"Madre y mi nacimiento", Lorepac

29.01.2014 09:43

A treinta de Diciembre de siete mil trescientos cincuenta y uno detallo con claridad mi solemne intención de proseguir hacía un mundo mejor, bajo la auspicie de un nuevo amanecer para la humanidad, que redacto para que quede constancia de mi intención y no pueda ser manipulada, malversada o borrada de mis archivos. Y así hago constar para que llegue al número máximo de individuos, que están dispuestos al avance:

     En estos tiempos tan cambiantes, donde reina la frialdad frente a otras normas más equitativas en las que todos tengamos una opción que nos catapulte hacía sentidos más elevados, madre siempre siguió su curso de doctrinas estrictas, imbuida por el entorno y los procedimientos sociales normales tan estrictos en las formas.
     Vivía hacinado en uno de esos lugares construidos para albergar a multitudes. Le llamábamos nichos nocturnos en los que teníamos lo más indispensable, para una subsistencia en condiciones. Allí conocí el día de mi nacimiento a Dancy, mi amor incondicional. Madre la había elegido para verme surgir al mundo, confiaba en sus dotes de investigadora y la capacidad de reacción ante cualquier adversidad que pudiera presentarse, por lo que sin demora observó cada segundo de mi nacimiento hasta completar la fase final; el despertar.
-Se bienvenido. Estás en el quirófano de la quinta planta de la ciudad de Core. Permanecerás algo aturdido durante unas horas, pero aquí estamos para ayudarte. Pide cuanto necesites – dijo Dancy.
Recuerdo que madre se acercó a la camilla, me golpeó en el hombro, susurrándome al oído; has nacido en un mundo duro. De primeras no entendí su respuesta, ni tampoco estaba preparado para la profundidad del mensaje que me había lanzado. Me limité a abrir los ojos y esbozarle una sonrisa. Diez horas más tarde me levanté de la camilla para comenzar a caminar. De allí pasé a la zona de cuarentena, en la que sufrí infinidad de pruebas. Comprobaron mi equilibrio mental. Superado me acompañaron al nicho setecientos treinta. El habitáculo perfecto, para alguien como yo. A partir de ese día perdí el contacto con Madre.
     Hacía tiempo que los humanos habían conseguido avances grandiosos en la investigación, mejoras en la calidad de vida, tanto en la recuperación milagrosa de enfermedades degenerativas, modificaciones genéticas, o trastornos mentales con resultados excelentes. Habían llegado a una perfección física y mental capaz de subestimar a Dios, en la creación de tejidos, programar ideas, hacer ser conscientes a personas en coma, insertar miembros, modificar pensamientos… y como no crear individuos única y exclusivamente para el servicio de algunas actividades de la que los humanos no debían preocuparse.
     El avance de la humanidad dio pasos agigantados. Esta nueva era se había provisto de grandes sortilegios, profundos cambios en la forma de ver, exteriorizar y sentir la vida. Los dioses externos a los que tan acostumbrados habían estado otras generaciones menos avanzadas habían sido sustituidos por Dioses de carne y hueso capaces de generar vida en el laboratorio a partir de  compuestos orgánicos esenciales. La genética avanzó hasta subestimar la moral. Atrás quedaba el recuerdo vago de la gran hecatombe (conocida gracias a los libros informatizados que se conservaban en la biblioteca general de Core). Milenios oscuros en los que la faz de la tierra fue distinta.  El sol se ocultó durante décadas bajo una espesa nube, debido a la guerra final que mantuvieron por el poder las dos grandes naciones. La población se moría de hambre. Los niños enfermaban, las mujeres y hombres de baja estoca social acabaron por pagar las calamidades originadas por los poderosos (que solo eran el uno por ciento de la población). Menguados buscaron formas alternativas que les dieran la capacidad de reacción. No se pudo hacer nada. Las nimiedades pasaron a ser objeto de veneración, acrecentadas por el afán victorioso de unos valores escasos, caducos, que se abultaron con la creciente necesidad de crear imperios a costa de menguar a otros, fuese como fuese. Eso llevó a la guerra. Una guerra brutal. Sangrienta, inhumana, dura, muy dura. Solo un porcentaje mínimo pudo tomar una clara decisión, para salvarse de la hecatombe mucho antes que estallara la guerra crucial, en campamentos subterráneos.
     Estos campamentos pasaron a ser ciudades con todo tipo de comodidades y servicios, vivieron unos cuantos elegidos. Ellos fueron los Adanes y Evas del resurgir, la semilla que daría el nuevo comienzo a la tierra cuando estuviera capacitada para la vida.
