"Ouija: una réplica del tablero original, pero con el contacto verdadero", Jhusun

23.10.2013 21:21

 

 

Karen no se atrevía a reconocerlo; ya pasaba del mediodía y ni siquiera un mensaje había entrado a su celular felicitándola por su cumple. Ella decidió no ir a la universidad porque sus amigos podían presentarse en su casa con regalos y otras cosas para preparar una fiesta. Pero nada.

—Tranquila mi niña —trataba su mamá de amainar la situación—, en cualquier momento pueden tocar a esa puerta.

—Pero ni una llamadita mami…

Golpes de la aldaba interrumpieron su frase ¡Allí estaban sus amigos!

La alegría hizo llorar a Karen mientras habría los regalos; y todavía no le habían dicho lo mejor:

—Tenemos organizado un paseo por el bazar de las adivinaciones hasta las nueve de la noche; después, cerca de las diez, se nos unirán los demás del grupo en una discoteca del boulevar.

Sin hablar continuaba Karen sentada en el sofá.

—¡Arriba cumpleañera! —la incentivó su mamá al mismo tiempo que colocaba en su cuello una cadena plateada con un hermoso crucifijo que figuraba entre los regalos.

Muy alegres entraron todos a la feria de las adivinanzas: cartománticos, hipnotizadores, lectores de manos, adivinadores con caracoles, con dados, con el polvo mojado que se queda en la taza de café; en fin, cualquier tipo de predicción podía encontrarse allí.

El grupo de muchachos se hacía cada vez más pequeño según cada cual se decidía por alguna especialidad de profecía.

Karen y su novio Alejandro caminaban y miraban sin decidirse a entrar en este o en aquel recinto. Un anuncio algo escondido llamó la atención de la joven: «Ouija: una réplica del tablero original, pero el contacto es verdadero».

—Vamos Alejandro, nunca lo he hecho —le dijo Karen señalando la puerta.

Apenas dos metros los separaban aún de la entrada cuando salió una mujer ya mayor y tomó a ambos de la mano:

—¡Precisamente a ustedes esperaba!

—¿A nosotros?

—Alejandro y Karen, ¿no es así?

Los dos se dejaron arrastrar sorprendidos, cómo esa mujer sabía sus nombres; por qué dice que los esperaba precisamente a ellos.

Sin darse cuenta, ya estaban sentados junto a tres personas más; dos mujeres y un hombre, alrededor del tablero de ouija. La mujer que había salido a buscarlos fue la primera en hablar:

—Ya tenemos aquí la otra pareja que exigían las almas que llamábamos. Volvamos a convocarlos —dijo mientras le indicaba una disminución de la iluminación en el lugar a la persona que, sentada detrás de una cortina la auxiliaba.

—¡No por favor, no se vayan! —casi suplicó la otra mujer ante el intento de Alejandro para ponerse de pie. Aunque ella no sabía que la misma Karen lo estaba sujetando.

—Recuerda que es mi cumple —casi le susurró.

—Tómense de las manos —dijo la que los guiaba en el tablero—; debemos lograr una concentración y una relajación colectiva a fin de conseguir una abstracción mental total del mundo que nos rodea.

Después, a una orden gestual de ella, todos colocaron muy suavemente su dedo índice sobre el master colocado en el centro del tablero.

La anfitriona lanza la primera pregunta:

—¿Ya están con nosotros?

—fue la escueta respuesta del tablero.

Las lágrimas comenzaron a correr por el rostro de la mujer a medida que se extendía la conversación con sus padres, su esposo también lloraba; hasta que al fin ella se decidió a indicar la pregunta que tanto temía:

—Quiere saber el motivo del suicidio.

Maltra

Alejandro interrumpió la respuesta levantándose bruscamente. Otra vez es Karen quien lo hace entrar en razones:

—¿Qué te molesta mi amor acompañar a esta pareja? Yo creo que lo necesitan mucho. Ponte en el lugar de ellos.

—¿Tú crees que yo voy a preguntarle algo a un pedazo de tabla?

—No tienes que hacerlo. Solo estar presente, los padres de esa mujer que está llorando lo suplican.

—Pero por qué nosotros.

—Vamos cariño, qué te pesa hacerlo —por los hombros Karen lo empujaba a la silla.

