"Pepito Fernández", Bibliotecaria de la vida

02.01.2014 12:46

Hace dos sexenios en toda la República Mexicana se corría un chiste popular en torno al ciudadano presidente de ese entonces. Era un hombre de rancho con un vozarrón inconfundible y siempre decía: mexicanas y mexicanos… en fin, el chiste decía lo siguiente:

-Computadoras para todos los niños.

-Señor presidente -interfería un consejero- hay niños que no comen por ir a la escuela.

-Ah, no. Si no comen, no hay computadoras…

Quien se acuerda de esa y otras puntadas en aquel gobierno sin duda le vio el lado gracioso, pero dentro de la hambruna en las zonas rurales de ese y cualquier otro país donde los niños recienten en su crecimiento el déficit de una correcta nutrición, la historia no es en absoluto graciosa.

 

Oaxaca, México. Mayo del 2003.

José Ifigenio Fernández de la Cruz anda todos los días a las cercanías de las milpas del patrón de la familia, Don Ponciano Aguilar Barrios a alimentar a los borregos del rancho, en ocasiones se encuentra con algún armadillo a quien de un resorterazo deja  sin vida y lo guarda en su moral tejido. Después mientras masca guajes va a la escuela comunitaria, es el más enfocado en lo que hace, sembrando, ordeñando o haciendo fogatas. De grande desea convertirse en ingeniero, porque así les llaman a los que se montan en grandes camionetas todo terreno y construyen tractores, o al menos así él lo imagina.

A sus doce años está por terminar la primaria y justamente para su fortuna, sus padres le informaron que podría ir a la telesecundaria que estaba a solo cinco kilómetros de su hogar.

-Eres el mejor estudiante José, estoy muy orgulloso de ti, sabes incluso más que los adultos de tu sierra, puedes hacer cuentas y lees de corrido, no temes al cambio, seguro llegarás muy lejos si te lo propones.

-Oiga maestro, ¿usted cree que si voy a la escuela y me rompo la cabeza los años que sean necesarios podría volverme ingeniero?

-¿Ingeniero en qué Pepe?

-Pues en tractores, gano un buen dinero y le compro a mi mamá unos terrenos -le puso el profesor la mano en el hombro pero no dijo más, porque sabía que ese chico soñaba despierto.

La telesecundaria se veía desde muy lejos en la cima de una loma para que la antena no tuviera interferencia, José, quien salió de su hogar a oscuras con un taco de frijoles en la boca y una bolsa de mandado con su cuaderno salió cuando siquiera los gallos estaban despiertos. El amanecer le brindó un sentimiento de madurez, ya no podía preocuparse por los borregos pero habría de encargarse ahora de las reses, mas no tenía tiempo de preocuparse por su trabajo vespertino porque la puerta al progreso se abriría ante sus ojos.

Se detuvo frente a la fachada de la casa de un piso que fungiría de telesecundaria, y no era el único, jóvenes de su edad y algunos incluso mayores también estaban listos, pero no había quién abriera la puerta.

A las siete cuarenta de la mañana, un hombre a caballo se presentó delante de los diez asistentes a su primer día de escuela.

-Buenos días -dijo el ranchero- ¿pero cómo es que hay tantos hoy aquí, qué nadie les contó o qué?

José sintió que sus ojos se llenaban de lágrimas, presentía que algo malo sucedería y al notar que los otros guardaban la compostura se vio como lo que era en verdad, un niñito salido de lo que conocía, el jinete lo observó y levantó las cejas al verlo tan chico y al borde del llanto.

-Díganos qué pasa -dijo una jovencita con las trenzas largas que despedían un aroma a jabón de barra.

-Pus que no hay escuela chamacos -la expresión de todos fue de completa duda, la misma joven encaró al portador de mal agüero.

-Mire usted, yo supe que hace unos meses se dotó a todas las escuelas de las faldas de la sierra con equipo para que pudiéramos estudiar, no nos venga con cuentos de que no hay televisiones.

-Mira hija -y ese hombre se secaba la frente con su pañuelo- sí hay teles, sí hay bancas, hay un pizarrón.

-¡Entonces ábranos! -gritaron todos indignados.

-Pus les abro, pero allá ustedes -como una manada todos los presentes se amotinaron en la entrada y vieron las instalaciones, eran nuevas como parte de un programa de renovación de aulas a nivel nacional.

