"Pérdidas y ganancias" Sany MG

21.11.2013 17:06

Tenía 23 años, buena salud, era guapo y un egoísta. Hijo único de un matrimonio con un poder adquisitivo medio, era el típico caso del chico al que sus padres le habían dado todas las oportunidades que ellos no tuvieron, además del mejor ejemplo de dedicación al trabajo y a la familia y todo cuanto pidió y le pudieron comprar.

Si bien era un chico brillante según le ponderaban sus maestros y profesores, a muy temprana edad decidió que los estudios no iban con él. De trabajar ni hablar; las pocas veces que lo intentó tuvo que dejarlo, porque según él,  la presión lo estresaba y se deprimía. Se dedicó a vegetar ocupando su tiempo en el coche, el ordenador, las consolas, el móvil y los amigos.

Sus padres lo habían intentado todo: charlas, castigos, premios y hasta un sicólogo, pero cansados ya, asumieron que era uno más de la generación “nini” (ni trabaja, ni estudia). Se limitaron a ponerle unas cuantas reglas y a darle una asignación mensual. Las reglas las cumplía a medias y el dinero jamás le alcanzaba.

Fanático de la Fórmula Uno, un día decidió que quería irse a Italia a presenciar un gran premio. Cuando planteó el asunto, sus padres le dijeron que les parecía muy bien, pero que tendría que ingeniárselas para conseguir por sí mismo el dinero que necesitaba para poder pagarse el viaje, las entradas, el alojamiento, la comida y los gustos que quisiera darse. Entre ellos comentaron con un atisbo de esperanza, que aunque fuera a corto plazo, el chaval por fin tenía una meta y si se esforzaba para conseguirla, quizá apreciara lo que costaba querer algo y luchar para lograrlo.

Quedaban seis meses por delante, así que puso manos a la obra para ahorrar la cantidad que según sus cálculos necesitaría. Consiguió unos cuantos trabajos informales: paseó perros, cortó el césped, pintó vallas y paredes, ayudó a hacer mudanzas; estaba dispuesto a lo que fuera con tal de ganarse unas monedas. Limitó las salidas con los amigos a los sábados y sin gastar más que lo imprescindible. Y si alguien quería que lo llevase a algún lado en su coche, le hacía contribuir para la gasolina, porque estaba en “economía de guerra”. 

En ningún momento se le ocurrió preguntar si era necesario de su parte algún aporte para los gastos familiares, lo único que le importaba era su viaje. Con mucho esfuerzo y ante la satisfacción de sus padres, juntó euro sobre euro, como una hormiguita laboriosa y consiguió reunir algo más de lo que esperaba. Estaba orgullosísimo de sí mismo, era la primera vez en su vida que terminaba algo de lo que se había propuesto. Lo único que le asustaba un poco era que no sabía ni una palabra del idioma, pero eso seguro que se solucionaría también. 

Se embarcó rebosante de entusiasmo por que iba a ver sus ídolos. El bus iba lleno de jóvenes de su edad y algunos no tanto. Era educado y sociable, por lo que entabló conversación enseguida. En una de las paradas le presentaron a otro chaval de casi su misma edad que también viajaba solo y casualmente había reservado por internet una plaza para el mismo albergue. Sabía algo de italiano así que lo tranquilizó al respecto, comentándole que era un idioma muy fácil y parecido al español; podía confiar en que no tendría problemas de comunicación. Ambos admiraban a los mismos corredores, gustaban de la misma música y comparando preferencias no encontraron obstáculos para no seguir juntos el viaje.

Cuando se bajaron en la terminal de autobuses y antes de que su compañero pudiera preguntar donde tomar el bus hacia el sitio donde se hospedarían, se encontraron un señor con un cartel con su nombre. Se acercó a preguntar para que le buscaba y éste lo invitó a que lo acompañaran a una caseta cercana, donde le entregaron la llave de un coche y un mapa muy completo de la ciudad y los alrededores: un regalo sorpresa de sus padres. Locos de contento pusieron el equipaje en el maletero, compraron un tentempié para el camino y se embarcaron rumbo a lo desconocido. Según el mapa, el albergue quedaba a una media hora de viaje. Su compañero le traducía los carteles y le daba instrucciones y él conducía entusiasmado, más preocupado por admirar la ciudad engalanada para la ocasión, que por el tráfico.

Cuando el ciclista apareció, no llegó a verlo hasta que estuvo encima de él y lo arrolló. Desesperado pisó el freno, el coche patinó y terminó dando una vuelta de campana. Lo último que recordaba era haber pensado que su madre lo iba a matar por haber chocado. Se despertó al día siguiente en el hospital con un brazo en escayola y un dolor muy fuerte en la cabeza. Le dijeron que había sido muy afortunado, solo se había roto el brazo y tenía un golpe en la frente, que le había provocado una conmoción cerebral sin mayores consecuencias; pero su amigo no había corrido la misma suerte. El coche había volcado sobre el lado del acompañante y por más que los servicios de emergencia habían llegado casi de inmediato, no habían podido hacer nada por él.

