"Prunus dulcis", Eliseo Gómez

24.01.2014 14:57

     Los paseos matutinos que hacíamos los fines de semana por la campiña eran merecedores de medalla, por tener que sobrellevar la mochila llena de libros y una larga conversación que solía repetirse con las mismas palabras, sílabas y entonaciones. Mi mujer disfrutaba mucho más que yo, del sol, el paisaje y la elocuencia de su dosis biológica, explicando con énfasis como el Prunus dulcis, un árbol caducifolio de la familia de las rosáceas,  y que pertenecía a un subgénero de un no sé que de amigdalitis, que siempre me corregía diciendo que era Amygdalus cuyo género era Prunus y que da unos frutos deliciosos que a veces comemos en casa, es un árbol exquisito y bello. Este era el tema principal seguido de una descripción sistemática que me dejaba más tieso que la rama rígida del almendro más longevo de la zona. Luego añadía a su lenguaje metódico los metros que alcazaba el árbol, como era el tallo de joven, y como las comidas que solía hacer entre semana de sopa de verduras siempre le añadía almendra molida para que fuese más consistente. Seguidamente sacaba la libreta en la que hacía esbozos del árbol explicándome como con los lápices caros que se compró para hacer dibujo técnico, retrataba las hojas lanceoladas matizando los bordes dentados, junto a  las flores blancas perfumadas, hasta parecer fotos reales. Se afamó en ser pulcra y buena dibujante de lo que llamaba sketching paisajístico, que acabaría enviando a uno de esos concursos de urban sketching en los que seguro iban a adorar su obra más de lo que yo lo hacía. Se le daba muy bien, hay que reconocerlo, porque desde temprana edad comenzó sus estudios de dibujo artístico. Eso le sirvió para perfeccionar la técnica y desarrollarse en los estudios superiores, a consta de mi impaciente crecimiento imberbe sobre el Prunus Dulcis.
      Después de llevar el tomo del libro de biología sobre el comportamiento de los insectos, y la polinización de las flores a mis espaldas, a la vez que intentaba sustituir en la mente el discurso de mi querida mujer, por el resultado del partido de fútbol, o la charla con mi mejor amigo sobre el trabajo, la crisis y esas cosas más normales, ella me miraba dándome en el cogote con la palma llana, haciendo que despertara del letargo en el que indudablemente me sumía por simple necesidad, diciéndome que era un desagradecido cuando tenía que repetirme hasta cinco veces que le diera el tomo que hacía veinte pasos me pedía para comprobar el tipo de insectos que polinizaban las flores del almendro (o Prunus dulcis), la variedad de flores, la genética, y otras tantas variantes que para mí suponían una gran cuesta, a pesar de explicarme sin descanso cosas que nunca me llegaron a interesar. Ella lo sabía, siempre se lo dije, pero su cometido en profundizar, indagar y obviar mis peticiones la hicieron cavar más hondo en los temas relacionados con el Prunus Dulcis, cosa que seguro le iba a llevar al estrellato, y especialización que tanto había deseado estos últimos años.
     Después retomaba el círculo y me hablaba de sépalos, de la flor solitaria o en grupos, de los colores variables que van de rosado a blanco, dependiendo de las especies, y como los frutos de carne seca tardaban entre cinco y seis meses en madurar desde que comienza a crecer.
     Madurez necesité todo este tiempo de caminatas por entre los almendrales, cada vez que decíamos ir de paseo. Era como ir a visitar a la suegra, la cual siempre te dedica una sonrisa estirada, sabiendo de las verdaderas intenciones que tiene detrás, de las cuales sin remedio posible y por educación, sigues para poder llevarte bien con tu mujer.
     Con lo estupenda que es la primavera y este resarcir de flores olorosas llenando cada rincón de este pedazo de tierra en el cual vivimos desde hace unos años, y lo cruel de este encuentro desde que le dije que acabara la carrera de biología  y que podía estar los años que hiciera falta. Un sube y baja de allanamientos de morada, que ella utilizaba, según sus explicaciones para aprobar el curso en su último coletazo, cuya especialidad, la botánica, le había llevado a hacer un trabajo sobre el Prunus dulcis.
     Y nuestra vida aparentemente cercana se estaba alejando por el almendro con flor y sin ella. Intenté por todos los medios que se olvidara, disuadiendo ir de paseo, ofreciendo otras alternativas, lugares diferentes, paisajes alternativos. Pasó a no importarme su título universitario, quería por encima de todo recuperarla, tenerla otra vez entre mis brazos, posesionarme de su piel, de sus charlas lógicas, tomando una cerveza en el bar de la esquina, llegar a entendernos de tú a tú. A los pocos días comenzó a añorar los paseos, por lo que tuvimos que reanudarlos entre los mismos parajes y comentarios.
     Al final no me quedó otra que ir a la herboristería de Julia, una conocida del pueblo y pedirle obra y milagros de alguna planta que hiciera que mi mujer entrara en un estado de letargo y volviera a ser ella. Su reacción fue sonreír, hasta transformarla en una risa pegajosa que me destensó haciéndome ver, que si no hubiese sido por la flor del almendro,(la pasión que tenía mi mujer) y esa locura transitoria en la que había entrado, la crema de aceite de almendra que me había regalado por mi cumpleaños, no me hubiese rejuvenecido tanto. El hecho que me dijera que ahora estaba más presentable, y que me había quitado años de encima, me supo a gloria, haciéndome cambiar la concepción de lo detestable de sus charlas.
     A partir de ese día mi mujer se quedó extrañada por mi cambio de actuación. Porque comencé a escucharla, y a interesarme por la flor del almendro, las variantes y los tipos. Incluso en época de floración antes que las flores se sequen vuelvo a traerle una rama que coloco en el jarrón de porcelana, regalo de mi suegra. Ni siquiera me importa mi alergia. Para solucionar eso hay otras alternativas. Desde entonces mi vida ha cambiado,  somos más felices y me encanta hablar de exocarpios y mesocarpios, de oblongos y elipsoidales. Gracias al Prunus dulcis no va a ser necesario que me haga un lifting.