"Nieve", Aurelio

02.01.2014 12:53

Era la primera vez en cuarenta y dos años que nevaba en Cienfuegos.
Entró corriendo a la oficina. Envuelto en su bufanda, con unos guantes que no usaba desde la adolescencia. En su mente seguía jugando con esa posibilidad, con ese sueño repetido tantas veces. Salvar el mundo, ser el único hombre sobre el planeta capaz de hacer algo magnífico, algo fabuloso en un determinado momento.
No quería que encontraran ningún defecto en su plan. Hasta su hija lo había ayudado a pulir cada detalle. A contrarreloj debía ordenar todo en su trabajo, preparar las valijas, pedir el permiso correspondiente y viajar. Pronto su familia podría encontrarse con él. Y escapar de esa manera del infierno.
A la hora del almuerzo lo autorizaron a salir. Caminó bajo el frío de noviembre por la vereda, rumbo a la Oficina de Control Cerebral. Sólo tendría que llenar un par de formularios y nada más, cada uno de ellos con el membrete del gobierno cubano. Con muchas frases refrendando, una y otra vez, que todo lo que había en su cabeza era propiedad del régimen.
Hasta cada uno de mis pensamientos.
Pero sin ese papeleo burocrático no iba a poder subir al avión. Y su plan se quedaría sin ser conocido por nadie.

 

Hasta 2014 se había intentado de todo para aliviar la crisis mundial. Además del desempleo, las quiebras, los desalojos, la violencia, las enfermedades infecto-contagiosas, aparecía nuevamente la peor de las plagas: el hambre.
Los rescates, los montos millonarios y los subsidios para los bancos y grandes empresas no servían de nada. La gente continuaba agobiada por las malas noticias de cada día.
Terrorismo, manifestaciones y saqueos en las ciudades más importantes del mundo. Sequía, menos alimentos disponibles, poca energía, nada de combustible. Falta de insumos básicos, aluviones de personas famélicas robando cosechas, destruyendo alambrados para buscar gallinas, pavos, cerdos, vacas. No sólo en los países del tercer mundo. Europa y Estados Unidos estaban llegando a niveles nunca vistos de desocupación e indigencia. Las últimas esperanzas se desvanecían minuto a minuto.
¿Sería la suya la solución definitiva? Era una de las Cinco Ideas Finalistas del Concurso Mundial. La última alternativa de la ONU. Centenares de miles habían participado presentando todo tipo de proyectos. Brillantes, increíbles, absurdos… uno por uno fueron desechados casi todos.
Los impuestos a los animales domésticos, a cada kilo engordado por habitante, a los hijos, a los deportes y su televisación. El asesinato selectivo de otras especies. Los tributos sobre el alcohol, los cigarrillos, ansiolíticos y energizantes. El exterminio de todas las mascotas, la venta de la Luna por hectárea para los pocos millonarios que quedaban en el planeta. La destrucción del hemisferio sur, la migración total hacia el otro hemisferio. El envío de basura hacia el Sol. La eliminación de armas y ejércitos en todos los países.
Fundir y vender las reservas de oro de cada país. Cancelar los juegos de apuestas y de azar. Hacer trabajar a cada habitante en los medios de transporte masivos, para elaborar manufacturas simples en los momentos ociosos que ocupaban viajando. Cultivar granos en las playas y en el fondo del océano. Promover la venta libre de drogas. Prohibir los fuegos artificiales y el maquillaje a todas las mujeres, y así liberar tiempo y dinero malgastado.
Otros apostaban a reciclar el agua de lluvia, construyendo enormes piletas arriba de las casas, edificios, avenidas y parques. Los más alocados pensaban encontrar en el mar el combustible necesario para poner en marcha al mundo.
Ya no quedaban ideas que permitieran evitar la catástrofe. Sólo la de él. Y cuatro más.
¿Cuáles serían las otras?
El 25 de agosto había enviado su propuesta por correo electrónico y ese mismo día le contestaron. Paradójicamente, si tenía éxito con su plan, en un futuro cercano no tendría de nuevo una posibilidad similar.
Debía redactarla lo mejor posible. Usaba un cuaderno de tapas duras y de color marrón, con el lomo negro, de renglones celestes casi imperceptibles, para anotar lo que fuera surgiendo en su mente, para tachar lo que no sirviera. De sus hojas sacó el pasaje del vuelo 841 rumbo a Washington, con fecha del día siguiente. Chequeó de nuevo el horario de salida y decidió guardarlo en su bolsillo derecho para evitar descuidos.
Tenía unas horas más para seguir escribiendo. Un borrador, un pensamiento, un plan que podía salvar el mundo.

 

Había que destruir Internet. Y todo aquello que implicara transferencia de información. A través de su invento -la combustión sintética de datos- podía hacerse en sólo tres semanas. Toneladas de cables y antenas a lo largo y ancho de la Tierra quedarían inutilizados. El sistema de transmisión por vía inalámbrica también.
La vida sería distinta sin tanta gente alejada de la realidad y encerrada en las redes virtuales que amenazaban con quedarse con todo. Miles de millones volverían a vivir como hace treinta años, cuando...
¿Se solucionaría la falta de alimentos? Seguramente las personas, con tanto tiempo sobrante, se comunicarían otra vez con la naturaleza. Cultivarían su propia comida. El ser humano, alienado como nunca, había perdido la capacidad de conversar cara a cara. No parecía creíble que las mismas personas, tan poco tiempo atrás, se encontraban en los parques y plazas, hacían ejercicio, leían libros, se alimentaban de manera sana...
Se ahorraría toda la energía gastada en el tráfico y almacenamiento de tanta información, equivalente a la mitad de la generada a nivel mundial. Sólo era una cuestión de costumbre. Si la humanidad había sido capaz de vivir sin teléfonos celulares e Internet en 1980, bien podía hacerlo ahora.
Crecería la industria del papel. También la posibilidad de cosechar frutas y verduras en la propia casa. La gente volvería a disfrutar del aire libre, a buscar y conseguir trabajos de verdad. Según su investigación, la red de redes había reemplazado unos trescientos millones de personas como mano de obra en fábricas, bancos, aeropuertos, oficinas, compañías de seguro, empresas de correo, diarios, revistas, editoriales...
Imaginaba una gran resistencia al principio. Quizás los fanáticos de Facebook protestarían y se volverían locos... tal vez tendrían que conformarse con pegar sus fotos impresas en la puerta de su casa para que cualquier desconocido las pueda mirar. ¿Cómo podrían sino satisfacer esa necesidad de ser vistos por todos en todo momento? ¿Serían capaces de vivir sin la mirada puesta en sus pequeñas pantallas? ¿Alguna vez se darían cuenta del tiempo que pierden?

 

Siguió escribiendo, pensando en el rostro de aquellos que lo habían votado. Decenas de extraños que leían, con entusiasmo y tal vez con esperanza, su primer bosquejo.
Algunos medios ya hablaban de “la solución cubana”. Muchos otros la rechazaban de plano, tildándola de loca, de poco práctica, de anticapitalista, de demasiado romántica.
Pero tenía espalda para soportar las críticas. Pese a los prejuicios, estaba en la final. Tan cerca de la gloria.

 

Ocho horas después, entró a la Casa Blanca con su cuaderno viejo bajo el brazo. En las escaleras saludó al presidente con un apretón de manos. Estaba seguro: si lo escuchaban, el mundo cambiaría. Gracias a él. Y a sus locas ideas.
¿Quién lo hubiera dicho? Si mi padre me estuviera viendo...
Si después de tantos años había vuelto a nevar en Cienfuegos, todo era posible.