"Penitente", Aytana

23.10.2013 20:29

 

 

 

 

 

 

PENITENTE

 

Así pues, hombre, quienquiera que seas, mira

ese último fin que es tu muerte

y el polvo que se adueña de todo hombre que ha nacido de mujer

pues así como salió desnudo del vientre de su madre

también desnudo volverá a marcharse como vino.

 

James Joyce, Ulises

 

Una ciudad sin música, sin armonía despierta lamentos, se baña de súbito en lágrimas. Con la atípica melancolía que irradia en cada rostro, se advierte el sentido del silencio que convive en las calles, en busca de una razón y se convierte en la esencia de muchas respuestas, mientras desandamos cada rincón o callejuela: pequeños monopolios que _a simple ojeada_, se muestran impecables.

Hacia el fondo, arriba o en dirección de cualquiera de los puntos cardinales se descubren estas mismas ciudades, que cobijan oleadas de desplazados como pecas repletas de anuncios muertos, ciudadelas desbordadas donde también vapulean sus miserias sin escrúpulos. Ciudades que atesoran vándalos, homicidas, fugitivos e hipócritas melosos. Si bien baste, en ocasiones, sonreír y simular contento ignorando la hecatombe cercana, entonces, aquella tarde pude ver _en el rostro que nunca antes me detuve a contemplar_ un halo de aflicción. Aquel cuerpo de baja estatura cada día se inclinaba más sobre la puntera de los carcomidos zapatos que algún día tuvieron consistencia y color.

Estaba ahí. El viejo Jacinto, formando parte de las miserias que no todos alcanzan a conocer, aquellas que están frente a los ojos y, no pocas veces, se ignora. Dicen los más viejos del pueblo que desde hacía más de veinte años nadie le escuchaba pronunciar palabra alguna. Ahora estaba frente a mí. Casi se arrastraba, sostenido por las piernas convertidas en sendos grilletes que le aprisionaban por la hinchazón de los tobillos. Se pisaba los bajos de los pantalones corroídos. Las rodillas sangraban por las fisuras de la tela que permitía ver con facilidad cualquier parte del cuerpo envejecido tempranamente. Los zapatos despegados y anudados por ariques. La camisa mugrienta desprendía los pedazos por la espalda. Solo dos botones se empeñaban por sostenerla sobre el cuerpo, donde las visibles llagas dejaban la muestra inequívoca del tiempo alejado del aseo. En el cuello, los vestigios propios de los años permitían aliarse a la suciedad en una especie de cordones macerados. La barba verdosa donde convivían con especial solemnidad las liendres, y entraban y salían los abundantes y traviesos piojos. Una tos persistente complementaba el movimiento arrítmico y hacía posible saber _al verlo recostarse en el portal de alguna vivienda o antes de internarse en el cementerio_ que aún respiraba. En realidad, no resultaba preocupación para nadie si el viejo Jacinto comía o bebía. Los charcos, como pequeños oasis en las calles, proveían el líquido ingerido en tiempos de lluvia y, durante la sequía, algún salidero de agua potable o de cloaca.

El silencio durante años le resultó el peor verdugo. La comida que iba a buscar cada tarde _cuando las primeras sombras se apoderaban de la ciudad _ en los latones de basuras, era su único bocado. Jacinto vagaba sin que nadie reparase en él, a menos que su proximidad hiciera taparse las narices. Él, a su vez, levantaba la cabeza en la puerta del cementerio, e iba directo al lecho donde yacía su padre. Se dice que bien avanzada la madrugada sostenía largas conversaciones, en medio de las cuales se culpaba sin descanso y se hincaba sobre la tierra, y pedía perdón hasta que se agotaban sus fuerzas.

Incluso, en las noches de luna llena, cuando se paseaba, como de costumbre por los alrededores del pueblo, era como si hubiese sido poseído, tal si alguien cabalgara sobre su cuerpo y galopara sobre su espalda. Dicen que podía escucharse el sonido de cadenas y látigos sobre la piel y que las heridas sangraban hasta el día siguiente. Dicen los de mayor visión que un guerrero con una hoz en una mano y en la otra una fusta, hacía de él cuanto deseaba. Pero, por mucho que se empeñaba en emitir palabras, su voz no correspondía al esfuerzo por escapar del castigo. Aquel silencio le nacía del fondo de su conciencia y, aunque sabía que podía expresarse, sólo en su casa de la necrópolis era hablante. Dicen que allí dejaba a un lado la mudez que le paralizaba, para entonces comenzar a reflexionar sobre su pasado. Jamás tuvo un sueño tranquilo. Otros, en cambio, aseguran que Jacinto no ha podido dormir en muchos años, que las culpas sobre la conciencia le impedían conciliarlo. Que una deuda con algún alma poderosa le hacía vagar en las noches cuando la tranquilidad se apodera de la ciudad. Lo tristemente cierto era que Jacinto conservó su dignidad hasta el final de sus días. Nadie le vio pedir algo. Lo consumido era resultado de sus propias gestiones.

Una mañana de septiembre, en medio de la glorieta del parque una silueta de rodillas, y de cara al sol, se sostenía sobre vidrios, de ellas brotaba la sangre por copiosos canales, dejando un rastro púrpura que despertó la curiosidad al verle caer de bruces.