"Ruleta", Licenciado Rodríguez

11.10.2013 20:27

Tres días sin sombra en este maldito desierto. Los cambios en la morfología de las dunas hacen desesperantes los intentos de orientación. Afortunadamente el GPS funciona señalando inequívocamente las coordenadas del oasis. Las cantimploras están casi vacías, el agua caldorra no solo no me quita la sed sino que parece acentuarla por lo ávidas de líquido que tengo las tripas. La deshidratación es un hecho y no sé hasta que punto podré resistirla. La distancia al oasis es de tan solo cinco kilómetros, pero en estas condiciones puede suponer dos horas de interminable y agónica caminata. Un poco de compañía me vendría bien, pero sería mejor una sombra y agua fresca. Estoy a punto de llegar al oasis de palmeras que figura en el plano.

Cómo corre el tiempo… juraría que detrás de esa duna he visto un extraño reflejo. Efectivamente, no hay duda de que hay algo, según me acerco se vuelve más nítida la imagen. Sí, es el oasis de palmeras. Me lo imaginaba más pequeño y con un pozo o charca en el medio, y en su lugar me encuentro un enorme palmeral rodeando a un gran edificio con una fastuosa puerta de entrada en la que reza el cartel “Casino Oasis”. A la puerta de mismo, dos fastuosas fuentes derrochan líquido elemento y en su gran superficie cubierta de nenúfares floridos campan a sus anchas anátidas de todos los colores. Tal es la sorpresa que por un momento me olvido de la atroz sed que me carcome y con gran asombro paso al interior sembrado de luces multicolores y de los sonidos adictivos de multitud de máquinas tragaperras.

La fastuosa sala central es de planta redonda y su techo, entre espejos y luces, da la impresión de elevarse hasta el infinito, en una cosmogonía lumínica alucinante. El centro de la sala está dominado por una gran ruleta que preside una enorme mesa de apuestas. Los jugadores rodean la mesa pero no tienen fichas para apostar, delante de ellos hay una fastuosa vajilla en la que cada uno tiene sus platos de porcelana de Sevres, su cristalería y su cubertería de plata.

Todos están expectantes y me tienen un lugar reservado en la presidencia de la mesa. “Faites vous jeux“ dice el croupier y los animados jugadores realizan las apuestas con gran entusiasmo. No hay fichas. No hay dinero. Las apuestas son de los más variopinto: un trozo de intestino, un riñón, un lóbulo tiroideo, un ojo, una pierna… incluso los más osados se atreven con un trozo de cerebro…

Algo me dice que hoy es mi día de suerte y me apuesto el hígado… rien ne va plus, es la voz del croupier para rematar la apuestas. La ruleta gira. La bola ya está rodando. La emoción se masca en el ambiente, “alea jacta est”. El tiempo por un instante parece detenerse y a cámara lenta vemos como la bola fatídica se para en el “24 negro, par y pasa” ¡mierda no me ha tocado por un número!. Casi toda la mesa se alegra… menos los afortunados ganadores. Sí, se trata de una ruleta inversa. Los ganadores ceden sus apuestas para el menú, ahora sus apuestas se retiran de la mesa y se distribuyen entre los presentes en razón al riesgo de la apuesta realizada. A mí me toca un buen trozo de cerebro regado con un “tinto/roble” de primera calidad. Otros menos arriesgados se tienen que conformar con media ración de intestino.

El vino “sangre de toro” resultó ser de sangre de los perdedores que mostraban una tez pálida por la anemia y una expresión triste por la decepción y envidia de los que estábamos disfrutando de la apuesta a dos carrillos. Risas y bromas acompañaban al ágape.

Terminado el primer plato comenzaron las apuestas del segundo. Los jugadores animados apostamos con alegría. Yo insistí con mi “pleno al hígado” en el número 25. La ruleta giró y disfrutamos de un segundo plato a la salud del “17 negro, impar y falta”. Esta vez disfruté de un solomillo en salsa de bilis que estuvo francamente delicioso.

Las apuestas se suceden y los platos y bebidas incesantes no parecen saciar a los presentes, mas al contrario, cada vez teníamos más apetito y ganas de apostar. Algunos se estaban quedando sin apuestas y eran obligados al “pleno con el resto” y si perdían eran sustituidos por nuevos comensales.

“25 rojo impar y pasa”… alguna vez tenía que tocarme… solo espero que estos zampabollos sepan apreciar este hígado cirrótico que tantos años de alcoholismo me ha costado… seguro que está delicioso ¡lástima que no me lo dejen catar!.

La próxima vez me apuesto las hemorroides ¡a ver quién es el listo que las saborea!