"Platillo inofensivo"

10.04.2015 10:27

Juan Indalecio Pérez —a quién todos en su barrio conocen como “el Morro” — es culichi (dícese de aquél oriundo de Culiacán, Sinaloa), y egresado de la carrera de mercadotecnia de la mayor universidad pública de esa ciudad.

Después de un largo y pesado viaje con destino a una ciudad al sur, sólo con el propósito de entrevistarse para un puesto de trabajo. Deja el hotel muy de madrugada y se dirige a una fondita típica de esta ciudad.

Lo que habitualmente alguien haría en estos casos es hacerse acompañar por un lugareño. Pero él va solo. Conocer así la ciudad que tan malo puede ser —se dice a sí mismo—.

Una vez en el puesto, pide una torta ahogada. El dueño le pregunta lo que la tradición dicta a todo cliente: “Joven, ¿cómo quiere su torta: media o completa?”. A lo que el Morro, después de sopesar la situación a su vez pregunta: “¿vale igual?”. El dueño responde con sonrisa pícara: “¡sí… vale igual!”. Por lo que el Morro responde: “no se diga más, démela completa”.

El dueño le entrega la torta. El Morro, por su parte, al tomarla con ambas manos e hincarle el diente, sólo entonces, se entera que, lo de media o completa, no es precisamente por el tamaño de la torta, sino por la salsa que al tiempo que le quema los labios y la garganta, su olor empieza a recorrer sin obstáculos la nariz, y luego, los senos paranasales, hasta llegar a nublarle por completo el cerebro.

Su cabeza empieza a hincharse cual calabaza. En sus ojos sólo corren ríos incesantes de lágrimas —y no precisamente de nostalgia por estar fuera de casa—. Su rostro, ahora de color tomate  —fruto que se exporta en su tierra—, no puede dejar de parecerse al mismísimo diablo. Y en la frente, a cada lado, se perciben ya, un par de ronchas, donde cuyos cuernos no tardarán en salir.

Y a un brazo arriba de él, sin dificultad, puede leerse un letrero que escrito con letras picantes dice:

“Tortas Ahogadas. ¡Las mejores de Guadalajara!”.