"Negra", Vladimir Senda

07.01.2014 16:51

Octubre 23, 2012

Entró por el patio lateral. Pasó por el porche de entrada con su motoneta blanca y sus útiles de trabajo prolijamente ordenados en una valija de cuero. Ingresó a casa por la parte de atrás. Era moreno, desgarbado, con finos bigotes y un pelo espeso y lacio maltratado por el viento. Traía un regalo en sus manos y antes de poner manos a la obra, la pequeña gata azabache ya había ganado el corazón de mi hermana. El peluquero cortó prolijamente el pelo de mi padre y afiló su navaja y tijeras. Luego fue mi turno. Solo un jopo ondulado como la cresta de un gallo se salvaba de las cuchillas de cortar en las manos hábiles de la visita. Una faja de cuero con empuñadura de madera de nogal servía de asiento al filo que acababan de adquirir los adminículos de rasurar y cortar. Mientras tanto la gata se afincaba en la casa guiada por la ingenua beatitud de una niña callada. Mi hermana era delgada y morena y muy niña. Cada mes, con la llegada del peluquero, caímos en la cuenta de cuánto había crecido la gatita hasta que a fuerza de repetición supongo que se hizo adulta. El tiempo no era mensurable de niños. Las estaciones, los cumpleaños, las rutinas, marcaban distraídamente el paso del tiempo inexorable y lento. Se me antojaba espeso, nunca lo supe, pero imaginaba el tiempo aceitoso, pastoso, fatigado como el traslado cansino de mi tortuga. Siempre la veía quieta, descansando, en un hueco entre las plantas. Y suponía que cuando se movía el tiempo se ponía a caminar al ritmo de su paso exasperadamente torpe. Más adelante, lo asocié a otro animal, la gata de mi hermana, que corría ágilmente por las paredes, los tejados y el largo patio que la había visto entrar. Era intensamente negra y de angora y de una belleza escandalosa. Se movía con finura por todos los recovecos de la enorme casa aunque el cuarto de mi hermana era su lugar de residencia. Con los años imaginé que dominaba el tiempo. Cuando iba lenta y sigilosa los segundos se hacían horas y cuando corría hasta la punta de los árboles veía pasar la vida a borbotones. Fue feliz mi hermana en ese mundo de muñecas, juegos con amigas y música. Pero presumo que nada la hizo más feliz que la bella gata de angora. Un día dejó de venir el peluquero, mi padre ya no estuvo para que afilaran sus navajas, la gata ya iba lenta pero no por sigilo y caí en la cuenta que el tiempo se había apoderado de ella. Que la había alcanzado como a todos. Y un día también se fue. Y todo se aceleró. Ya no tenía patrones con lo que medir el tiempo. La rutina del peluquero, la tortuga vaga, la gata que parecía conocer los arcanos de lo inasible. Un día la envolvimos en ropa de mi hermana y la guardamos en un lugar en la que solía esconderse en el jardín trasero, le plantamos una cruz e hicimos un borde de piedritas. Todo parecía haberse dislocado. Y en un abrir y cerrar de ojos, sin nada ni nadie que nos lo advirtiera, nos hicimos adultos.