"Nulificación del campo cuántico", Tecnomago

26.07.2013 10:14

Viajaríamos al sur de la ciudad de Hermosillo y yo no sabía el propósito. Joseph repetía, enigmático: «sólo ahí encontrarás el verdadero reflejo de ti mismo». Sus palabras eran como viento oscuro, inertes. Lejos, los montes ceñían a la ciudad, y en ellos, los milenios se perdían entre el azar de las rocas. Callado, decidí ir con él: Joseph era mi maestro en la Facultad de Física, y tenía además algo de místico. Era un tipo contradictorio.

El viaje duró una hora y nos acompañó la música de Creedence Clearwater Revival. Ardía la inmensidad junto a la tarde, desbordándose el día ante la nada, mientras It came out of the sky sonaba en los altavoces. Circulando por el camino de terracería, llegamos a un pequeño y miserable caserío polvoriento en medio de la nada. Aparte de las humildes chozas, los enormes cactus y una multitud de arbustos espinosos eran los otros habitantes del remoto silencio. Al frenar, se levantó una densa nube de polvo. Unas personas asomaron de sus habitáculos —simples paravientos de hierbas secas, con conchas de tortuga caguama y ramas de ocotillo acomodadas encima—. Esas chozas eran algo así como túneles bajos de ramas entrelazadas. Quizás Joseph había extraviado el rumbo, pero no. Un tipo enorme, de casi dos metros, se acercó a nosotros; su rostro, enmarcado por una cabellera negra y lacia, poseía unas duras facciones. El indio seri levantó las manos a modo de saludo y miró a Joseph.

Ignorando mi presencia dijo «bien, ya llegaste. Bendito sea el aire que te trajo hermano», fue su expresión misteriosa. De las otras extrañas casuchas salieron más personas. Yo no comprendía nada. «Ahí traes un haaxt —un muerto—», dijo, refiriéndose a mi con tono despectivo, ante lo cual los demás miraron hacia todos lados, intentando ver tal mencionado espectro.

«Bueno, tráete ese iquíisax hipi hacx caap» —espíritu sin cuerpo que vaga perdido —, dijo el seri. Los otros, perdiendo el interés en nosotros, simplemente entraron en sus chozas. Joseph, bajándose del coche, dio un par de golpes sobre el toldo, y le abrió la portezuela al gigante. Con él abordo, enfilamos hacia más adentro del desierto.

En aquellos días yo me encontraba profundamente afligido, pues diagnosticaron una extraña enfermedad, era condromalacia fémur patelar, según dijo el médico, y se estaba degenerando —irremisiblemente—el tejido de mi rodilla. En mi articulación, un dolor espantoso no dejaba de punzar agresivamente. Era el origen de un quemante pozo de temores: ¿y si me convertía en un minusválido? ¿Tendría la fuerza para vivir lisiado? Contemplaba mi vida, oscuramente contrito y deshecho, huyendo del sufrimiento a bordo de este coche. ¿A dónde íbamos acompañados por éste tipo desconocido? Un anónimo desasosiego fluía en mí.

Luego de unos kilómetros, nos detuvimos finalmente en las faldas de una serranía.

«Ven, bájate», fue la seca orden de Joseph. El indio ya había descendido del vehículo y se alejaba con rápido andar. Obedecí, sin comprender por qué continuaba haciéndoles caso. El calor rozaba las piedras como un acorde en mi respiración. Ahí fue cuando vi al seri con más detalle: traía una serie de puntos y líneas pintados con vivos colores en el rostro, de oreja a oreja pasando sobre sus agudos pómulos y cruzando la nariz en horizontal. Posiblemente el hombre era algo así como un chamán, pero nunca había visto a nadie como él. Sus músculos estaban tensos como si estuviera a punto de saltar, pero una sensación de profunda calma emanaba de él. Avancé entonces, sin hacer caso a mi pierna lesionada y caminamos así, hasta llegar a un promontorio de rocas apiladas unas sobre otras. A la altura de la cabeza del indígena, en una piedra había un dibujo aparentemente muy antiguo. Era el petroglifo de un ave. Tal vez un águila del desierto. Era poderosa, arrobadora. Sin esperarlo, el seri me observó, como si se percatara finalmente de mi persona.