-Pues empecemos la clase -dijo José, tallándose los ojos de ansiedad.

-No se va a poder -mencionó el ranchero volviéndose a su caballo acostumbrándose a que cada año y cada “mejora” era como se dice coloquialmente: solo dar atole con el dedo.

-¿Por qué? -el coro de quejas miraba antena en el techo, las instalaciones y cables en el suelo y el tomacorriente.

-Porque aquí todavía no llega el alumbrado público, miren el poste pelón, va el cable del techo de la escuela al polín, pero este no está conectado a nada. Pero no se preocupen, que seguro el siguiente año estará mejor, han de saber que antes no teníamos televisión, y como que eso de telesecundaria estaba raro, pero hace como cuatro años lo único que se tenía era la antena. Así que váyanse a sus casas, siempre es lo mismo por aquí.

José ahora sí rompió a llorar y aunque muchos lo comprendieron era verdad que las cosas siempre solían ocurrir así. Una vez se dijo que habría drenaje en todos los pueblos, pero después se mencionó que primero tenía que estudiar la tierra para que no hubiera derrumbes y ese luego jamás llegó.

-Pepito, ¿por qué volviste tan pronto? -su madre estaba al metate moliendo el maíz y José no dijo nada, tomó el morral en el que solía guardar las presas que se encontraba en el camino y se fue a alimentar a los borregos y también a las vacas queriendo dejar todo atrás.

Unos tres meses después aquel ranchero tocó en el jacal de los Fernández y salió José quien iba a encender la leña para hacer una birria con uno de los borregos que les habían dado a la familia.

-Mira chamaco, vengo a darte la noticia de tu vida, llámales a tus papás…

Y le contó que el chasco que se habían llevado con la telesecundaria era el gancho perfecto para atraer la mirada de los medios televisivos, si él, como buen mártir escribía una carta para el presidente. Un grupo de rancheros dueños de haciendas y milpas como ese señor estaban hartos de no tener alumbrado público y por ello tratarían de conmover al país con las palabras de un niñito campesino, pero eso no se lo dijo a José por supuesto, les vendió la idea de que él era el ejemplo del estudiante perfecto, sacrificando su sueño y comodidad, su trabajo y responsabilidades por su hambre de aprender.  Le lavó el cerebro, pues y José escribió una carta en papel que le proporcionaron, la llenó de su pensar y su anhelo por hacerse ingeniero y demás palabras suplicantes.

Sin dar más explicaciones acerca de cómo iban a hacer llegar ese papel a manos del poder ejecutivo de la nación José quiso seguir aprendiendo por lo que volvió a la primaria y su viejo profesor le dio la oportunidad de ir en apoyo de otros niños más pequeños con el propósito de que sus conocimientos no se olvidaran por la decepción.

Al mes siguiente tocaron a media tarde otra vez al jacal de los Fernández y cuando se abrió la puerta, Pepe vio a un grupo de hombres, era un fotógrafo, un periodista y algunos técnicos que venían de parte del gobierno federal, le pidieron una entrevista y cuando José accedió a contar su vivencia se le puso una hoja en las manos.

-Esto es lo que debes decir, léelo, practícalo y las frases subrayadas son imprescindibles, por cierto ¿cómo te llamas?

-José Ifigenio Fernández de la Cruz para servirle a usted.

-Te voy a presentar como Pepito Fernández porque tu nombre es muy largo y no va a jalar…

Grabaron la conversación y José dijo que él hablaba el español pero que otros niños aún conservaban sus  dialectos y estaban orgullosos de ello,  de honrar la memoria de sus antepasados y que él demostraría como muchos otros héroes históricos que la escuela es la llave de la superación -eso último lo dijo mirando el papel que le tendían adelante, el siguiente punto que no debía omitir era la mención obligada a Benito Juárez y ahí tuvo que decir un chascarrillo forzado que habían escrito para él.

-Él fue Benito Juárez y yo soy Pepito Fernández, nuestros nombres se parecen y espero que mi labor siga los pasos de ese héroe nacional…

El bum de Pepito dio mucho de qué hablar, no había nadie en el territorio mexicano que no supiera su historia, la nota salió en los noticieros nocturnos y en la prensa impresa y se hablaba de él es las escuelas para motivar a los jóvenes a superar las barreras de la vida.

