"Otros tres cochinitos"

11.05.2014 21:38


Había una vez tres hermanos cerditos que cuando cumplieron la mayoría de edad, podían entonces disponer del dinero que les había dejado en herencia el abuelo Cola torcida. Los padres de Orejas redondas, Pezuñas negras y Hocico grande decidieron que el momento sería oportuno para empezar a labrar con ese capital su futuro, además de que debían dejar el lecho materno e independizarse.
─Yo quiero irme a la Universidad Mundial para Cerdos a estudiar arquitectura ─dijo Hocico grande, sus padres: los señores Lomo moteado, asintieron orgullosos, porque él era su hijo más sensato y aplicado, así que lo veían sin duda alguna como un futuro gran profesionista.
─A mí lo que me interesa es escribir libros de cocina, con mi gran apetito y recetas inimaginables, podría probar trabajar mientras en el comedor comunitario, y deleitar a propios y extraños ─mencionó Orejas redondas, el del hambre voraz.
─Y yo preferiría volverme guardabosques, me iré a las faldas de la montaña a vivir y aprenderé de la naturaleza para vigilar y cuidar las áreas verdes ─completó Pezuñas negras, el defensor de la vida silvestre y que de los tres, era el menos apto en la escuela.
Está de más decir que cada hijo planeó su movilización, al cabo de un mes dejaron a papá y mamá Lomo moteado, la madre les agitó su pañuelo con dolor, y con especial pesar a Hocico grande a quien le regaló el último modelo en computadoras portátiles con todos los ahorros de su alcancía de hombrecito.
─Se han ido ya, con la computadora colgando al hombro uno, con el cazo bajo el brazo el otro y con un hacha el último, difícil pensar que son tan diferentes… ─murmuró papá.
─Yo tengo la impresión querido, de que Hocico grande tarde o temprano será quien tenga que apoyar a sus hermanos, es que ellos son tan inmaduros y perezosos, con tal que no volver a abrir los cuadernos y esforzar su mente, se buscaron hacer algo tan burdo: ¿montañés?, ¿qué volvimos al siglo XV?, ¿cocinero?, ¡si para eso son las esposas! ─metió sus pezuñas al delantal y se vio cobijada por el brazo gordo del marido.
─Seguro el tiempo les dará una buena lección…

Hocico grande entró en la universidad y se quedó a vivir temporalmente en el dormitorio, mientras que en los fines de semana empezó con la construcción de su casa, no le importaba gastar toda la herencia, pues un hogar era el patrimonio de cualquier animal, y él además, se encargó del plano tal y como lo aprendía en sus clases. Para su tercer semestre de carrera tenía ya una bella casa de ladrillos. Su madre le obsequió cortinas que ella misma había hecho y manteles que bordó, hasta aquí todo iba bien.
En vacaciones de invierno los tres hermanos decidieron reunirse porque tenían ya meses sin verse, hicieron un lugar en su agenda y acordaron quedarse en la casa más próxima al hogar de sus padres, porque Orejas redondas y Pezuñas negras estaban cansados de que cada vez que iban al hogar de sus papás, los atormentaran con preguntas acerca de si podían solos ganarse el pan con sus pobres estilos de vida.
─Vengan a mi casa ─dijo Orejas redondas─ es de paja para que por aquellos espacios entre las paredes llegue el aroma de mis ricos guisos, he completado ya un recetario con más de ochenta platillos, y muchos niños me alaban los postres, como el pastel de trufas dulces y la gelatina de residuos de granja ─Pezuñas negras sonrió de acuerdo porque tenía tiempo sin probar otra cosa que no fueran setas silvestres, cieno, frutas y alguna trufa que desenterraba en sus excursiones. Pero Hocino grande no estaba convencido y de inmediato lo hizo saber.
─¿Casa de paja?, ¿en serio?, y seguro cuando llueve tienes goteras.
─Claro hermano, el agua que se filtra del techo es la más adecuada para hacer la sopa de menudencias ─dijo el aludido.
─No discutan ─sugirió Pezuñas negras─ si quieren vengan a mi casa, es de varitas de madera, es resistente, da muchos hongos y siempre huele siempre a pino, a veces le salen retoños a las ramas y esas me las como cuando ando descansando, este año he salvado media hectárea de unos hurones leñadores y ya están incrementándose el número de águilas blancas porque nadie destruye sus nidos si estoy yo para protegerlos.
─Hermanos… ─mencionó con tono de decepción el cerdo estudioso─ bien, bien, ya hay más árboles, la madera servirá para las construcciones que más tarde edificaré, pero seamos realistas, ¿casa de madera?, ¿y no se apolilla?, y seguro se llena de salitre con facilidad y ha de crujir el piso constantemente. Vengan a la mía, ladrillos por todos lados, una chimenea y paredes con molduras.
─Vaya, te ha de haber costado una fortuna ─dijo el hermano cocinero.
─Sí, pero valió la pena cada centavo, de modo que ya quedamos, comemos en mi casa y… yo no sé preparar nada porque para eso tengo una madre que cada semana me manda comida, de modo que… Orejas redondas, ¿traes las viandas?
─Sí, haré tantos platillos buenos que necesitaré ayuda, mi sazón es incluso, mejor que la de mamá ─y se ruborizó─ Pezuñas negras, ¿me ayudarás a cargar mis mejores ollas?
─Claro, paso por ti y me das todo lo pesado ─se puso las patas en la cintura y no se contuvo el presumir que era el hermano más fornido por la vida ruda que llevaba.

