"Lugar cotidiano", Perro

31.10.2013 18:05

Lugar cotidiano

 

Una mujer duerme.

Un hombre con mono azul de trabajo la despierta.

Hombre.- Ha llegado tu hora.

Mujer.- ¿Quién eres tú?

Hombre.- Soy el mensajero de la Muerte.

Mujer.- ¿La muerte? Te imaginaba con guadaña y con capa negra.

Hombre.- Mujer, esto no es un sueño.

Mujer.- ¡Lárgate!

Hombre.- