"Remedios caseros", Juncal Guadiana

30.09.2013 10:51

Sainete en una escena

 

La acción transcurre en un pueblo rural a finales del siglo XX.

 

Escena única.

 

(Casa de Isidro y Antonia. Desde el zaguán sale un pasillo largo en cuyos laterales se encuentran los dormitorios. Al fondo se encuentra la sala que da a un patio luminoso donde canta un jilguero. Está atardeciendo. Don Fabricio, el veterinario, ha ido a visitar a su amigo Jacinto, padre de Antonia, que se encuentra enfermo).

 

ANTONIA.- Buenas tardes don Fabricio, ¿qué le trae por aquí?

 

DON FABRICIO.- A las buenas tardes. A tu padre vengo a ver, que me han dicho que está más para allá que para acá.

 

ANTONIA.- Ahí anda con sus achaques. Pase usted por aquí. Pero antes de entrar a verlo pruebe unos pestiños que hice esta mañana y tómese un vaso de vino.

 

DON FABRICIO.- Gracias, te lo agradezco. Los cataré con gusto. La verdad es que soy de muy buen comer. En casa me atiborro de todo lo que me ponen por delante.

 

(Aparece en escena Isidro, que gesticula dándose leves golpecitos en la barriga con la mano).

 

ISIDRO.- Buenas tardes tenga usted, don Fabricio. A mí me pasa lo mismo. Disfruto comiendo. Menudas cachuelas me meto por las mañanas entre pecho y espalda para entrar en calor.

 

ANTONIA.- ¿Para entrar en calor? Pero si tu no necesitas entrar en calor, marido; tanto en invierno como en verano estás hecho un auténtico verriondo. (Risas).

 

DON FABRICIO.- Están deliciosos, Antonia. Hay que cuidarse Isidro, a ver si nos va a dar algún día un jamacuco.

 

ISIDRO.- Hablando de jamacucos, ¿qué tal sigue tu cuñado después de la patada que le pegó el caballo en los morros?

 

DON FABRICIO.- Bien, está muy bien. Lo único es que desde entonces da la impresión de que come por la oreja, pero por lo demás está estupendo. (Carcajadas).

 

ISIDRO.- ¡Qué barbaridad!

 

DON FABRICIO.- Se llevó un susto muy grande pero ya está totalmente recuperado. Se ve que le dio en buen sitio y está mejor que estaba. (Risas).

 

ANTONIA.- Isidro, por favor, deja de comer uno detrás de otro. Modérate y límpiate la bocera, que no estamos solos.

 

ISIDRO.- Esta mujer no le deja a uno ni a sol ni a sombra. ¡Ay, qué sería de mí si no fuera así! (Se acerca a ella y le da un beso cariñoso).

 

ANTONIA.- ¡Pero qué meloso!

 

(Entran en el dormitorio del señor Jacinto).

 

ISIDRO.- Tiene usted visita, señor Jacinto.

 

JACINTO.- ¡Os dije que no llamarais al médico!

 

ANTONIA.- Pero padre, ¿quién te ha dicho que lo hemos llamado? Esa tos felina que tienes, que pareces un gato enrabietado, es para que la trate don Fabricio, el veterinario. (Risas). Pase por aquí usted. Ahí tiene al enfermo.

 

DON FABRICIO.- Buenas tardes, ¿cómo está el amigo?

 

JACINTO.- ¡Qué alegría! Me quedo más tranquilo sabiendo que eres tú quien ha venido a verme y no el medicucho ese, que quiere quitarme la pellica.

 

DON FABRICIO.- ¡Qué exagerado! No hables así de don Manuel, si te escuchara...

 

JACINTO.- Cómo no voy a hablar así si tiene mas muertos a sus espaldas que muescas en el cinturón. A todos los de nuestra quinta se los ha llevado por delante. (Risas).

 

DON FABRICIO.- No será para tanto... ¡hombre!

 

JACINTO.- No, qué va, si hasta hubo alguno a quien recetó un palé de ladrillos. (Risas).

 

DON FABRICIO.- Eso fue mientras estuvo de obra en su casa, que se le fue un poco la cabeza y hablaba solo por las calles. (Risas).

 

JACINTO.- De todas formas me siento más seguro en tus manos.

 

(Don Fabricio ausculta el pecho de Jacinto).

 

DON FABRICIO.- Inspira y suelta el aire despacio. (Silencio durante unos segundos).

 

JACINTO.- He estado con un pie en el otro barrio.

 

DON FABRICIO.- No habrá sido para tanto...

JACINTO.- ¡Créeme, he estado muy fastidiado!

DON FABRICIO.- ¿Qué tal están tus nietos?

 

JACINTO.- Por ahí andan, en sus faenas del campo.

 

DON FABRICIO.- ¡Tose fuerte! (Continúa auscultándolo).

 

JACINTO.- Cómo quieres que tosa fuerte, si no soy capaz ni de apagar una vela. (Risas).

 

DON FABRICIO.- A eso se le llama flojera. Me han dicho que te has negado a comer. ¿Quién te ha visto y quién te ve?

 

JACINTO.- Cómo voy a comer si lo único que me dan es pan y esa sopa de ajos sin sal...que no hay quien se la coma.

 

ANTONIA.- ¡Padre, cómo dices esas cosas!

 

ISIDRO.- Pues bien rica que está. Usted se la pierde.

 

JACINTO.- Por no hablar de esa lechuga que me dan, como si yo fuera un caracol... (Risas).

 

ANTONIA.- ¡Pobrecito!

