"Resurrección", Orquídea

26.09.2013 11:26

 

 

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Nota de L. doyrens:

este relato participaba en DoyrensMic I, pero hablé con la autora y le dije que el concurso más adecuado para el mismo era "Estoy contigo".

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Al despertar de años de ausencia comprobé que pude revitalizar los sentidos. Desde la ventana oí el sonido de las aguas del riachuelo, el sinfónico concierto de las aves, el brotar de la hierba cuando crece, las salpicaduras del rocío al patinar sobre los pétalos de las flores. Aspiré el aroma pacífico de la tierra húmeda. Volvieron las imágenes surrealistas y el dominio de la brisa en las invernales tardes; donde hoy los recuerdos dieron la señal de la ignota existencia. En los pretéritos crepúsculos, sin embargo, el paisaje en derredor adquiría matices completamente irreales. Desde el balcón de la cabaña una sombra acechaba y luego se expandía por toda la dimensión del portal hasta penetrar al pórtico. Antes de abandonar la estancia sentí ser expulsada de mi irrealidad. De a poco también fue despertando de forma activada mi naturaleza inerte. Me dejé conducir e ir siendo vapuleada por aquel ímpetu insaciable de ir tras algo. Para llegar a los acantilados, bordee la carretera zigzagueante hasta sobrepasar los límites del llano aunque me sentía flotar. Era conducida por una fuerza irreal. Olfatee y me detuve. Para asombro una figura hermosamente varonil delante del afluente de luz extendió sus brazos en forma de apéndices que ejercían un dominio inexplicable sobre mi voluntad. Emanaba un olor a azufre que me fascinó. Sentí vergüenza al verme desnuda y al contemplarlo en idénticas condiciones, pero no se trató de una vergüenza común, sino sensual. Era una timidez transformada en exigencia. Era un desgarro vital. De repente mis músculos emergieron de la quietud y se tornaron anhelantes, resistibles. Algo estalló dentro de mi pecho y mi vientre y un fluido denso corrió por mis muslos dejándome exhausta, engullida de placer y fluidos. Durante el éxtasis tumbados sobre la hierba lo observé transformarse en un ser gris y enorme que dejaba detrás la figura adónica que me devolvió de las tinieblas y con toda su fuerza me arrojó por el acantilado.