"Notas para un zoológico"

21.07.2014 11:39

Había sido como una rama quebrada. Tal vez un animal que escapaba como él del olor de la guerra. Se enderezó despacio, venteando. No se oía nada, pero el miedo seguía allí como el olor, ese incienso dulzón de la guerra florida "

Julio Cortázar. La noche boca arriba

 

 

 

 

El personaje debería tener la cara de Gary Oldman, estar en la primera banca de un autobús y llevar en su mano izquierda un trébol que apretaría fuertemente cuando recordara a esa mujer (el pasado volvería en fragmentos cortados). Un escozor como miriápodo corroyendo sus venas pasaría por toda su frente, porque la hoja se la regalaron solamente para decirle que la estúpida cara de quien no quiebra un huevo, no era de su tipo. Debería apretar el puño tan fuertemente que la hojita se volvería una estela delgada corriendo por su brazo hasta pasar por su vestido y sus piernas. El color verde se volvería de un rojo inconfundiblemente oscuro, como si de repente, él tendría que cambiar el trébol por una avecilla que habría de recoger en el parque. Entonces comprendería que olvidó el trébol en la libreta de apuntes de otra mujer y que aquella ave era el regalo que tendría para aquélla (la otra). Volvería a recordar (los recuerdos lo asaltarían en fragmentos como quien recibe el azote un ave en vuelo) y todo sería entendido: el bus te distorsiona el sentido de pertenencia, se diría o debería decirlo para tratar de explicar el reguero de plumas en el piso y uno que otro salpicado en el vestido de la persona de al lado. La persona de al lado debería llevar un vestido blanco, notoriamente diferente al decorado del vehículo y también distinto al cromatismo de la ciudad, parecería una enfermera con una jaula de un hámster quien tendría una ruedita que no dejaría de seguir manejando como si su vida dependiera de este ejercicio estúpido y cíclico. Debería detenerse el autobús y ella tendría que dirigirse al Parque Central para liberar al animal y cumplir la promesa realizada a sus hijos y lo pensaría dos veces, tres veces, cuatro veces, porque de eso dependería su vida; la jaula se demoraría varios minutos para abrirse y el animal olería un poco el lugar, se detendría antes de dar un salto angustioso hacia el abismo de la libertad. Ella se santiguaría, y diría al mundo que es por amor a sus hijos y rezaría que aquello que lleva el animal no se propague por la ciudad. La mujer dejaría una huella (una forma de corazón) en el asiento del bus que pronto se borraría y se dejaría cubrir por el cuerpo — casi enrarecido — de otra mujer y un perro que entraría gracias a que el chofer es amigo. La señora no tendría ningún reparo en abrir completamente la ventana y dejar que la mascota asome su cabeza por la ciudad, los niños la verían, admirarían su pelito ensortijado y ella se sentiría orgullosa del pelambre. Pero el perro que no entiende de servidumbre ni mucho menos de viajar en bus a horas pico, abriría su hocico y dejaría una marca en todos los que esperan esa ruta. Habría un momento de silencio — porque siempre existen instantes donde es mejor callarse — y todo pasaría tal cual marejada de personas que pretenderían entrar y robar el can a la dama. La venganza no sería consumada y la mujer seguiría indicando con altivez su mascota hasta no darse cuenta que hace dos cuadras atrás lo que era su perro completo dejaba de serlo (pues el animal tampoco sabría leer y entender la calcomanía que indica "no sacar la cabeza cuando viene un bus atrasado").

 

Deberían limpiarse los buses en cada parada. Pero esto no sucede, así que las personas entran como si nada hubiese pasado. La persona de la banca de atrás llevaría animales consigo como signos reveladores de su estirpe. No debería tener la cara de Gary Oldman porque no lo conoce, es más, ni siquiera ha visto alguna de sus películas, ni ha soñado con vampiros ni asesinos, tan sólo ha entrado al cine para buscar algo de comer. Nunca ve las películas — eso no lo interesa — simplemente está para robarle a los demás lo que detestan ver en ellos y en los demás. Y sabría hacerlo, porque sus ojos detectan en la oscuridad la piojosidad de su víctima. Los animales habitantes de cabelleras son para este hombre su vida. Ha logrado controlar su visión y con ella la puntería. Está en toda estación, bus, misa de gallo, prostíbulos y salas infantiles. Va a cine a pescar, busca la subienda de piojos en cada reunión de hombres pues es quien alimenta a estos pequeños monstruos para que lo alimenten. Lleva piojos en su cabeza para que la gente lo reconozca y tenga ciertos privilegios como dos bancas para él y sus animalitos, y una buena limosna para no demorar su estancia. Podría ser alguien estimado pero no lo es. Tendría el deber de bajar en la rue de chien moche donde viviría a gusto.

