"Marcela", Aytana

23.10.2013 20:22

A Waldo Gonzáles, mi asesor casi padre

 

 

Los intentos por alcanzar la imagen que pudiera llevarla a concretar el personaje de su historia, sondean su mente. La ansiedad y el pánico acumulados ante la idea de no establecer soberana correspondencia entre la fisonomía y la psicología de su protagónico masculino, impiden conseguir el sosiego. Una necesidad, casi urgente, amenaza por arrastrarla como a una hoja desprendida de un arbusto -en un día cualquiera de otoño-, y abandonarla en un rincón de las calles que recorre y se le antojan sobredimensionadas.

Marcela vaticina un salto en su vida toda vez que lograra alcanzar el objetivo propuesto. Presiente que la solución para concebir al personaje protagónico de su novela solo está en su imaginación. Sabe que ha sido difícil describir el rostro. Mucho más que concebir la espesura de su consistencia analítica. Advierte la prisa de su personaje para que le muestre un mundo eximio. El llamado sobresale de cada una de las cuartillas del proyecto de libro. Marcela presiente que la vida le aplasta, oprime y endeuda dentro de la avalancha de palabras que sobre el papel adquieren conciencia y hasta en ocasiones huele a mortales, a vida, a epopeya. Así lo confirmó después de escudriñar el desfile de siluetas, sin encontrar los rasgos precisos para componer su personaje. Cuerpos sin rostros que se le antojaron cadavéricos. Mitades de un todo. Detrás quedaron las imágenes del Parque de la Fraternidad y también la fuente donde una vigilante indígena custodia sus aguas e incluso su mirada llega hasta los furtivos visitantes a la caza de oportunidades cuando las primeras sombras anuncian la retirada del día. Atraviesa la calle y bordea la acera delgaducha que conduce a su apartamento. Repara, como si fuera la primera vez, en el viejo edificio: una mole de concreto pintada de azul turquí brillante -como se advierte en algunos ángulos-, a donde no han llegado las ulceraciones que se expanden dibujando trazos imprecisos, formando figuras ambiguas. En realidad aquel color nunca le gustó.

Dentro de su apartamento, en medio de la intimidad del hogar, percibe la brisa tranquila que llega del ventanal cercano. Se despoja lentamente de la ropa. La desnudez total la hace sucumbir en el recuerdo erótico de aquella mañana y se intranquiliza. Las sensaciones que experimenta bajo el viento invernal, le roza cada átomo de piel y siente un pudor súbito al pensar que comparte la complicidad de su desnudez frente al hombre, aún sin rostro, al que advierte aguzar los sentidos desde la pantalla del monitor. Con cierto recato palpa el collar que pende suave. Observa el reloj con su enorme péndulo, dispuesto a consumar un tiempo que ella no puede prorrogar. Llega hasta el cuarto. Hace el intento por recostarse al marco de la puerta y deja entrar la mirada antes que su olor, antes que su sombra. En el techo ve reflejada su silueta. Repara en las tazas de café que quedaron desde el desayuno junto al ordenador y los papeles sobre el piso. Presiente que la brisa arrastra consigo el ambiente de un cuento de Agatha Christie, pero ni siquiera ese céfiro terrorífico e irreverente se atrevería a moverlos de aquel lugar transformado en un pequeño laberinto de cuartillas que seducen al mirarlas, como las sábanas donde el vestigio de la pasión y el tibio aroma del hombre que la cubrió, aún persiste. Recuerda el roce de su cuerpo y el calor de la piel que brota después de la entrega absoluta. Atahualpa, esta mañana, antes de salir, ofreció sensaciones a su cuerpo, imposibles de olvidar. Su rostro la perturba. Se detiene en los ojos rasgados, la mirada triste como si amparara la nobleza atípica de la felicidad. Detalla los músculos. Y disfruta el instante preciso en que la coloración inevitable invade el rostro, mientras la toma entre sus brazos y, a horcajadas, la suspende bajo el calor de sus entrepiernas y la penetra con su falo gallardo sin viso de torpeza hasta gemir de gozo. Suspira aterrada o más bien imprecisa, y se pregunta:

-¿Esa será la imagen que busco?, ¿esos ademanes? ¿Ese físico y ese carácter podrán ir con el personaje… de la trama? –la respuesta es inevitable y brota:

¡Eso, eso es!