  De modo que una tarde nublada de sábado, Orejas redondas con su nuevo mandil recibió a su hermano Pezuñas negras con un vehículo de tracción personal, una carreta jalada por su gran fuerza.
─¿No te cansarás mucho hermano?
─No, ¡qué va!, en esta belleza que yo mismo hice con el mejor roble me he llevado a un oso que se torció un tobillo en un riachuelo, y a cambio de eso, cuando me lo encuentro a las faldas de la montaña me da un tarro enorme de miel.
─Si te quedó un poco dame, pudiera hacer unos panecillos con ella.
─Seguro…
Cuando los dos hermanos llegaron a la casa de ladrillos la admiraron en silencio, era bonita y roja, con buzón a la entrada en forma de casita, Hocico grande los recibió mirando ansioso la comida y las enormes ollas, pero no estaba solo.
─Lo siento, no pude resistirme a invitar a mi padres, después de todo es la primera vez que todos nos reunimos en mi casa. ─Los señores Lomo moteado miraron con curiosidad el vehículo de su hijo montañés, y sintieron pena de que no hubiese podido comprar una camioneta todo terreno usando su herencia, por otro lado la madre vio el delantal que llevaba su hijo cocinero y lo vio inferior a lo que ella misma hubiese podido confeccionar, no llevaba encajes importados, perlas de río o cintas de seda.
Sin importar nada que pudiera enturbiar la convivencia, entre los cinco hablaron del clima y que se acercaba un extraño tifón a la ciudad. Y como estaba de moda que a los huracanes y fenómenos climáticos se les llamara con un nombre propio, pues a este tifón se le había puesto “El lobo”.
─Ha empezado a descender la temperatura, y los vientos han arreciado, se podría decir que “El lobo”, sopla y sopla más fuerte ─dijo el padre mirando a través de la ventana.
Pero Hocico grande, ufano, como lo habían educado sus padres les dijo que no importaba que tan fuerte soplara y soplara “El lobo”, su casa era a prueba de lobos.
─No en vano gasté íntegra mi parte de la herencia padres, y valió cada centavo.
─¿Y no guardaste algo para los tiempos difíciles hijo?
─No mamá, porque saliendo de la universidad lo que me espera son los más grandes contratos de urbanización, por ello me compré hasta una bañera de mármol, para el más exótico fango de oriente.
─¡Qué orgullo! ─exclamaron los padres fascinados por esas palabras, sin duda habían valido la penas esas noches de desvelos elaborando planos y haciendo maquetas.
─Caray hermano ─dijo Orejas redondas─ sí que lo tuyo va para un gran éxito, y yo que nunca fui bueno para las matemáticas, pero eso sí, mis recetas nunca están pasadas de ingredientes.
─Y yo no pude dominar los trabajos delicados que tú presentabas en la escuela, yo solo puedo construir, pero con madera y clavos ─expresó con algo de añoranza el cerdo amigo de la naturaleza.
─Es la dedicación hermanos, hay que hacer sacrificios, pero bien vale la pena no ser perezosos y sí trabajadores, si todo sale bien me los llevo a mi primer proyecto, pueden encargarse de comprar materiales y de cocinar a los albañiles ─pese a sus buenas intenciones, había un dejo de soberbia en esas palabras.
La comida fue una delicia y todos incluso lamieron hasta el último gramo de setas dulces en los platos, aunque la madre lo hizo con gran disimulo. La lluvia caía salvajemente, aguanieve más bien, y se escuchaban estruendos desconcertantes de la calle, de pronto, vieron a los animales correr como locos frente a su ventana.
─¡El lobo, El lobo, sopla y sopla y nuestras casas derriba! ─cacarearon unas gallinas vecinas, cuyos hogares de lámina de plástico y mala gallinera ya volaban por todos lados. El caos juntaba a los animales en un sitio marcado como “punto de reunión” para catástrofes meteorológicas─. ¡Todos, al refugio, salgan de sus casas! ─Orejas redondas se puso su delantal y Pezuñas negras se colgó su mochila de viaje.
─¡Vámonos! ─gritaron los padres, pero Hocico grande se negó.
─Mi casa aguantará, que sople y sople lo que quiera ese condenado Lobo, no le tengo miedo ─y justo en ese momento una sacudida al suelo hizo que todos perdieran el equilibrio.
─¡Tiembla, salgan de prisa! ─dio la orden Pezuñas negras, quien sacó a la fuerza a su anfitrión, el cual, en estado de shock permaneció inmóvil, lo puso junto a su madre en la carretilla y con su fuerza descomunal los llevó a cuestas, el padre y su hermano cocinero lo siguieron tratando de emularle el paso y finalmente llegaron al refugio justo para ver cómo de la casa de ladrillos con molduras, solo quedó en pie la bañera de mármol.
─Si mi hogar se derrumbó, no quiero ni pensar lo que sucedió con los suyos, eran tan endebles ─dijo Hocico grande, secándose las lágrimas con su camisa.
─No importa, hijos, lo único valioso es que alcanzamos a llegar sanos y salvos al refugio ─y tras decir estas palabras la madre se sentó en el suelo con los demás animales, se recargó en su esposo y dejó salir un quejido de pena junto con una serie de injurias contra el Lobo que había sido más que feroz.
En ese momento, viendo a los animales tristes y a sus cachorros asustados, Orejas redondas le dijo algo al oído a Pezuñas negras, ambos se levantaron y procedieron a actuar, a la pregunta de “¿qué van a hacer?”, ellos solo respondieron con hechos.
─Este delantal me lo dieron en el comedor comunitario, aunque la tela luzca vieja se debe a que es aguantadora, y he sabido reforzarlo con tantos bolsillos secretos que llevo en ellos toda clase de condimentos y saquitos de harina, levadura, granos de elote, sal y azúcar, por ello voy a hacer panqueques de maíz. Cuando atiendes a animales pobres se aprende a actuar con muy poco y en donde sea que haya hambre.
─Y yo, en mi mochila traigo fósforos, un poco de carbón, alcohol, una lámpara y algunas plantas medicinales y vendas de algodón, haré un gran fuego para que les podamos dar a todos un té para los nervios.
Los señores Lomo moteado y Hocico grande miraban cómo tras dejar listo el fuego dentro del refugio, el cerdo de la montaña divertía a todo aquel animal cachorro en su carretilla, los traía de aquí para allá como en un auto fórmula 1, mientras algunas hembras olían celosas y sorprendidas cómo el sencillo y rechoncho cocinero preparaba oleada tras oleada de panqueques que cubría con una cucharadilla de la miel que Pezuñas negras le había prometido traer.

