"Maldito", Bibliotecaria de la vida

30.10.2013 11:31

Esta es la enésima vez que tengo el mismo sueño, que me persigue con un arma, un cuchillo esta vez, cuando me toma ese tipo del hombro y arroja al suelo, grito, lo pateo en las costillas, incluso una vez le saqué los ojos con las uñas, ahora le quité el metal y se lo encajé… ya no sé, en el pecho, creo… despierto.

Comenzó este problema cuando era niña de ocho años, un hombre me quiso asaltar con una navaja… todo por diez pesos -casi ochenta centavos de dólar, así de ínfimo-. Desde esa vez me aturde la presencia de un sujeto extraño. Siento que está a mi espalda en todo momento esperando y que si estuviera en sus manos -incluso si carece de ellas- me tiraría a las vías del tren subterráneo, ¿alguna vez has sentido que hay alguien a tu lado, que en la multitud una mano te toca y cuando volteas no hay nadie?

Estoy segura de que aquel ladrón ya no está en este mundo y como no he podido olvidarlo me lo llevé al umbral de los sueños, seguramente antes de morir en un tiroteo policiaco dijo: “mi vida delictiva empezó cuando me topé esa niña”. Quizá lo maldije, porque nunca dejé de desearle mal, ¿cómo perdonar lo que estuvo a punto de hacer?, lo puse en los castigos más crueles y a cambio, mes con mes se desquita al dormir, una vez fue con una pistola. Sentí el impacto en el pecho y la sangre que brotaba a raudales, solo hasta ese momento pude despertar, nunca antes de que me atrape, tire al suelo, no antes de sus golpes, jamás… al principio lloraba y me retorcía implorando el despertar, luego supe que la situación no iba a cambiar más, por ello empecé por golpearlo, lo arañaba encajando en su cara el largo de mis uñas siendo ya adulta, un gancho en el estómago, tomarle la cabeza -ente sin rostro- y azotarlo en el concreto, morderlo, destrozarlo, pero siempre vuelve por más.

Él nunca habla, pero lo reconozco, en la calle detrás de un árbol cuando llueve, si en el parque tomo un descanso, me mira desde la jardinera más cercana, es quien está en la parada del transporte público a mis espaldas, en la calle, a oscuras su silueta del otro lado de la banqueta.

Vivo en el tercer piso, cuando insomne miro por la ventana en las madrugadas, noto que justo en la acera de enfrente hay otra ventana, contemplo el movimiento de las cortinas y nunca atiné a pensar que la persona en esa casa podría espiarme, ¿paranoia?, pero cada tarde que salgo de casa las miradas me siguen, siempre la misma hora, el mundo conoce mis horarios u oye el sonido de mis pasos antes de salir por la puerta.

Despierto de un terrible sueño y empieza tras un par de horas la continuación de mi pesadilla, si logro abrir los ojos justo antes de que me acribillen, la siguiente vez repito la escena, si antes superé un disparo en la sien, vuelvo al punto en que tengo el arma en mi piel.

No más… ¿qué debería hacer, seguir aguantando, o permitirle hacer lo que tanto quiere?, sinceramente no podrá. Como una obsesión del inconsciente batallaré cada noche y madrugada en que mi enemigo me persiga cual si fuera una vieja película de terror.

Eso pensé hasta hace poco, cuando iba en autobús, miré por la ventana en un embotellamiento, estaba ahí el sujeto, pese a no haberlo visto nunca supe que era él, blanco y azulado tanto su ropa como su piel, ¡claro!, del mundo de las sombras parecía hecho de hielo por la falta de luz, caminó justo cuando los automóviles avanzaron, lo vi sin parpadear, tras un vehículo en movimiento desapareció.

-Ha dejado mis sueños, ahora lo veo en la calle sin esconderse, frente a mí… -dije asustada, nadie más lo notó.

El tercer escenario estaba pendiente, pues para que un hecho sea memorable debe tener tres episodios; las pesadillas, la calle viéndose borroso, criatura de gas y hielo sedienta de sangre, tenía que atraerla.

La calle de nuevo, pero con diferente plan, andaba sin hacer contacto visual, sentimientos desconocidos nublaban mi pensar, al cruzar la calle cerca de una alameda solitaria apareció.

-La cartera y no grites… -dijo con color en la piel, se había disfrazado de ser humano, bajo, moreno, asustado, era su primer asalto quizá, pero aún fingiendo ser un adolescente que buscaba dinero fácil no lo creí, saqué de mi bolso una navaja y se la encajé en el vientre, se desplomó despacio entre lloriqueos y gemidos, sangrando por la boca.

-Me libré de ti, maldito -reí mirando cómo se retorcía en el suelo, al final cobré mi venganza, en mi mismo mundo.