 

Debería haber un puesto para mujeres bellas en forma circular para que los hombres las pudiesen contemplar por todos los lados; pero no los hay, para eso están los puestos de atrás. Ella — que posiblemente sabe su lugar — se situaría en la parte trasera. Tendría la figura de una actriz —como si fuese el caso nombrarlo —, se quedaría contemplando por instantes el exterior, y un hombre, que la miraría se pondría nervioso al principio y luego se sentiría orgulloso, porque creería que es a él quien mira y recostaría su cuerpo en el letrero de paradero para dar la impresión cinematográfica de galancete. Pero la mirada de ella va más allá en el prado detrás del hombre, donde un caballo blanco ha alargado su sexo. Ella recordaría — porque el encierro conduce a los recuerdos — como el hombre de sus sueños le hizo ver esa película donde una mujer tiene relaciones con un jamelgo. Ella le recriminaría, lo abofetearía con una fuerza tal que él entendería que el reclamo era verdadero. Lo ha maldecido desde ese momento y no por esa inoportuna estrategia amorosa — como si fuese el caso llamarla así — sino por la obsesión despertada por los animales, pues le es imposible mirar un caballo sin que la imagen de aquella película la asalte. Debería entonces el bus estacionar abruptamente, pues habría una hermosa mujer queriendo bajarse en estos instantes. Se dirigiría a ese prado y el hombre que la mira se alegraría al verla tan cerca, pero ella pasaría de largo. El debería saber que un galán nunca queda en ridículo por eso agarraría esta ruta de bus para disimular el desplante. Este hombre tendría una edad incierta (pues después de los treinta todos son iguales). Sobresaldría de él un tatuaje de araña que llevaría en el hombro. Por instantes disfrutaría del entorno del vehículo pero una comezón fuerte lo atormentaría. Sería una mosca que se habría posado en el tatuaje. La espantaría. Luego sería otra que estaría caminando en su hombro acompañada de otra gorda y verde como lágrima esmeraldina. Y empezaría una rasquiña en la piel. Ya no serían solamente dos moscas espantadas, sino seis repartidas en todo su brazo. Su posición cambiaría. Se dirigiría atrás del bus, evitando estar junto a cualquier ventana pues creería que de ahí entran estos animales. Pero ya la multitud de insectos estarían rodeando su cabeza. Habrían moscas en el asiento, en la barra donde cuelgan las personas, en el piso, en la ventana de emergencia, en sus manos. La pared del bus cambiaría a un color verdoso y a una sinuosidad de cuerpos que sería nauseabunda. Habrían moscas en el sombrero del personaje de enfrente, en el paraguas de la mujer de al lado, en el decorado del artefacto (pues hasta la perilla de cambios estaría llena de montículos ruidosos). Un momento de pánico lo asaltaría y tendría que gritar pero no lo haría pues las demás personas no parecen notar el cambio en el autobús. Le preguntaría al señor del sombrero si se ha percatado de esto. Aquél le diría que es muy temprano para fumar y él daría en el clavo, pues las moscas lo persiguen desde aquella ensalada con hierba(de la)buena. Saldría subrepticiamente pues no quisiera perturbar a los insectos. No le importaría bajarse en plena Avenida Libertad donde no existe alma alguna. Descendería despacio. Cuando su pie tocase el suelo saldría corriendo y con él todas las moscas como si el enjambre temiese quedarse sin dueño. Este es el basurero le diría una mujer a su hijo mientras le indicaría como taparse la nariz, y cuando ha pasado la fetidez, el personaje que debería parecerse a Gary Oldman subiría acompañado de una mujer. Ellos olerían a hediondez de aves, pues dos gallinazos los seguirían muy de cerca, volando a ras.

Esto debería pasar antes que el bus quedara incrustado en la pared del zoológico.