"Mi mamá me mima y me miente"

21.01.2015 16:46

La medianía de la vida supone elecciones más pensadas. El pasado está ahí a unos pocos pasos en nuestra memoria y el porvenir se imagina como jugadas de

ajedrez, donde ya no hay margen al error a fuer de perder la partida que llamamos, tentativamente, vida. Y se trata de nuestra vida y es usual (y previsible

dada la equidistancia) que nos encontremos muchas veces antes cuestionamientos irreversibles y temerosos pasos a seguir. Así me sentía yo esa mañana soleada

de sábado que se mostraba maravillosa a través de la extensa ventana de mi habitación. Por un lado los recuerdos se disuelven, son parciales, lejanos,

moldeados por nuestra mirada ahora adulta sobre hechos que protagonizamos de niños o adolescentes. Y una distorsión se apodera de ellos. Inevitable, fatal,

traicionera. La vida de los animales se debate en el constante presente, en el ahora, en la ausencia de memoria. Prevalece el hábito, la automatización

de acciones y la repetición sostenida de agradables momentos compartidos. La vida humana es más rica y luctuosa. La razón tiene un precio alto si no incorporamos

un elemento esencial de la vida adulta: el silencio. El silencio permite pensar y repensarnos. Permite probarnos estar con nosotros mismos. Es tan usual

llenar de palabras vacías nuestra vida, palabras y palabras y palabras anodinas, repetidas, rumiadas que disminuyen nuestra capacidad de mirar y analizar

nuestra vida con la necesaria indulgencia para estar en paz y para no echar la culpa de nuestra previsible infelicidad, descontento, molestia a la vida

o a aquello que representa la vida o es esencialmente la vida como una madre, en este caso, mi madre. ¿Nacer es azaroso?, probablemente, el punto es que

un día somos. Y luego de esa prolongación de nuestro mundo marino un día comenzamos a pensar, así como hay un día consignado para cuando dimos el primer

paso, la primera palabra aunque distraídamente se olvida a mi juicio el más trascendente que es sin duda el del primer razonamiento genuinamente armado

por nosotros. La memoria es naturalmente fragmentada y cuánto de ellas recuperamos y cómo será esencial en nuestra armonía actual y en las jugadas que

hagamos hacia adelante, es un verdadero misterio. Recupero parcialmente unas líneas de un verso de Machado: “mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla

y un huerto claro donde madura el limonero”…, y me inspira recordar mi casa larga y cálida, su patio de juegos, y el verde postrero, lleno de frutales

y gallinas y palomas y teros, macetas con plantas muy bellas que aún desconozco sus nombres pero que incesantes desafiaban el tiempo aciago del clima,

una gata, un perro, pájaros de colores, mis hermanos y mi padre. Claro que mi madre que no nombre porque este relato se refiere a ella, o es esencialmente

ella. Y me invade el olor de su piel como un bálsamo, su lunar marrón y perfecto y formado en su cuello angosto, que acariciaba repetidamente y con mi

dedo índice para dormirme sin miedos. Tan joven era que no imagino que poseyera en su sino responsabilidad en sus acciones. Sin embargo el pulso del hogar

latía a su paso,  y un clima, una aire, una imagen inauguraba cada día de manera tan normal. El desayuno compartido con mi padre, nuestros despertares

bajo sus cálidos e indulgentes modos, los mismos que nos entregaban cada noche a nuestro sueño entre cobijas y almohadas acomodadas, a chequeos de finales

de día, a controles que hicieran placentero el suyo: los hijos acostados, descansando, el día concluyendo con el orden natural de la vida que fluía lentamente,

plácidamente, naturalmente. Mi abuela y los domingos, las visitas familiares, mi tío-padrino y los consentimientos, la pelota, los juegos con mi hermano,

a veces groseros, competitivos, violentos, ocultos, los árboles y nuestras cuevas, los pájaros apedreados sin rigor, las cerbatanas y semillas, los barriletes,

las figuritas, las revistas de vaqueros y superhéroes, las fiestas de bizcochuelos caseros, el batir de las yemas, el olor a vainillas, el chocolate espeso,

las reuniones de chicos de barrio, mi primos…Supongo que uno acumula dolor con el tiempo, en la medida que toda pasa vertiginoso, y todo esto que podría

expandir a una larga vida; me refiero a cada símbolo, a cada palabra, a cada nota, (pero que resume un tiempo mágico) que ya es pasado, casi pisado y enterrado;

a tal punto que el dolor no sé si lo dan las pérdidas en sí mismo - como quien atesora un bien - sino la vida de relación con cada uno de ellos. Por eso

cuan inexplicable es la falta de relaciones en esta medianía de edad, donde en esencia todavía estamos, pero perdidos. Perdidos en el recuerdo de un tiempo