Un par de días después la familia entera fue a visitar sus antiguos hogares con la esperanza de salvar algo que no se hubiera llevado El lobo. La cabaña en el bosque se había incendiado, pues al parecer un rayo cayó justo en el árbol que daba más sombra al techo y de ahí se propagó el fuego.
─Al menos no les pasó nada a las águilas, todas se fueron volando cuando empezó la tempestad. ─Dijo el afectado. Después de visitar el hogar de los padres no encontraron más que escombros, y la fina bañera de mármol de la casa de ladrillos seguía ahí sobre sus cuatro patas. De la casa de paja no se supo nada, pues al llegar a donde alguna vez se había edificado, solo quedo un terreno en blanco, y a cada cincuenta metros había algún cucharón en el suelo.
─Al menos no le pasó nada al banco ─dijo feliz el cerdo cocinero─ alguna cuarteadura y ya ─después de todo no se podía comparar un edificio construida por profesionales consagrados, que el prototipo de casa hecha con los planos de un estudiante.
─¿Y eso qué tiene de importante? ─reclamó Hocico grande.
─Sencillo, tú habrás gastado todo tu dinero en tu casa, pero nosotros no, de otro modo, ¿por qué crees que usamos paja y madera?, no somos tontos ni flojos, quizá solo un poco tacaños, era barato y temporal, ahora sabemos que no hay nada como el acero.
─Exacto ─respondió Pezuñas negras esperanzado─ ya sé de qué voy a construir mi nueva casa ─entonces el cerdo arquitecto se dio cuenta de que estaba más que quebrado─ pero no importa, cuando dejemos el refugio con tu ayuda empezaré a levantar mi casa y te vienes a vivir conmigo para que mientras, sigas tus estudios.
─Y yo cuando tenga la mía con una cocina integral, me llevó a mis papás ─el cerdo cocinero tomó del brazo a su madre y sonrió, prometiéndole un gran banquete.
─Vaya que tal como dije, el tiempo nos dio una gran lección… ─murmuró papá.