"Nunca mais", Gallego 13

15.11.2013 12:32

Durante aquellas Navidades, el vómito del Prestige derramó la nausea por las playas de Galicia y los televisores de medio mundo. Una nueva peste que agregar a los hitos del siglo recién estrenado. La imagen de los marineros con las manos en los bolsillos, de pie frente al mar, sin más recursos que el lamento inútil, realzaba el dramatismo de la situación. Ante sus ojos, el litoral cubierto por el manto de chapapote, la marea viscosa y oscura que trae el anuncio de las peores tempestades. Había que arrancarlo. Palada a palada. Pella a pella. De vez en cuando, un animal muerto.

. Nadie contaba con la fraternidad de una juventud tildada de apática y egoísta, con la espontaneidad de unos corazones sin más empeño que la ayuda desinteresada. La costa, sin embargo, recogió el contagio de la vieja utopía. Javier fue uno de tantos en escuchar la llamada solidaria. La dureza del trabajo y la incomodad de los días de lluvia y viento no rebajaron la ilusión

 Laura ya estaba allí. Al término de la primera jornada, ella recogió con una sonrisa su inmaculado traje blanco, negro de chapapote. Una razón más que suficiente para espantar el cansancio de una tarea tan ardua. Después Javier le ayudó a ordenar en el almacén los materiales que traían de las playas.

Fue el principio de una historia de amor tan breve como intensa. Dos semanas en las que cabía toda una vida arropada por la nube del sueño. Si no se juraron amor eterno fue porque ambos conocían la fecha de caducidad que impone lo accidental. Una grieta en el mapa de cientos de kilómetros se abría ante ellos.

       Antes del regreso, tomaron el día libre en Santiago. Como despedida. Como brindis por el paréntesis de solidaridad y amor. Sentados en la terraza del bar, rendían el tributo del éxtasis ante la fachada del Obradoiro.

 A su lado, una valla publicitaria exhibía el cuerpo desmadejado de una adolescente anoréxica. Los ojos de la joven de la fotografía mostraban una alegría fingida. Había algo en la mirada de la modelo que anulaba la máscara de la sonrisa. Javier lo sabía El recuerdo permanente de su hermana pequeña, apenas cumplidos los dieciséis, escocía ante la foto. Bajó la vista hasta el rostro de Laura: los pómulos pronunciados, la piel tersa y pálida, el cuerpo seco, casi esquelético.

       -No has comido nada en todo el día, le dijo.

       -Me duele separarnos.

       El laconismo de la respuesta no podía ocultar el intento de justificación. La mirada regresó a la valla. Ya no veía sólo a su hermana. Una sucesión de rostros se superponían en la serie de fundidos que anunciaba una película de terror. El de Laura, finalmente, aparecía con toda nitidez. Ella adivinó sus temores.

       -No te preocupes, contestó. Confía en mí.

       La fe costaba un esfuerzo. Sabía de la inutilidad de las palabras solas, de su facilidad para la huida. El viento puede arrastrarlas al primer soplo y con la misma desenvoltura que se llevará su cuerpo a la menor distracción.

-¿Has visto la pegatina?

Laura giró la cabeza. La noche anterior habían asistido a una manifestación por las calles de Santiago. Miles de gargantas, miles de “Nunca mais” Una consigna extendida por toda España. En la diagonal de la fotografía, alguien había colocado un adhesivo con el slogan, como una exigencia.

       -En el chapapote ya hemos aportado nuestro granito de arena.

       -De lo otro me encargo yo.

La firmeza de la voz de Laura parecía capaz de desvanecer cualquier duda. Sonaba a reto, a promesa, a juramento.

       Como prueba tangible y evidente, se prestó al recuerdo de una fotografía junto a la valla. Su rostro lucía más bello que nunca, escoltado por el cuerpo de la modelo y la pegatina de “Nunca mais”. Una especie de sortilegio ante los desmanes de la moda.

       Barcelona y Sevilla quedaban demasiado lejos para un encuentro. Echaron mano de Internet y el teléfono para mantener  la relación amistosa durante un tiempo, antes de que cada uno de ellos fuera devorado por la ausencia de esperanzas.

       Tres años más tarde, Javier bajó hasta las playas andaluzas con unos amigos. Sevilla, a tiro de piedra, se presentaba como una ocasión de oro para el abrazo. Laura, otra vez. Evitó el anuncio de su llegada por la emoción de la sorpresa.

 El taxi lo dejó bajo las sombras del Parque de María Luisa, a las puertas de su casa. En su pecho acelerado, los golpes sonaban con el eco del Obradoiro. Nadie, sin embargo, respondió a la insistencia del timbre. La desilusión lo llevó al ascensor y de nuevo al calor tórrido de la tarde de verano. Apenas cuatro turistas de pieles enrojecidas desafiaban la calima. Miró a un lado y a otro. Una cerveza en el bar cercano hizo más llevadera la espera inevitable. Porque no estaba dispuesto a renunciar a aquel abrazo.

Con el sol y la paciencia cercanos al horizonte, la vio pasar por delante de la puerta. ¡Laura! ¿O no era ella? Los ojos entrecerrados por el aburrimiento se abrieron a la ilusión del reencuentro soñado.

       Laura -sí, era ella, seguro, los andares la delataban-, cruzaba la calle con el semáforo ya en rojo. Mientras seguía sus pasos rápidos, Javier notó la punzada de la decepción en forma de nudo en la garganta. La vio entrar en una tienda de ropa. Cruzó la calzada a toda prisa y desde la acera, oculto tras los pantalones del escaparate, contempló la figura de Laura a dos metros de sus ojos. De aquella mujer hermosa sólo quedaba una piel blancuzca pegada a un saco de huesos. Dejó caer una lágrima de amargura, huérfano de valor para el reencuentro.

       Tras las vacaciones, regresó a Barcelona. La imagen del esqueleto de Laura aparecía cada noche y en cada sueño, como una pesadilla multiplicada. Buscó en la colección de fotos. Allí estaba, sonriente, retando a la anorexia. Ahora, había perdido la batalla. Como su hermana pequeña. Escaneó la fotografía y la envió en un e-mail urgente, sin un comentario.

       Cada tarde, a la vuelta del trabajo, abría el ordenador con la esperanza de una respuesta. Nada. Quizás ese silencio fuera una forma suave de decirle que no se entrometiera en su vida, que la dejara tranquila, pensó. Una capa de olvido, negra como el chapapote, acabó por enterrar la memoria de aquella visión descarnada.

       La sorpresa llegó unos meses más tarde. Un mensaje sin texto, con un archivo jpg adjunto. Al abrirlo apareció la figura de una mujer de cara sonrosada y cuerpo recuperado. La misma sonrisa gallega. La misma determinación que ante la fachada del Obradoiro. En la nueva fotografía,  bajo la pegatina del nunca mais, una sola palabra: GRACIAS.