De nuevo los cinco sentados, la persona sensitiva los interroga:

—¿Recuerdan lo preguntado?

Sí.

—¿Entonces…

Que hable mi hija —solicitó la ouija.

Todos miraron a la mujer, y esperaron hasta que indicó la pregunta:

—¿De verdad eres tú mamá?

Dos títulos de canciones infantiles dieron la confirmación solicitada; y entonces fue ella quien tuvo que ser sujetada por el esposo, prácticamente desmayada.

—Vamos a esperar veinte minutos para continuar —indicó la guía del tablero.

De nuevo Alejandro intentó sacar a Karen de aquel lugar misterioso, pero ella lo «obligaba» recordándole de su cumpleaños.

—Empezamos, coloquen muy suave los dedos —dijo la mujer orientando a las dos parejas— ¿Seguimos preguntando? —esto lo expresó dirigiéndose a la ouija.

El master no se movía, y la anfitriona repitió la pregunta. Nada.

—¿Algún espíritu nos acompaña ahora?

Sí.

—¿Se le puede preguntar? ¿Quién puede hacerlo?

Si. Alejandro puede.

Karen sintió una presión fuerte sobre sus pies, solo a eso atinó su novio, que no se atrevía a decir una palabra.

—¿Qué quieres saber Alejandro? —indagó la rectora de la mesa.

Total silencio, el joven no hablaba. Entonces el master comenzó a rodar en orden por encima de los números.

Uno, dos, tres, cuatro, cinco. Uno, dos, tres, cuatro, cinco. Uno, dos, tres…

Karen noto como sudaba y temblaba su novio; entonces hizo una señal para saber si podía ella lanzar la siguiente interrogante.

Puede, por ahora…

—Ella pregunta si te conoce.

No.

—Alejandro quiere saber si eres su tío —cuestión indicada a la rectora por Karen al leer una nota escrita por su pareja.

Sí.

Él tuvo que ser advertido por la guía del tablero porque su dedo apretaba demasiado el master y su tío podía irse.

Indagó por el tío porque, a pesar de no conocerlo supo, por historias familiares, de las malas formas y el carácter negativo del hermano de su mamá, que reflejaba dando golpes en la pared mientras contaba, ¡siempre hasta cinco! Alejandro nunca lo vio porque murió en la cárcel. Condenado por violar y matar a dos niñas.

—¿Qué quieres? —fue la escueta pregunta del muchacho.

El perdón.

Nuevamente se quedó el novio de Karen sin palabras, su cuerpo continuaba temblando. Y otra vez ella preguntó:

—¿Crees que sea él quien deba perdonarte?

Yo… —dejó de moverse el master—. A mi lado piden hablar con Karen; adiós.

La «festejada» abrió asombrada los ojos, le dio un beso a su pareja y con miedo encogió los hombros indicándole a comunicadora que preguntara quién la solicitaba.

La gatica de peluche —fue la respuesta.

—¡Martha! —¡no podía ser! Era su mejor amiga y así se llamaban entre ellas, pero muy, muy confidencialmente. Al extremo que ni siquiera Alejandro lo sabía; y por eso le preguntó a su novia.

—¿Qué Martha?

—Sí Alejandro, la misma que entró a consultar su futuro en la primera sala de cartománticas por donde pasamos —casi al mismo tiempo ambos indicaron la pregunta.

—¿Qué haces aquí, o ahí, o dónde sea?

Conmigo están Anita, Fátima, …—la ouija mencionó a todos los amigos que fueron con ellos a la plaza de las adivinaciones.

Entrados en pánico salieron Karen y Alejandro corriendo.

Se asombraron al salir y percatarse de que era totalmente oscuro: pasadas las nueve de la noche.

En la funeraria, ya de madrugada, alguien les explicó cómo habían pasado las cosas: sus amigos, al no encontrarlos en la feria pensaron que ellos se habían marchado y decidieron irse para no llegar tarde a la disco.

El accidente fue prácticamente cuando salían, el grupo completo fue chocado por un ómnibus al tratar el chofer de evitar el impacto con un jeep que había violado la luz roja del semáforo.

Transcurrida una semana se presentaron Alejandro y Karen en «Ouija: una réplica del tablero original, pero el contacto es verdadero».

Necesitaban hablar con sus amigos.