     Después de siglos de devastación, el día llegó, la nueva arca de Noé repobló la tierra. Habituarse a las condiciones no fue fácil, acostumbrados a la ausencia de sol la piel de los colonos sufrió en decenios problemas cutáneos que supieron encauzar. Pasaron tres mil años hasta que la tierra volvió a estar habitada por hombres en su superficie. Las ciudades del subsuelo fueron paulatinamente olvidadas.
     Durante los años de ausencia en la superficie las generaciones crearon códigos de conducta, leyes estrictas, maneras de proceder, para que no volviera a ocurrir el desastre. La virulencia de aquellos hechos impactó a los elegidos, científicos, personas adineradas que pudieron comprar sus vidas. Y en estas ciudades se originó el principio de las investigaciones simbióticas, que con el paso de los decenios se perfeccionó.
     Dancy fue esencial en mi vida, mucho más que madre obsesionada en hacer nacer a individuos capaces de todo lo que hiciese falta. Cabalgó durante años en un mundo con ideas precarias y mal avenidas con la mayoría de investigadores. Egocentrista, se perdió. Dancy fue un ejemplo claro de integridad, me inculcó conocimientos sobre madre. Una biografía exhaustiva en la que madre aparecía como punto inicial de una nueva era. La conoció un caluroso día en el solsticio de verano del año siete mil doscientos treinta y dos, a las puertas del edificio central de investigación “Word life”, al cual acudían a una conferencia de ensayos neuronales y conexiones simbióticas con androides. La alegría que desprendía su rostro, lo afable de su comportamiento y el carisma que le nacía por sí solo, contagiaba al resto de investigadores hasta el punto de hacerla una persona influyente en el mundo de la investigación. Publicó en infinidad de revistas científicas, la nueva y renovada “Science”, o la “Nature world”,  en la que aparecían los más novedosos trabajos entorno al mundo científico en el avance hacía una mejora de la existencia humana y en la creación de vida desde células sintéticas.
     Con los años madre se dejó sobornar por la clase política, hasta llegar a cambiar sus formas. Dio un paso agigantado en los procedimientos de sus conocimientos, transformando sus quehaceres diarios en un poder que comenzó a llenarle la ausencia de amor en vida. Y quien no ama, acaba muerto, olvidado, enterrado en su propio lastre.
     Ella siempre creyó lo contrario. No fue capaz de mirar atrás, observarse durante unos minutos en el espejo, afirmar su origen, y no palidecer el rostro bajo la oscura luz de unas duras facciones y compostura rígida. El lacio pelo negro resaltaba en su delgado rostro, de pómulos salientes y gruesos labios.
     Dancy vivió algunos trazos de aquella aventura desconocida de madre durante varias décadas. Las entradas y salidas en su vida fueron frecuentes, al ser destinada a otros centros de investigación. Las videoconferencias y los mensajes holográficos pasaron a ser el vértice de la amistad. Dancy nunca quiso aprovecharse de la situación privilegiada. Sus valores fueron fundamentales para sostener la relación. Varios meses más tarde se encontraron en una conferencia al otro lado del atlántico, en la nueva New York, símil de la que los antepasados habían destruido sin escrúpulos en la gran guerra. Madre comenzó a marcar la distancia, posesa por su colosal codicia.
     En mis escapadas a la biblioteca principal de la ciudad (gracias a la ayuda de Dancy) pasé horas conectado a los libros informatizados absorbiendo conocimientos que me acercaran a la realidad del mundo que me circundaba. A madre nunca le gustó mi actitud renovadora (me decía Dancy en nuestros encuentros), porque había pensado muy diferente mi vida. Nunca valieron las recriminaciones, exigencias o peticiones, era lo que era y podía dejar de ser sin remedio, antes de pronunciar ni siquiera una palabra en mi defensa. Nacer y morir estaba a la orden del día. Había perdido a infinidad de compañeros por motivos poco claros. Nunca se nos daba una respuesta lógica, que calmara la ansiedad de estas desapariciones. Murdok, de la habitación setecientos me desveló los entresijos del mundo que nos había visto nacer.
     A Murdok lo conocí una tarde de otoño, junto al muro donde solían recogernos cada tarde en las vagonetas llenas de asientos, para dirigirnos al centro de trabajo donde pasábamos casi dieciocho horas ensamblando piezas que se utilizaban para la construcción de puentes y pasadizos subterráneos (según nos contaron).  Estábamos programados sin remisión. Y en esas tardes incansables trabajábamos en cadena. Poco pudimos hablar a pesar de estar uno frente al otro. Intercambiábamos información en los pequeños escarceos de camino hacía las vagonetas que nos recogían de nuevo hasta el muro desde el cual partíamos a nuestros habitáculos.