El hallazgo corresponde a la sensualidad de su pareja. Es innegable que el rostro de Atahualpa palpita en su interior y le brota por cada poro hasta sus dedos sobre el teclado de la computadora.

Llaman a su puerta. Por fracciones de segundos queda anonadada por el estrepitoso sonido. Acude dejando huellas con el susurro húmedo de sus pies descalzos.

-Buenas tardes, Marcela -dijo el desconocido.

-Buenas tardes -respondió ella, más por el instinto que por acceder al saludo- ¿En qué lo puedo ayudar…?

-Primero en que me permitas pasar.

-¿Por qué?

-Solo tú me puedes ayudar.

-No lo entiendo, ni siquiera nos conocemos. Dijo intentando un distanciamiento. Él… muy convincente estaba allí, delante de ella como un desafío.

-¿En realidad crees no conocerme?

La respuesta se convierte de repente en un deambular por las zonas escabrosas de ambos. ¡Por supuesto…! Se acerca lo suficiente hasta exhalar un aroma entre ardiente y crudo. Un momento… tengo una vaga idea de… -La presencia del repentino huésped, se repliega a las incongruencias y los imprevistos que pertenecen también a ese mundo que le reta.

-Entonces, ¿puedo pasar? Solo estaré el tiempo suficiente para decirte el motivo que me trajo hasta aquí.

Marcela se hace a un lado. La proximidad a aquel hombre le transfiere un vaho áspero, sin embargo le devuelve una sensación de bienestar conocido. Algo turbada, precisa ¿Qué desea? ¿Qué quiere de mí?

-Vengo, más que a pedirte, a exigir tu ayuda. El eco de su voz brota como una maldición mascullada.

Los sentimientos y sensaciones viajan en medio de tantas dudas. Por un momento, se siente sacudida por una ventisca de polvo de nieve, como si estuviera sobre las montañas del Machu Pichu. Si aconteciera un milagro, fuese feliz en esa hora, pensó; pero era real. Intenta ocultar su cuerpo de la transparencia que lo expone debajo del camisón tejido con hilos de luna.

-Está usted equivocado de dirección, de tiempo quizás, de persona… -dijo.

-No, Marcela -asegura él, lejos de toda indulgencia-: no pienso marcharme hasta tanto no esclarezcamos este asunto.

-¿Qué asunto tendría que esclarecer con un desconocido? - protestó.

-¿No comprendes que el amor es la máxima estatura de lo humano?

-Podría saberlo o entenderlo, pero no le comprendo.

-Cuando asciendes a ese punto sabes que no hay nada como la expresión de los cuerpos cuando los vistazos entonan la mágica ablución del uno en el otro.

Sus ojos quedaron fijos en la mirada proverbial.

-¿No me reconoces, verdad? -dijo y abre los brazos pretendiendo llevarse en ellos el aire sobrio y la magia que se expande en todas direcciones como sílfides fugaces en un pequeño universo-. No estoy aquí por casualidad… -sentenció.

-No creo en los albures. Aún así sigo sin comprender -repitió Marcela.

-¿Dónde está tú urgencia por mi tiempo? ¿Dónde ha quedado mi identidad?

Un escalofrío recorrió la espalda de Marcela. Arremetió esta vez con la voz bronca entonando un himno magno.

-¡No, no estoy conforme con la vida que me quieres imponer!

-Ha sido suficiente. Le ruego, ¡le exijo que se marche!

-No me iré en tanto no pactemos. -¿No te das cuenta? Esto no es más que el vacío ingrato de una historia mal contada, de un enigma indescifrable. Existo, vivo en tu interior, formo parte de tu vida. ¿Por qué lastras hasta mí las impurezas? ¿Qué te hace reprimir los deseos y morir a los pies de tus momentos más íntimos?

-¿Cómo puede atreverse a cuestionar mi intimidad? No soy de las que reprime las palpitaciones de la carne.