soñado, imaginado, recordado que no existe más que en la manera singular e irrepetible en que cada uno lo procura. Somos increíbles en el presente adulto

donde ya no somos lo que fuimos, desconfiamos de lo que somos y tememos lo que vendrá. Y tal vez la culpa se deba a haber crecido. A que a todo el paisaje

humano que formaba nuestro oasis existencial se ha puesto viejo. Y no hay perdón, no hay razón, no hay caso que explique la desaparición de quienes fueron

nuestros responsables de vivir. ¿Cuánto de eso es replicable?, ¿Cuánto de eso puedo generar hoy?, ¿mi olor habrá dado a mis hijos la seguridad que yo tuve?,

¿la vida que llevé y llevé a mi familia habrá tenido todos los atributos que con tanta naturalidad creaba mi madre? Y entre tantas cosas, tantas cosas

y lugares, caminos y meandros que nuestra mente recorre con ligereza o lentitud, entre tantas interpretaciones  y lecturas que naturalmente nos juegan

nuestros pensamientos, hallé una razón a veces denostada y que hoy pongo decididamente en valor: la mentira. Todo es tan perfecto y tan imperfecto a la

vez, todo es tan real y tan irreal; “nada menos irreal que nuestra imaginación” leía hoy en una novela que estoy leyendo con pasión y que seguro ha sido

la culpable de todo esto que escribo. Claro está que mi gallina podía atesorarla entre mis manos y ver el sol reverberar entre sus plumas rojas y negras

y me parece sentir el esfuerzo por soltarse y correr aleatoriamente por el fondo. Pero nada más real que aquello intangible que recupero con el pensamiento:

estos retazos de recuerdos, esta realidad fragmentada que recorre mi cabeza y me invade como una enredadera de estación. Nuestro mundo fue una fábula hecha

de realidades y mentiras. Pequeñas disrupciones, coartadas, picardías de las cuales se valía mi madre para perpetuar nuestra felicidad perpetua. ¿Qué sentido

tiene revisar todo ese mundo mágico y fantástico con la mirada adulta y escéptica de ahora? ¿Qué sentido tiene cuestionar que la vida no ha hecho lo suficiente

para hacernos felices?  ¿Por qué no perseguir un objetivo hasta cumplirlo? ¿Por qué no recrear esa vida cálida e inentendible pero feliz? ¿Qué sentido

tiene la veracidad, el rigor de la crónica, los hechos tal cual fueron y no mediatizados por la magia creadora de mi madre? Vuelvo al día de hoy, a la

crudeza implacable de las frustraciones, de aquello que nos fue negado, a todo lo que fuimos y somos en este mundo de mayores. Y el reclamo, los pesares,

la realidad cruenta que nos apalea sin piedad, acumulando rencores y pesares. Y arrastro ese sabor amargo, ácido, crítico, inútil y hallo una disrupción

inequívoca de una estafa. Pero un día descubro el silencio, y permanezco así durante meses, mirando y meditando. Y veo a mi madre octogenaria, locuaz,

feliz, cálida, mentirosa, maravillosamente creativa, inventando todavía un mundo donde es posible ser feliz. Y enamorada, y amiga y compañera y solidaria

y generosa continua desplegando la fábula de una vida con sentido. Y entiendo ahora sus palabras, entiendo ahora sus artilugios, entiendo ahora que la

vida es un relato, y que ese relato lo escribimos nosotros. Mañana vendrán mis hijas, la casa explotará de colores, los pesares estarán entre paréntesis,

la dicha de compartir, de reír, de abrazarnos, de construir una ficción que será un recorte de presente, una manera optimista de compartir la vida, esa

que parece eternizarse en mi madre que no perdió sus modestos instrumentos de su magia o ilusión. El mismo olor seguro, su lunar intacto, el guardado de

sus dolores y angustias, la mirada positiva, dar de una manera irrefrenable y la continuación de un relato maravilloso hecho de fragmentos de nuestra historia,

la que suma, la que estimula, la que motiva. Y de silencios y mentiras. ¿Para qué la crónica si no son historias de hombres públicos, sino de gente común,

sencilla, con un ansia incontenible de encontrarle un sentido a haber nacido y vivido? No encuentro mejor ejemplo representativo que la literatura escrita

o narrada día a día por mi madre, sus excelentes guiones, su maravillosa dirección artística. Arriesgo a que la vida es arte, la vida es dicha, la vida

es silencio y contemplación, la vida es una entelequia que remite a nacer; a aparecer en este mundo en el que moriríamos sin cuidados y sin ficciones.

Y ambas cosas - infinitamente ampliadas - los simboliza mi madre: la salvaguarda  y la invención.