El chico al que había atropellado se debatía entre la vida y la muerte, pues el impacto más fuerte había sido a la altura de los riñones y los tenía destrozados. La única opción era un trasplante, pero no había mucho tiempo para encontrar un donante. El médico que le estaba explicando esto, se quedó un momento mirando su ficha y él lo vio titubear por lo que le instó a que le dijera que pasaba. El doctor hizo un esfuerzo para que él comprendiera la magnitud del hecho: increíblemente tanto él como el “ragazzo” que estaba luchando por su vida en la unidad de cuidados intensivos, tenían el mismo tipo de sangre: “B negativo”, que además, de los más difíciles de conseguir. Podría haber una posibilidad de que fueran compatibles, o sea que pudiera donarle un riñón y salvarle la vida.

En ese momento pasó por su mente el recuerdo de una conversación entre amigos hacía unos años, cuando cumplieron los 18. Uno de los chavales dijo que lo primero que haría cuando fuera mayor de edad, era anotarse como donante de órganos y de cuerpo. Los demás se desternillaron de risa: mira que hacerse cortar en pedacitos después de muerto, había que estar muy loco para eso. Él mismo dijo que quería irse a la tumba dentro de muchísimos años con todo lo que había nacido, ni un centímetro más ni uno menos y los colegas le festejaron la ocurrencia con sendas carcajadas. Que lejano le parecía todo y que idiota se veía a sí mismo en su recuerdo.

Sin pensarlo siquiera le dijo al médico que le autorizaba a que hiciera todas las pruebas necesarias para comprobar la compatibilidad. Cuando se quedó solo, advirtió muy asombrado que era la primera vez en su vida que pensaba en alguien antes que en sí mismo y sin más se echó a llorar. Lloró por el chaval muerto, de quien ni siquiera recordaba el rostro, por sus padres que estarían desesperados a tantos kilómetros de distancia, por sus amigos que vivían en un limbo lejos de la realidad, por sí mismo que había necesitado verse involucrado en algo tan duro para crecer de golpe y por ese chico que según le comentó la enfermera mientras le sacaba sangre, venía de trabajar y era un inmigrante ilegal. Cuando se calmó, se sintió realmente mejor, liberado y dispuesto a tomar las riendas de su vida, que le estaba dando una segunda oportunidad.

Llamó a su madre y le dijo que no se preocupara, que había tenido un accidente, era cierto que estaba internado pero no tenía más que un brazo roto. Pensaba salir de ahí esa misma tarde y al día siguiente irse a las carreras. Por suerte cuando la habían llamado desde el hospital hacía un par de horas, entre los nervios y la dificultad de comprender el idioma, su madre apenas había entendido nada, así que no le dio más explicaciones y le quitó la loca idea de irse para allí a cuidarlo. Le prometió llamarla todos los días y cortó. Estaba seguro que pasara lo que pasara, era algo que tenía que enfrentar él solo. Llevaba demasiado tiempo escudándose detrás de las faldas de mamá y era hora de que asumiera sus responsabilidades.

Unas horas después le dijeron que la compatibilidad entre ambos superaba las expectativas y que si él lo autorizaba, podían proceder al trasplante al día siguiente a primera hora. También le explicaron que el accidente no había sido culpa suya ni del chico, sino que unos gamberros habían quitado una señal, por eso el chaval había entrado de esa manera en la avenida con la bicicleta y apareció de improviso delante de su coche. Tuvieron la gentileza de traerle los papeles de autorización en italiano y en español, por lo que pudo comprender cabalmente lo que firmaba. Cuando estampó su nombre, sintió que por fin estaba haciendo algo, no solo dejando correr el tiempo.

Fue una larga noche ya que se negó a tomar ninguna pastilla y el sueño parecía haberlo abandonado. Pensó en todas y cada una de las personas que conocía y en un principio se preguntó que iban a pensar de lo que estaba haciendo. Al cabo de un rato se dio cuenta que eso no le importaba en absoluto. Sus padres y los verdaderos amigos lo apoyarían. Recordó entonces, con una sonrisa en el rostro, que en las películas de caballeros medievales, éstos velaban sus armas durante toda la noche anterior a un gran acontecimiento militar. Se sentía igual, solo que él estaba velando su vida.

Lo vinieron a buscar temprano y él mismo se sorprendió de lo tranquilo que se sentía. Cuando entró en el quirófano miró hacia el de al lado a través del cristal y llegó a la conclusión de que el adolescente (pues no tendría ni diecisiete años) al que iba a darle un riñón era seguramente africano. Se parecía mucho a un muchacho del que mientras intentaba vender copias de “pelis” frente al local donde solían reunirse, él y sus amigos cerveza en mano, solían burlarse y llamarle todo tipo de disparates. Cuando el anestesista le pidió que contara desde el número 10 hacia atrás, estaba preguntándose si por esas casualidades de la vida éste y el chico del bar, no serían parientes…