      Al sentarnos en las vagonetas sabíamos que tan solo cinco horas de reposo, eran más que suficientes para volver a la carga y generar una riqueza que nunca llegamos a ver.
     Dancy aprobó la relación con Murdok, pues aun a pesar que madre no sembró en mi ningún valor, Dancy si que los hizo germinar gracias a su amor. Fue amor a primera vista. Ya se sabe que ocurre cuando alguien desea a otro, quiere lo mejor para él, intenta que nada le ocurra, le cuida, le ama, le sostiene, le hace ver lo colado que está por sus huesos, e intenta sin lastimar ampararse en la flecha que le ha partido el corazón, con la única inquietud de compartir los máximos momentos de la vida. Sabía lo que hacía.
     No entendía esta vida. Esta mierda de existencia tan frágil y a la vez llena de dolencias, que en nosotros habían sido eliminadas. El juicio y las sensaciones más significativas las moldearon para capacitarnos de reacción sin sublevarnos, cosa que se les escapó de las manos, a partir de mi nacimiento. Madre quiso dar un paso más, modificó los genes de células primigenias para dotarnos de una mayor inteligencia, y responder mejor a la producción. Con el paso de los años comencé a cuestionarme mi existencia. Sin embargo las dudas se disponían en fila, a la espera de una resolución convincente que tardé en encontrar. ¿Porqué me había dormido?¿Qué lo había provocado? ¿Cuánto tiempo hacía? ¿Qué tipo de accidente sufrí?... Mi motivación acabó por llevarme a indagar, y me cuestioné él porque yo y no otro. ¿Qué tenía de diferente, para sentirme diferente? No supe encontrar respuesta a esta pregunta tan sencilla. Lo sencillo pasó a ser trascendental, el tiempo hizo el resto, hasta que di en la diana. Murdok me ayudó a abrir los ojos. Su inefable actitud abrumó mis escasos conocimientos. Lo recuerdo con exactitud: “no dejes para mañana lo que puedas hacer hoy. Hazme caso”. Menos mal que respondí a su llamada.
     Murdok había sido el primero de una larga lista a los cuales se les había implantado la novedosa y fantástica regeneración de células. Nuestros cuerpos podían volver a “nacer” por minutos cada vez que fueran dañados por agentes externos. Sus conocimientos de ingeniería, medicina y mentalismo (introducidos por el doctor Roscher filial de madre) le habían hecho ser alguien importante en nuestra comunidad. Trabajó durante algunos años en la conservación de los especímenes que crearon Roscher y madre. Les ayudó en las tareas diarias de implantes, creación de tejidos, experimentación de engendros para su mejora, hasta que Roscher le modificó los parámetros, convirtiéndolo en un “indestructible”, nuestra seña de identidad. Las habladurías sobre sus prodigios mantuvieron su imagen en duda, hasta que me advirtió que el único afán de los hombres era  crear humanoides como perfectas máquinas de trabajo. Éramos la generación indestructible, los nuevos androides de lata y carne capaces de llevar el peso de unos hombres que dilatados en sus carreras de ambición siguieron el curso hacía otro gran desastre; nuestra sublevación.
     Con el paso de los días Dancy estaba más enamorada. Difícil papel tuvo. Enamorarse de alguien ajeno a tu mundo, a tu vida y designios. Sabía a la perfección de mi funcionamiento, de los tensores y motores que movían mi vida, y de la necesidad que me llevó a indagar. Las inclusiones en la biblioteca pasaron de ser clandestinas a poder hacerlas desde mi pequeño habitáculo. Murdok me ayudó al respecto. Sus conocimientos le sirvieron para extraer información privilegiada sobre la visión humana del mundo. Aquello me llenó de vida.
     De madre no supe nada hasta bien entrado en años. Aun mantenía la compostura de una persona rígida y el aliento de alguien capaz de hacer lo necesario por llevar a cabo su plan. Nos vimos casualmente una mañana angosta por el calor a las puertas de la “Fundición Howard Cloud” en la que había sido destinado desde mi despertar. Su visita inesperada me llenó de entusiasmo.
-¿Qué tal? – me preguntó algo fría y ondulante, a la vez que paseaba la mirada por mi torso.
-Bien madre – mantuve el silencio -. Hacía días…
-No digas nada. Me mantiene contenta pensar que eres un hombre de provecho, y saber que lo seguirás siendo.
     Procesé la información tan rápido como pude sin obviar la intención escondida en sus palabras.