«Si, pues ya está aquí, míralo; pero todavía es un pinche cmiique itajc ptecpamlquim —un esqueleto errante—», murmuró de mi con desprecio, dirigiéndose a Joseph. Suspiró profundo y retomó el paso. Lo seguí, fascinado por algún influjo. Internándonos en un rocoso cañón, pasamos por entre millones de piedras sueltas y espinosas plantas de choya, cactus y matorrales, y subí como pude, usando una rama como bastón. En mi rodilla sentí como si una fría cuchilla cortara la carne a cada paso. Trepamos hasta una caverna, la cual era más bien una grieta en la roca fría. Afuera, el atardecer se cernía como lluvia de sangre, tiñendo la tierra. El hombretón sacó de una bolsita de piel, tres tubérculos, se llevó uno a la boca y entregándonos el resto, ordenó «cómanlo»: un intenso sabor vegetal amargo llenó mi boca. Tragué eso con esfuerzo. Silencio. Luego, el tipo extrajo de su bolsa un puñado de hojas secas y un agradable aroma de salvia llegó a mí. El indígena, con ceremonioso además, encaró uno de los petroglifos con el dibujo del sol y con cuidado metió las hierbas en una oquedad entre las rocas: era su ofrenda y al entregarla, vino a mí, agarrándome por lo hombros. Me dirigió hacia otro petroglifo, arrebatándome el improvisado bastón.

«¡Párate!», gritó. Mi cuerpo se quedó rígido como un palo: ante mí, el dibujo de un toro negro en la roca estaba como esperándome. «¿Pero cómo podría esto estar esperando mi llegada?», me pregunté ante esa sensación. En ese momento, el chamán me propinó un terrible golpe, impactando su puño contra mi espalda. La fuerza del impacto vació mis pulmones. La gruta se desvaneció, menos el petroglifo: el dibujo comenzó a moverse. Su poder brotó hacia mí. No era un toro, era un espíritu: el Búfalo de la Noche. La voz del chamán se escuchaba, entonando algo entre canto melódico y un hablar pausado; de su boca salía un torrente continuo de sonidos, cuyo significado no entendía, pero luego los

comprendí claramente. Ese era su hacátol cöiccoos, su canto de chamán:

 

«Hamíim e imac ano caap a him xoyáai ya,

hamíim e imac ano cmique him xoyáai ya.

Hant i yapxot cmique hamíime yapxot cmique siitax xoee.

Hamíim e imac ano cmique him xoyáai ya,

hamíim e imac ano caap a him xoyáai ya.

Hant i yapxot cmique hamíime yapxot cmique siitax xoee.

 

(El que está en medio del cielo me viene,

la persona en medio del cielo me viene.

La persona de las flores de la tierra,

la persona de las flores de cielo, irá allá). »

 

El hombre repitió el ensalmo durante minutos, quizás media hora, luego me agarró del brazo, empujándome hasta el suelo. «Tiéndete abrazando a la Tierra», ordenó y ahí me quedé, colocado boca abajo. Con el rabillo del ojo vislumbré la luz de un fuego: afuera de la caverna, Joseph había encendido una pequeña fogata, agitando rítmicamente una sonaja de concha de tortuga. Joseph y el chamán danzaban, siguiendo el sentir de la canción. Las llamas, deformes, parecían acompañarlos con destellos al unísono. El suelo se heló con ráfagas de viento ingresadas desde la noche. Todo parecía un gigantesco corazón, palpitando profundamente en cada elemento del mundo. En mi rededor, la noche adquirió presencia y poder. Percibí cómo las vibraciones del suelo se hicieron más rápidas, intensas. Era como sí varias personas bailaran, golpeando sus talones contra el duro piso de la gruta.

Escuché el largo sonido del grito de águilas en pleno vuelo. También sonaron manos aplaudiendo. Volteé hacia la entrada y vi a cuatro seres largos: sus brazos y piernas, eran exageradamente delgados. Danzaban delicadamente. Las cabezas, sin cabello, eran muy grandes. Su piel asemejaba al color de la luna llena, de un blanco como bruma. Sus ojos, si, sus ojos eran únicos: grandes, oblicuos y profundísimos, veía en ellos al universo.

Ellos eran en realidad uno. Era el Hant ihiyáxi cahóosit ziix coosyat —el Hombre del Extremo del Mundo que Canta y Otorga Poder—. Era aquél, el último de la raza de gigantes, habitante del mundo previo a los hombres. Era un ser no humano venido de no sé donde, llegado para ayudarme, bailando y cantando. Escuchaba la voz de mi corazón, tendido en el polvoriento suelo, cifrándome en carne y sueños.

El ritual siguió hasta el amanecer. Los seres invocados y los hombres danzantes prosiguieron, trenzando la eternidad con el instante. La música parecía una sustancia viva, tomando la forma de las cosas. Al llegar la luz, entendí: todo había sido una revelación. El sol remontó las cimas y el habitante del día, el Hant ihiyáxi cahóosit ziix coosyat, dividió en aquel desierto el tiempo en norte y sur, sanando mi pierna y mi alma.

Arriba, el águila giraba en el oro del sol.