Y lo consiguió, llegó la electricidad a fines de año, la telesecundaria fue inaugurada por él, quien pidió la compañía de la clase entera que tiempo atrás no había podido iniciar curso, la jovencita de las largas trenzas salió en algunos periódicos locales (incluso se quiso decir que podría ser más tarde la señora de Pepito Fernández, pero ese chisme no floreció). Cortó el listón que habían atado en la torre de luz y una transmisión de una clase de matemáticas fue su entrada a la secundaria.

Dos años después pocos eran los que aún recordaban el suceso, la Telesecundaria José Ifigenio Fernández de la Cruz era la única prueba de esa estrategia política pero muchos de los estudiantes que ingresaron tiempo después desconocían lo que había tenido que acontecer para entrar al aula porque aunque ya tenían tiempo con alumbrado público y las haciendas tenían luz, los jacales como el de José, estaban siempre un par de pasos atrás.

El sexenio de ese presidente alto y de voz estruendosa, que calzaba botas vaqueras agonizaba y Pepito estaba en un gran problema, si bien había cumplido ya sus estudios de secundaria, no había más escuelas en las faldas y cercanías de su sierra, se podría decir que había concluido con su educación, pero de ser así, su sueño de ser ingeniero en tractores jamás podría suceder.

Visitó muchas veces al ranchero que lo había convertido en celebridad y le compartió su pensar pero el otro ya satisfecho con lo que consiguió no halló qué hacer, lo único que le sugirió fue hacer otra carta, una más larga y llorosa, que enunciara su pesar por no tener más futuro.

Lo hizo y de mala gana el ranchero llamó a un amigo que tenía un amigo, quien tenía un conocido, el cual tenía un primo que conocía al esposo de una reportera quien tenía amistad con los conductores del noticiero nocturno.

La presión por el final del sexenio hizo que los consejeros presidenciales sugirieran que se podría hacer un último acto de altruismo. Se le concedió una beca en una universidad privada que contaba con preparatoria incorporada en la parte norte de la capital del país. En una pequeña ceremonia con el secretario de educación y otros personajes destacados que pudieron ir a Oaxaca le dieron un reconocimiento a Pepito y este evento fue televisado en cadena nacional.

Cuando todo acabó, la madre de José quien se mantuvo a raya desde el inicio le dijo sinceramente a su hijo.

-Tienes una beca, ¿y, dónde vas a vivir, quién te va a llevar a la capital, quién te dará de comer y comprará tus útiles, ellos pagarán la colegiatura sí, y luego? Don Ponciano me dijo que eso es lo de menos, que las hijas de un hermano suyo estudian en la capital en una escuela como esa y gastan en un mes lo que nosotros en cinco años, hijo… ya estuvo bien de este juego de ser famoso, vete a marcar vacas y acá déjame ese papel que te dieron.

No tuvo cómo refutar las palabras de su madre, no podría hacer más, todos lo habían sabido, incluso quien le dio el documento que avalaba su beca, que no tendría forma de hacerla válida.

-Educación de alta calidad… -pudo haber dicho el presidente ante la historia de ese niño.

-Señor, muchos niños no tienen casa cerca de las escuelas.

-Ah no, si no tienen casa, entonces no hay educación.

Empezó un nuevo sexenio lleno de revuelo nacional, la gente estaba tan decepcionada de lo que aún algunos quieren llamar democracia que nadie pensó en los más necesitados. Pepito fue olvidado como la cortina de humo que desvió la atención de los últimos escándalos de aquel mandatario quien lo vio como una herramienta para limpiar su imagen deteriorada, y su madre colgó como recuerdo en la pared el certificado de su beca que estaba cerca de caducar.

José supo después que no hay ingenieros en tractores, que no hay una carrera universitaria que se llame tal cual así, sino que tendría que haberse especializado una vez que concluyera cinco años de estudio tras otros tres de la preparatoria a la que nunca pudo ir.

De adulto es ahora comerciante de harina de nixtamal, y cría algunos borregos, de más joven aprendió que la vida es la mejor escuela y siendo mozo de una serie de agricultores y ganaderos adquirió de esa manera lo que le sería verdaderamente útil a quien nace en tierras lejanas, por último jamás quiso saber nada de aulas y libros, razón por la cual a la fecha decidió mantenerse soltero.