-¿Y?, ¿esto es todo después de tanto tiempo de ausencia?
     Mi pregunta le sentó como un jarro de agua fría. Estiró su cuerpo, y acercándose sin apartar la mirada dejó escapar un suspiro.
-Más vale mantener la distancia. Eres buen hijo, no quiero perder la admiración por ti. Me han hablado de lo maravilloso que eres. Imagínate por un instante que hicieras desvanecer esa imagen que tengo, por un simple comentario. Lo dejaremos como está.
     Me sonrió frívolamente.
-No puedo madre. Necesito aclarar ciertas cosas que no entiendo.
     Metió las manos en el bolsillo y sacó un papel.
-¡Ves! – me dijo -. Es un buen combustible para las llamas. Las dudas son dudas, y no tienen por qué tener respuesta. Si no dejarían de ser dudas. Es normal que las tengas, eres joven, diestro y muy bien puesto. Tienes una vida por delante, y ya sabes tú función. Todos tenemos algo que hacer en esta vida. Yo también tengo mis obligaciones y no me quejo.
     Todo esto iba mucho más allá de la tribulación. Madre acabó por besarme en la frente. Sentí sus fríos labios posarse sin calor, junto a sus ásperas manos. Frío, aquello fue muy frío.
     Al acabar se marchó a las oficinas y no volví a verla.
     De camino a nuestro habitáculo Murdok me preguntó con quien había hablado.
-Madre – le dije.
     Su cara de perplejidad me desconcertó.
-¿Madre? – preguntó.
-Sí. Gracias a ella desperté de mi sueño.
-Nunca me hablaste de ella, precisamente de ella.
-¿Y?
-Es una de las científicas más influyentes de toda la historia humana. Su poder está por encima de cualquier gobernante.
-No entiendo.
-Madre es la creadora de nuestra raza.
     Aquello me sobrepasó, no supe que responder. Cuadrar en mi mente su poder me desestabilizó. A partir de ahí comencé a entender parte del pasado y el camino del presente, y el futuro. Sus explicaciones se concretaron con los días.
     Menos mal que el tiempo no pasó en vano.
     Cierto día como hoy hace ciento treinta y dos años y cuatro meses, a las tres en punto nací, después que el sol llegara al cenit. Todo cambia, nada perece. El cambio es una mera sujeción del hombre, para percibir avance. Todo debe fluir, sin tiranteces, y este es mi verdadero renacer. Entendí en mi larga carrera lo indispensable, aquello que mueve al ser humano a hacer lo que hace, a tropezar en la misma piedra las veces que haga falta, a caerse y ajusticiar a los demás sin pensar en sus actos, y a llenarse de las cualidades de los siete jinetes del apocalipsis. Lo que madre no me enseñó lo aprendí de los archivos arcaicos almacenados en la biblioteca principal, gracias a Murdok, y Dancy, a la experiencia, a los días de insomnio, a la fuerza del valor, y la voluntad de mejorar día a día.
     Nunca olvidaré los matices de la mañana del veintidós de agosto del siete mil trescientos cincuenta, la desaparición de Murdok fue el detonante de mi despertar. Madre tras los hilos del poder ejecutó la orden de su desaparición. Nunca llevaron bien, que sus creaciones llegaran a despuntar más que su creatividad e ingenio. Lo inverosímil pasó a formar parte de la revolución que comenzó a iniciarse en mi interior. La certeza de las palabras de Murdok me llevó a nuevas fronteras. Me quedó su aliento, vida, obras, con eso me bastaba para iniciar la mayor hazaña de todos los tiempos.
    A día de hoy asumo con claridad quien soy, que hago aquí, y la posibilidad que un día acaben con mi vida, pero a lo que no renunciaré es al amor que se ha abierto en mi interior, y del que tan escasos son estos hombres y mujeres de la nueva era simbiótica. Los cables que me conectan los circuitos a las células, neuronas y aparato circulatorio lo saben tan bien como Dancy. A ella nunca le importó mi posición, ni a mí morir por amor si hiciera falta. El mundo puede cambiar a mejor, los de la comunidad están dispuestos al reto. Solo es cuestión de avivar la pequeña llama. Y estoy seguro que lo conseguiremos, porque somos los indestructibles y nadie nos va a detener, por muy controvertido que sea este cambio. Es nuestro despertar. Tenemos vida propia y las cartas en la mano, y vamos a jugar para ganar. La humanidad lo necesita de veras. Un mundo sin esclavos, un mundo lleno de amor. Conseguiremos el objetivo. Lo juro, no quedará en el olvido. La sublevación ya ha comenzado.