"Mirtina" Jhusun

08.10.2013 09:36

Parado en la puerta de la feria el abuelo fue atacado a besos. ¡Qué alegría la de esos niños!

Cada uno tenía bien definido el aparato de recreación a montar; y sentado en un banco desde el que podía verlos a todos, el abuelo disfrutaba de la alegría de sus nietos.

Mirta, la más pequeña, cuando terminó la vuelta del trencito eléctrico se le acercó para que le comprara unos churros calientes que vendían muy cerca. Y así, uno detrás del otro fue satisfaciendo sus gustos.

Ya cerca de las dos de la tarde se le acercaron los cuatro a la vez:

—Abuelo queremos entrar a La Cueva de los Misterios —le dijo Eduardo en nombre de todos.

—¿Están seguros?

—Es muy bonito —insistieron con fuerza los niños hasta lograr el consentimiento del abuelo.

Él mismo los acomodó en el pequeño vagón habilitado para entrar a la gruta, y además tuvo que consentir que Mirta llevara a Mirtina, su muñeca preferida.

Las ocho manitas se despedían a medida que entraban en la oscuridad.

Al principio del viaje subterráneo todo se era hermoso, se veía la claridad de la entrada, un punto que se hizo cada vez más pequeño y desapareció bruscamente.

Los niños no querían creerlo pero habían caído por un tremendo precipicio que no terminaba; los cuatro comenzaron a gritar; Carlos, el mayor, intentaba hacerlos callar a pesar de que él mismo estaba aterrado.

La caída fue detenida por las manos de una mona de gran tamaño que intentó colocar suavemente el vagón sobre una piedra mientras miraba confundida a los niños. Ellos, aunque aliviados porque ya no caían, continuaban con los ojos cerrados.

Los alaridos de pánico de sus hijos hicieron reaccionar a la mona, que corrió hacia ellos sin soltar el carrito.

Una jirafa intentaba atrapar a los monitos metiendo su cabeza por la entrada de la cueva donde su mamá los había dejado.

Los cuatro niños miraban a todas partes, y espantados pudieron ver el tremendo empujón que la mamá mona le dio a la jirafa haciéndola rodar. Ambas se liaron en tremenda pelea y Carlos fue el primero en notar que la jirafa tenía cabeza de leona.

Los tres monitos encontraron asilo junto a los niños y lograron meterse apretados dentro del pequeño vagón. Uno de ellos, inocente a todo lo que pasaba, comenzó a jugar con Mirta y su muñeca Mirtina.

Carlos sí se mantuvo atento a la lucha y vio claramente como la jirafa-leona dejó sin vida a la mona de una tremenda mordida en el cuello. Mientras sus tres hermanos jugaban con los nuevos amigos él se lanzó fuera del carro y lo empujó hasta una pendiente cercana para impulsarlo hacia abajo; tuvo que dar un salto muy bien calculado para caer dentro del vagón en movimiento y alejarse junto con sus hermanos y los tres monitos.

La jirafa-leona los persiguió por un tiempo, pero tuvo que desistir.

Por un rato rodaron los siete ocupantes del carrito, hasta llegar a un terreno más plano donde este se detuvo lentamente entre unos pequeños árboles de diferentes frutas que crecían muy parejos.

Más calmados los monitos sintieron hambre y comenzaron a gimotear bajándose del carrito. Estaba claro que clamaban por la madre.

—¿Qué podemos hacer? —se preguntaban los niños desesperados. Y la respuesta llegó de Mirtina.

La muñeca se acercó a ellos y sin decir una palabra comenzó a amantarlos. Al mismo tiempo los nacientes frutales conformaron un círculo alrededor de ellos.

El asombro llegó al límite cuando escucharon de la pequeña mata de naranjas una voz muy clara:

—Nosotros cuidaremos de ellos; regresen con el abuelo, él debe estar preocupándose ya —lo decía señalando un estrecho trillo detrás de los muchachos.

Mecánicamente subieron al vagón impulsándolo por el sendero indicado. En unos minutos llegaron al mismo lugar donde el abuelo los había despedido a la entrada de la cueva y ahora los esperaba.

—¿Están todos bien? —mientras hacía la pregunta los revisaba con la mirada—, ¿Y la muñeca?

Ante la indecisión de Mirta Eduardo fue quien respondió:

—Yo la perdí abuelo y mi hermana lloró un poco —y casi al momento continuó—; pero la pasamos tan bien que queremos regresar mañana.

La visita a la feria se hizo diaria, y con ella la entrada a la cueva misteriosa.

El abuelo los despedía en el oscuro acceso y muy tranquilo se sentaba a esperarlos en un banco al frente, solo llamaba mucho su atención que la pequeña nieta llevara una muñeca muy parecida a Mirtina en cada visita.