"Resurrección", Aitana

05.09.2013 16:35

Al despertar de años de ausencia comprobé que pude revitalizar los sentidos. Desde la ventana oí el sonido de las aguas del riachuelo, el sinfónico concierto de las aves, el brotar de la hierba cuando crece, las salpicaduras del rocío al patinar sobre los pétalos de las flores. Aspiré el aroma pacífico de la tierra húmeda. Volvieron las imágenes surrealistas y el dominio de la brisa en las invernales tardes; donde hoy los recuerdos dieron la señal de la ignota existencia. En los pretéritos crepúsculos, sin embargo, el paisaje en derredor adquiría matices completamente irreales. Desde el balcón de la cabaña una sombra acechaba y luego se expandía por toda la dimensión del portal hasta penetrar al pórtico. Antes de abandonar la estancia sentí ser expulsada de mi irrealidad. De a poco también fue despertando de forma activada mi naturaleza inerte. Me dejé conducir e ir siendo vapuleada por aquel ímpetu insaciable de ir tras algo. Para llegar a los acandilados, bordee la carretera zigzagueante hasta sobrepasar los límites del llano aunque me sentía flotar. Era conducida por una fuerza irreal. Olfatee y me detuve. Para asombro una figura hermosamente varonil delante del afluente de luz extendió sus brazos en forma de apéndices que ejercían un dominio inexplicable sobre mi voluntad. Emanaba un olor a azufre que me fascinó. Sentí vergüenza al verme desnuda y al contemplarlo en idénticas condiciones, pero no se trató de una vergüenza común, sino sensual. Era una timidez transformada en exigencia. Era un desgarro vital. De repente mis músculos emergieron de la quietud y se tornaron anhelantes, resistibles. Algo estalló dentro de mi pecho y mi vientre y un fluido denso corrió por mis muslos dejándome exhausta, engullida de placer y fluidos. Durante el éxtasis tumbados sobre la hierba lo observé transformarse en un ser gris y enorme que dejaba detrás la figura adónica que me devolvió de las tinieblas y con toda su fuerza me arrojó por el acandilado.

EL SUEÑO DEL PEZ

Raúl San Miguel

 

Afuera la noche es profunda y densa. No puede saberse con exactitud donde termina el agua y comienza el aire; ni siquiera advertirse el frágil y delgado límite entre lo tangible y lo etéreo sino fuera por el susurro que, bajo el bote, denuncia el parloteo silencioso de los habitantes subacuáticos al saber que el hombre de la chalupa ha regresado. Primero escucharon el desacoplado corazón del antiguo motor de dos caballos de fuerza que le empujaba, cada atardecer, hasta el lugar donde esperaba la media vuelta redonda del Sol. Pero, en ese momento, según sus cálculos, el astro rey estaba exactamente sobre China; mientras él lanzaba la diminuta áncora y esperaba que el cabo se tensara lo suficiente para fijar el bote como si fuese un papalote sostenido por las rocas en el fondo. Encendió su pipa y humedeció sus labios con una mezcla de ron y café. Luego ensartó un pedazo de la carnada y dejó caer el cordel entre sus dedos exageradamente ásperos y redondos. Entonces llegó el Pez. Tenía un aspecto diferente al de sus congéneres. Más bien parecía un perro de mediano tamaño. Se arrastró, apoyado en sus aletas-patas, hasta colocarse justo debajo de la chalupa. Por supuesto, el hombre sabía, había escuchado, pero no conocía al Pez. Los pescadores no conocen a sus víctimas, solo la imaginan (antes de matarlas), de acuerdo con la astucia mostrada por las bestias submarinas, durante los duelos para arrancar el alimento “ofrecido” a cambio de servirlas como alimento en la mesa. Sin embargo, los peces si conocen a sus victimarios. Muchas veces los convierten en sus víctimas y los esperan. Incluso, tienen la ventaja de poderlos mirar y escuchar, cuando los hombres preparan la estrategia de captura. Por supuesto, si el desafío es a la antigua: hombre-anzuelo-pez, el resultado puede ser: pez-cado o al revés: pez-anzuelo-hombre. En otras, la consecuencia puede ser fatal.  No es el caso del Pez bajo el bote, porque también estos animales duermen y sueñan.

Justo cuando el pescador lanzó el cordel, armado de carnada y anzuelo, el último pez había cenado. El resto permanecía en el refugio de los abanicos de mar, entre los corales y los arrecifes, envueltos por el letargo de la nocturna modorra. Soñaban que podrían tirar un cordel hacia tierra firme y pescar a cualquiera de los seres humanos que se acercaban a la orilla con el mismo propósito. Así que el pescador permaneció absorto en el parpadeo de las olas porque también esperaba. En realidad no le interesaba capturar  a ninguno de los peces que sabía le miraban desde el agua. Sintió el deseo de correr sobre la arena, como lo hacía cuando era chico y soñaba que podía convertirse en un pez y encontrar la sirena hermosa que ilustraba el libro de cuentos regalado por el abuelo y convertida en una obsesión después que la vio en un sueño: caminaba como suelen hacerlo las musas, despacio para no ser vistas. Sonreía y el pescador comprendió que era la oportunidad de poseerla. El Pez se acercó despacio al borde de la chalupa con los ojos relumbrantes como esmeraldas y extendió sus manos y descubrió, a la luz de la luna, que había logrado capturar a un hombre. Él sintió cómo su cuerpo se llenó de escamas de plata y poco a poco fue tomando la forma de un Pez.