"Luna llena", Lincenciado Rodríguez

11.10.2013 20:26

No me gusta la luna llena.

Me gusta la paz de la noche, con su frío reparador, con su silencio a penas alterado por el ulular de los búhos, o el aleteo de los murciélagos que en ningún caso me impiden disfrutar de la sinfonía del viento al acariciar las copas de los cipreses añosos. Sí, me gusta la paz del cementerio, con sus noches predecibles y tranquilas, tan solo cambiantes con el ritmo estacional y la climatología.

Me gusta la tranquilidad de una noche fría de invierno, con sus fuertes heladas que llegan hasta congelar los tuétanos de los huesos con ese leve cosquilleo tan gracioso; pero también disfruto de una buena noche de tormenta, de un buen aguacero salpicado de truenos y relámpagos ¿a quién no le gusta una buena fiesta de fuegos artificiales?.

Soy de naturalidad conformista, pero tengo mis manías. Las noches han de ser oscuras, negras, cuanto más mejor. Para luz ya tenemos el día. Las falsas noches de luna llena que causan repelús.

Soy tranquilo y de costumbres fáciles. Soy todo un zombi conservador. El día es para los vivos y la noche para los muertos.

Mis biorritmos me avisan de la caída de la noche. “Muero” en un cementerio tranquilo… tan tranquilo que soy el único “supermuriente”. No me gusta madrugar. Prefiero disfrutar de mi nicho dos o tres horas antes se salir a pasear entre las tumbas y los panteones.

Recuerdo tiempos pasados en los que estábamos a tope. Éramos como doscientos colegas sedientos de sangre. Las noches eran una auténtica juerga. Saltábamos la tapia del cementerio y nos íbamos al pueblo a cazar incautos. Con el tiempo se fue acabando la comida por la crisis y la emigración masiva. Los colegas se aburrían y se fueron a tierras más prósperas. A mí con la edad se me han ido pasando las ganas de juerga, y ahora con lo que más disfruto es con la tranquilidad, con la soledad, con la oscuridad y con el frío de la noche.

Me levanto divagando “enmimismado” sobre lo divino y lo humano, y en las noches tranquilas, cuando el silencio es total, mi gozo es completo. Es un gran orgasmo que se prolonga hasta casi las primeras luces del alba.

Es en estas noches tan silenciosas cuando me siento más acompañado. Oigo el “Crick crack” quedo y continuo que producen las mandíbulas de los gusanos que devoran mis entrañas. El sonido es como un cosquilleo agradable que recorre todo mi ser. Además, el saber que son carne de mi carne y que no solo me devoran a mí, sino que también, en su ansia, se están devorando unos a otros me produce un hondo regocijo difícil de explicar ¡sino fuera por estos pequeños placeres efímeros!.

La oscuridad de la noche me impide verlos, pero en mi mente los imagino como serpentinas de colores recorriendo y rodeando mis albos huesos, cada vez más descarnados, como si fueran el confeti de una fiesta de cumpleaños. ¡Ah, mis niños, qué felices son!. Si tuviera labios dibujaría la amplia sonrisa de la felicidad plena. Sin embargo cuando hay luz, el sueño, la imaginación, se ve eclipsada por la cruda realidad de huesos viejos, podridos, recorridos por repugnantes gusanos campando a sus anchas… era de esperar y no sorprende, pero hay una connotación esencial y es que la luz al iluminar los malditos gusanos, hace que pueda ver sus cabezas y en ellas apreciar las facciones que son el reflejo exacto de las caras de las víctimas de mis juergas de juventud. Mujeres, niños, ancianos… todos ellos con cuerpos de gusanos y caras rubicundas y sonrientes, con bocas que se abren y cierran, como si cantaran, como si se tratara de un coro de borrachos cantando el “Asturias patria querida”… y no lo soporto…

Es por eso que no puedo soportar las noches de luna llena, que me castigan a permanecer encerrado en mi nicho para evitar la visión fantasmagórica de tan repugnantes gusanos.