"Olor a rosas", Amparo

04.09.2013 17:47

Observé a mi hijo en la cuna y comprendí el dolor que sufrió mi madre en aquel rosario de confusiones cuando perdió a mi hermana menor. Habían transcurrido muchos años, sin embargo en aquellos terribles meses no podría olvidarlo nunca.

De nada resultaron los carteles con los que cubrieron la ciudad, ni las pesquisas de la policía que las traían en un sobresalto de constante vigilia y pocas noticias. Pasaba el tiempo y ya no quedaba un rincón donde buscarla. Nadie daba razones.

_No te aflijas, mamá, seamos positivas. Verás que aparece.

_Deja de engañarme. -Suplicaba llorosa- Presiento que nunca regresará del colegio.

Menos mal que el efecto de las pócimas, la dormía. Cada noche, iluminaba imágenes, ofreciéndoles novenas e insólitas promesas. Mantenía el plato vacjío y la silla desierta de mi hermana porque eran sagrados. Veneraba su foto como si fuera una divinidad.

_¿Cómo se le ocurre preguntarme si tenía enemigos? Tan sólo era una niña. -manifestaba llorosa a las preguntas de los detectives- No debía nada a la justicia. Van a volverme loca con sus absurdas y estúpidas conjeturas.

_Si aún vive cuánto estará sufriendo la pobrecita. -De inmediato me arrepentí de que se me escaparan esas palabras. Sentí la mano de mi madre sobre mis labios y el sabor a sangre en la boca.

_Que sea la última vez que digas eso. Tu hermana está viva y algún día entrará por esa puerta. Ya lo verás.

Dos años de tiempo silencioso me hizo perder las esperanzas, pero entonces mi madre comenzó a comportarse de una manera extraña. Servía el plato a mi hermana pidiéndole que lo comiera todo porque había regresado muy delgada. Preparaba su baño y sus uniformes siempre los mantenía listos para el cole. Hablaba con ella como si estuviera de verdad en casa.

Mi tía y yo la llevamos casi a la fuerza al psiquiatra. Nos dijo que estaba padeciendo el síndrome de la ausencia y que todas esas reacciones sólo estaban en su mente.

Las píldoras la mantenían medio embobecida, en un sopor en que apenas podía sostenerse, pero la situación volteó hacia mí, no lograba estar tranquila en las clases del instituto. Me parecía escuchar la voz de mi hermana constantemente.

_Amparito, por favor, ve al desguace.

Por supuesto que no hice caso o caería en la misma situación que mi madre.

_Esto no puede estar pasándome. -Me repetía. Sin embargo. empecé a verla con su uniforme caminando frente a mí y volteándose por tramos para repetirme lo mismo: que fuera al desguace. Se lo conté a mamá.

_¿A cuál de los desguaces? Hay varios en la ciudad. –Razonó mi madre- Pregúntale cuando vuelvas a verla. Desde que me están drogando no consigo la comunicación.

Visitamos todos esos lugares y no encontramos ni un detalle que nos indicara nada. Mantuvimos la duda hasta que una calurosa tarde la policía nos trajo la noticia. Encontraron una fosa colectiva cerca del desguace que quedaba en las afueras de la ciudad con cadáveres de jóvenes a las que les habían extirpado varios órganos. Entre ellos se encontraba el cuerpo de mi hermana.

Después del entierro nos sentimos más aliviadas.

Estábamos sentadas en la sala, descansando del trajín de ese día, cuando una ráfaga de aire fresco nos trajo el olor a rosas, el perfume que siempre utilizaba mi hermana. Al momento escuchamos que se cerraban de un golpe las mámparas de su cuarto, tal y como lo hacía cuando estaba molesta. Asustadas corrimos a su habitación.

_Cálmate, mamá, puede ser otra de tus figuraciones.

_Pero tú también la oíste.

Entramos al cuarto y volvimos a sentir el mismo aroma. Un escalofrío nos estremeció. Nos abrazamos sin pronunciar palabra con la vista fija en la cama vacía donde comenzaron a arremolinase las sábanas mientras el colchón se hundía como si alguien, cansado, muy cansado, se acabara de acostar.