"Perdido Simio Cornelius", Servitud

16.09.2013 16:57

El reloj de la plaza dio las diez. Las puertas del Museo de Ciencias Naturales comenzaron a abrirse. Un agente de seguridad se colocó a la entrada, al lado del cartel que anunciaba la exposición itinerante, “EL ESLABÓN RECUPERADO” y que a partir de hoy, estaría durante un mes en este edificio.

Desde que se tuvo noticia de la llegada de la exposición, colectivos de todas partes intentaron hacerse con las entradas, fue tal la invasión de llamadas, que desde la directiva se decidió limitar la afluencia de público.

Hoy se esperaban –entre otros- una asociación de Amas de Casa, un grupo de alumnos de 6º de un colegio y un grupo de la tercera edad. Hacía más de media hora que el autocar que había traído a las amas de casa, estaba aparcado en la calle paralela a la entrada principal del museo. Alguna había llegado acompañada de su marido y estaban paseando por los alrededores, mirando escaparates o tomando un café en algún bar hasta la hora de apertura. Al ver que abrían se acercaron.

Estudiantes de Biología e Historia de la Universidad serían sus cicerones. Uno de ellos se acercó al grupo de mujeres, se presentó y les dijo que era su guía. Empezó explicando que la palabra simio era de un vocablo griego, que significaba chato o nariz plana. Que los grandes simios eran los gorilas, chimpancés, orangutanes…

Él hablaba y las mujeres hacían esfuerzos por seguir las explicaciones, pero estaban más interesadas en otras cosas. Lucía se fue hacia un apartado donde estaban unos animales expuestos y quitó unas ramitas a modo de árbol que estaban colocadas al lado izquierdo de un primate. Se fue unos pasos hacia atrás y le pareció que había quedado mejor. Rocío sacó un pañuelo de papel y se dedicó a limpiar la vitrina donde se exponían dientes de toda clase de monos, Maruja estaba muy seria mirando un cartel, se acercó a Rocío y le dijo que leyera lo que ella acababa de ver. El cartel decía “Perdido simio en el Museo de Ciencias. Responde al nombre de Cornelius. Lucía que estaba por ahí cambiando lo que le parecía que estaba mal colocado, llegó hasta ellas y preguntó curiosa: -¿Qué os pasa?

-A nosotras nada, mira.

Cuando terminó de leer el cartel, se quedó mirando a sus amigas y les dijo:
-¿Estáis pensando lo que yo? -y mirando al grupo siguió- estarán entretenidos un buen rato, así que nosotras a investigar.

Aprovecharon que en ese momento entraba el grupo de escolares para escabullirse y se metieron por un pasillo. Uno de los chicos vio el cartel, inmediatamente llamó a sus amigos. El maestro estaba tan ocupado en controlar a dos niños que iban dándose codazos que no se dio cuenta de que los tres amigos habían subido por unas escaleras al primer piso.

Una pareja de novios estaban recorriendo la exposición, iban muy acaramelados sin hacer mucho caso. Vieron una puerta con un cartel que ponía “limpieza” y que estaba acompañado de “privado”. Este segundo término les pareció fenomenal para hacer una desaparición al tiempo que daban rienda suelta a su pasión.

Las amas de casa estaban en el lado izquierdo de la gran sala. Los niños en una de las dependencias donde se pasaban diapositivas, los novios ¿?..., cuando llegó el grupo de la tercera edad. Suspiros, toses… algunos buscaban un lugar donde sentarse. Cuando vieron los animales allí expuestos una de las ancianas dijo: “¡Uh, qué feísmos!”, ¡Y qué mal güelen! –dijo otra.

-Pero si no huele a ná -dijo un anciano- además ya sabías a lo que venías.

-Yo estoy muy cansá- A continuación tomó asiento en un banco cerca de la pared y se quedó dormida.

-Pues yo tengo que ir al retrete, ya sabéis, la próstata - dijo un anciano y se fue al servicio.

Su guía les pidió que guardaran silencio y que cuando saliera el grupo anterior, pasarían a la sala de proyección donde verían un documental.

Dos ancianos que habían pasado después, -pues se habían quedado en la calle fumando un cigarro- lo primero que vieron fue el cartel. Uno de los ancianos se fue hacia el guía y le preguntó que qué era eso de que se había escapado un simio, que si estaban en peligro, que ellos no podían correr, que querían ver al director,...

Las mujeres se asustaron muchísimo y decían que querían irse al autocar. El vigilante que oyó el revuelo, pasó a poner orden. Todos estaban mosqueados, pero el agente en vez de ponerse de cara a la calle se puso de frente a ellos y les hizo desistir de su idea de salir.

-Con esa cara bien podía ser uno de los bichos que están ahí –dijo una de las ancianas.

El primer grupo que había terminado la visita, tuvo que quedarse pues no encontraban a tres de sus compañeras. Una de las ancianas les dijo que había un gorila suelto. Esto provocó inquietud en el grupo.

Una vez terminado el documental el maestro y los niños salieron y se encontraron con la agitación que había en la sala, también fueron advertidos –por la misma ancianita- (que rica) de la desaparición de Cornelius. En ese momento se oyó un golpe fortísimo en el primer piso. Todos pensaron en el simio, y salieron corriendo tropezándose unos con otros. Uno de los niños vio una dentadura por el suelo y la dejó encima de la vitrina de los dientes de monos. El vigilante salió corriendo hacia las oficinas cuando se encontraba a mitad de la escalera se escuchó un portazo en el sótano.

Todos se quedaron muy quietos, el vigilante no sabía si seguir subiendo o bajar al sótano, en ese momento se abrió la puerta tras la que habían desaparecido los novios.

Maruja, Rocío y Lucía llegaron con las ropas manchadas, pues habían caído en un contenedor donde se vaciaban todos los trapos y líquidos de limpieza de las piezas que se exponían. El vigilante consiguió llegar arriba y sacó a los niños que estaban jugando a los bolos con una calavera. Pero el simio Cornelius no aparecía.

De pronto por los altavoces se oyó una voz:

-Agente Cornelius, ¿Se puede saber qué está pasando?