"Noche de brujas", Conde Willy

27.08.2013 13:16

Todos en el pueblo amanecieron alborotados y tenían sus motivos. En casi todas las puertas exteriores apareció un cartel con letras negras. Digo en casi todas porque en la mía no había ninguno. Pero en las otras la gente se aglomeraba comentando el contenido.

 

“HOY EL GRAN DÍA

REUNIÓN DE BRUJAS.

DESPUÉS DE CIEN AÑOS.

HA LLEGADO LA HORA”.

 

Y nada más. Intrigante ¿verdad? Aunque muchos lo echaron a broma, como Pedro que le comentaba a Martica. Ya quisiera yo agarrar a los graciosos esos. Si porque deben ser varios para poner tantos carteles.

 

Martica asentía mientras empujaba a Yasmani que con su mochila a cuestas se resistía a ir para la escuela. Quería estar en el jolgorio con los demás niños. Casi todas las madres tuvieron que llevarlos hasta la puerta de la escuela, y me imagino que allá los pobres maestros no podrían dar clases, con todos esos chiquillos “alebrestaos” como decían los viejos.

 

¡Señores!. Ese era Julito el policía; un hombre flaco a más no poder y con un pistolón colgándole de la cintura tipo vaquero americano. ¡Señores! Esto es una bromita pesá.

Miré el reloj y vi que era la hora. ¡Ah!, disculpen no me he presentado. Soy Walter, el profesor de Cultura Física y entre otras cosas trabajo con los abuelos del pueblo.

Cuando llegué al parque me sorprendí gratamente. Casi todos los abuelos estaban allí, las abuelas principalmente y lo alegre que se veían. No sé, pero tenían un brillo extraño en los ojos.

Hicieron sus ejercicios entre bromas y canciones. Parecían colegiales. Después muchas se quedaron en el parque sentadas o de pie, pero en grupos. La verdad todo muy extraño.

Me fui para el gimnasio a atender a los niños y allí pasé el día entre los ejercicios y los comentarios por los famosos cartelitos.

 

 

Ya en la noche, me acordé de que le había prometido a Ania, la abuelita de Yasmani llevarle una rodillera. Me encaminé hasta su casa y allí encontré a Martica muy preocupada.

 

Es mamá, no sé dónde se ha metido. Lo último que faltaba, que ahora coja arteriosclerosis.

En eso llegó Rolinda la vecina con cara de susto. Martica. ¿Mamá está aquí?

“También Tania”. Me dije. Lo que faltaba, primero los cartelitos y ahora esto.

No, no está aquí. Ni mamá tampoco. Mientras hablaba a Martica le corría una lágrima por las mejillas.

¿Tú tienes escoba? Me sorprendió la pregunta de Rolinda.

Claro chica. ¿Para qué tú quieres una escoba a esta hora?

¡No!, es que mamá por la tarde me la pidió y no la soltaba para nada y se la llevó.

Martica se quedó paralizada. Sus ojos decían que Ania había hecho lo mismo. Comenzó a temblar.

 

Decidí actuar. No se preocupen que yo las encuentro. Quédense aquí.

 

Al salir tropecé con Rolando. ¿Viste a la vieja? Salió hace un momentito y no sé dónde se ha metido y lo más extraño llevaba una escoba en la mano.

Otra más y por allá estaba Oscar buscando a la suegra y que la mujer se quedó cuidando al niño. Le pregunté por la escoba, pero no sabía de lo que le hablaba.

 

En ese momento recordé que en el parque mientras cuchicheaban todas miraban y algunas señalaban a la loma. Bueno no es una loooma, sino una pequeña elevación en la salida del pueblo. Tuve una corazonada.

 

Por poco llego a tiempo. Las últimas que quedaban eran Tania y Ania que ya se elevaban en el aire agarradas a sus escobas.

 

¡Adiós Walter! No te preocupes. Que nadie se preocupe. Dile a nuestros nietos que los queremos con el toda el alma. Regresaremos dentro de cincuenta años. ¡¡¡Nos vamos para Canarias!!!

 

Y subían de lo lindo, hasta que se unieron al grupo. Como era noche de luna llena las pude ver muy clarito. Hicieron zzzzzzz y se perdieron a lo lejos.

 

Y así fue como el pueblo se quedó sin abuelas. Porque se fueron todas.

Ahora los abuelos están averiguando cómo meterse a brujos. Porque la verdad que esperar cincuenta años es mucho. ¿No creen?