le pedí un cuerpo de manera, quería ser el ser que te conquistara, quería que fueras mía, y ella, en sus delirios, me concedió mis deseos por tan sólo unas monedas de oro. Fue la misma Serlenze quien informó a tu amo de la existencia de una marioneta que poseía el don de convertirse en escorpión, y tantas fueron sus ansias por tenerme en sus espectáculos que pagó con tantas monedas que no cabrían ni en este cuarto, Lasla.

 

Dicen que ambas marionetas se soltaron de sus hilos gracias a las pinzas del escorpión, y huyeron del Gran Teatro. De esto, hace ya dos meses y no se ha vuelto a saber de ellas, pero sí del que era su dueño pues cayó en una terrible enfermedad fruto de la última maldición de Serlenze, que al darse cuenta de las falsas monedas con las que Germán le había pagado, quiso vengarse sin dejarle apenas una sola salida para salir de aquel infierno de agonías...