 

JACINTO.- ¿Cómo no voy a perder el apetito? Yo lo que quiero es que me dejen tirar de lo colgado. (Risas). Esa es mi mejor medicina.

 

ISIDRO.- Ya tendrá tiempo de comerse los salchichones que le plazca cuando se recupere.

 

JACINTO.- Y encima no puede uno ni echar un pitillo. (Risas).

 

DON FABRICIO.- Si quieres que se vaya la tos, tienes que ir dejando el tabaco poquito a poco.

 

JACINTO.- A mi edad hay cosas, como los años, que no se pueden quitar. ¡Antes muerto!

 

DON FABRICIO.- Con el tiempo te has vuelto un cabezota de cuidado. Está claro que las virtudes y los defectos se van potenciando con el paso de los años.

 

JACINTO.- ¡Déjate de tonterías y dame algún mejunje para que se me quite esta tos infernal!

 

DON FABRICIO.- ¡Tranquilo hombre, que no te vas a morir! Te voy a mandar unas pastillas. Tómate una al día solamente, que son para caballos, ¡eh! Ya verás como en unos cuantos días estarás como nuevo. Y a ver si te entonas, porque te estás quedando escuchimizado.

JACINTO.- Tú sin embargo parece que estás en montanera. (Risas).

 

DON FABRICIO.- ¡Pero qué estás diciendo! Si fueras un cochinillo, ¡anda que no te ibas a llevar palos en las costillas!

 

JACINTO.- ¿Yo, por qué?

 

DON FABRICIO.- Porque tienes muy mal diente. Te estás quedando en los huesos.

 

JACINTO.- ¿Sabes una cosa? Si los dos fuéramos cochinillos, a ti sería al que tundirían a palos y a bastonazos.

 

DON FABRICIO.- ¿Y se puede saber por qué?

 

JACINTO.- Porque al primer palo yo saldría de la zahúrda, ligero como estoy, pero a ti te molerían allí dentro. (Risas).

 

DON FABRICIO.- Da gracias a que somos amigos.

 

JACINTO.- Da tu gracias a que estoy postrado en este lecho.

 

DON FABRICIO.- De todas formas mi querido amigo, y bromas aparte, no juegues con la salud y haz el favor de poner de tu parte. ¿O es que quieres que un día de estos venga a verte don Ramón, el cura?

 

JACINTO.- Espero que venga a verme de visita, pero no a darme la extremaunción. Bien sabe él que, aunque no suelo ir mucho a misa, soy católico, político y romano. (Risas).

 

DON FABRICIO.- Desde luego no tienes arreglo.

 

ANTONIA.- ¡Velahí, qué le vamos a hacer!

 

DON FABRICIO.- Bueno, pues a mejorarse. Yo me tengo que ir marchando. Y ya sabes Jacinto, para lo que quieras, incluso si se tratara de dinero… aquí tienes a tu hija y a tu yerno, que yo estoy peor que tú. (Risas).

 

JACINTO.- Da recuerdos a tu familia.

 

DON FABRICIO.- De tu parte.

 

(Antonia, Isidro y don Fabricio salen del dormitorio del señor Jacinto).

 

DON FABRICIO.- No se preocupe Antonia. Es normal que estéis preocupados porque Jacinto nunca ha sido un quejica y siempre ha tenido una salud de hierro. Ya veréis como pasando el fin de semana estará recuperado. Esto ha sido un simple arrechucho.

 

ISIDRO.- Nos sirve de tranquilidad lo que estás diciendo porque ha pasado muy mala noche. Esa tos encolerizada no le deja descansar.

 

DON FABRICIO.- Podéis estar tranquilos porque sólo le ha quedado una tos residual. Lo peor ya ha pasado. Hablé ayer con el médico y me dijo que la infección respiratoria ya había remitido. Aunque aún persiste la tos, está fuera de peligro.

 

ANTONIA.- ¿Y esas pastillas que le has dado...?

 

DON FABRICIO.- ¡Tranquila!, sólo son caramelos; pero como se los va a tragar sin masticar no se enterará... de que no valen ni como calmantes. (Risas).

 

(Avanzan por el pasillo hasta la puerta, desde donde se ve un parque. Ya es de noche. Hay una luz tenue. A los interlocutores casi no se les reconoce el rostro).

 

DON FABRICIO.- Cada noche se ve menos en este pueblo.

 

ISIDRO.- Ya te lo digo yo, que salgo con una linterna a tirar la basura.

 

DON FABRICIO.- Y da gracias a que al menos, en esta calle, hay un estanco que tiene un letrero luminoso encendido durante toda la noche.

 

ISIDRO.- (En voz baja). ¡No hables muy alto, no vaya a ser que nos pasen también una factura! (Risas).

 

ANTONIA.- Hace tres años que solicitamos una farola al alcalde y como si nada. Y eso que la vecina de enfrente trabaja en el ayuntamiento y tiene influencias.

 

ISIDRO.- Y da igual quien gobierne, el alcalde anterior tampoco la puso.

 

DON FABRICIO.- No os preocupéis. Debe ser que están estudiando el sitio exacto donde ponerla. El anterior lo buscaba hacia la izquierda y el de ahora más hacia la derecha. ¡Si que debe ser complicado! (Risas).

 

ISIDRO.- Si, seguro que al concejal de urbanismo le salen chispas de la cabeza.

 

DON FABRICIO.- No creo que le puedan salir muchas chispas. Todos tenemos cerebro, cerebelo y bulbo raquídeo pero algunos, como los políticos de ahora, sólo utilizan el bulbo raquídeo. (Risas).

 

ANTONIA.- Unos por otros la calle sin alumbrar.

 

(Se despiden y se cierra el telón).