-Entonces… ¿por qué no te convences que tengo vida propia? Si lo deseas podemos…puedo pertenecerte, pero antes quiero, exijo mi identidad. Mi rostro, mi vida y ya veremos.

-Usted siente celos, eso es todo.

-Hay un vínculo entre ambos que no puedes negar o más bien interrumpir.

-Antes de aparecer estaba dispuesta a trabajar. Ha interrumpido mi tranquila jornada.

-¿…tranquila…?

Reparó ahora en las palabras que pronunciaría. La introspección no había resultado y fue resuelta al decir:

-Será que no se trata de lastre y sí de pureza. Soy leal. Y puedo concebir de acuerdo a mi voluntad.

-Estás equivocada. Y si momentos antes tenía prisa, ahora ni por cansancio me iré, te lo repito.

Sintiéndose distante e intrusa en su propia casa, se refugia, por unos segundos, en un mutismo que la hace parecer ante el inesperado huésped, vencida. Se detuvo. Las palabras aguardaron un leve movimiento en el rostro femenino.

-Tengo la independencia heredada por ti. Conozco y defiendo mi propia identidad más allá de ese rostro que me has impuesto.

Marcela intenta desagraviar a su huésped.

-Las personas nacemos con un mundo implícito.

-No pedí nacer.

-Es cierto, pero es el resultado de mucha vida contenida en esta historia.

-No me has preguntado si la merezco. Si me complace.

-De hecho nacer es un privilegio.

-Ahora te haré una pregunta. ¿Crees que somos copia fotográfica de alguien? ¿Lo eres tú, acaso?

Marcela respiró hondo. Su desnudez pudorosa, brilla en el sudor que la desliza en medio de aquel debate. La conclusión no puede ser otra, que hay un hombre que se aferra a no corresponder a su rostro.

-Entonas un himno como te he dicho. Es la avalancha de la muerte que viene sobre mí, pero creo que ya es tarde. ¡Existo!

-Sé que existe, es evidente. Paraliza usted todos mis sentidos. Arrasa con la quietud y me suspende en una especie de escena mística, de donde por mucho que me esfuerce, no logro salir.

-Acabas de tergiversar el dilema. No soy algo volátil ni tengo pacto con lo celestial.

Ella mostró una sonrisa ladeada que luego casi se tornó patética.

-¡¿Ah, no?! ¿Qué es entonces? -replicó.

-Soy tu espiritualidad, extendida desde tu mente hasta tu vientre.

-Creo que usted ha perdido el juicio.

Fue acortando la distancia. El inesperado huésped busca el rostro de Marcela. Se yergue de un modo extravagante.

-¡Por favor… le repito, márchese de una vez!

Es visible su afán de contienda. Marcela, a medida que transcurren los segundos, experimenta una desolación irremediable.

-¿Qué harás conmigo? Aun espero. Ya es imposible renunciar. ¡Existo, pero no quiero que sea de este modo!

-Por supuesto, invade mi privacidad, mi hogar, mi vida…Claro que existe, no me cansaré de repetirlo. ¡Existe, existe, existe!

-Y tú eres responsable de crear o más bien culpable, por lo que me conforma y habita en tus momentos más íntimos. ¿Acaso, desconoces que las historias no se inventan, que los sueños no son sueños, sino parte de otras vidas, en otras dimensiones? ¿Realmente quieres deshacerte de mí, deshacerme?

-Más bien quisiera que se marchara.

-Eso podría doler.

El inesperado huésped se detiene para comprobar el efecto de sus palabras.

Marcela, queda absorta ante los cambios que le perfeccionan la escena y se empeñan en reafirmarle que protagoniza un cuento de hadas. Una luz mortecina y una brisa sutil le arrebatan la intranquilidad.

-Quizá, podría doler pero sería un dolor agradable saber que usted no estará más –dice, balbuceando las palabras.

-Está bien, intentaré desaparecer y serás responsable una vez más si no lo consigo -dijo él y caminó hacia ella.

Marcela se estremece, como si una indetenible ola subiera hasta su pecho. Se siente sumergida entre las Náyades que giran a su alrededor y emergen de su piel como un torbellino de colores, como el primer día en el Universo.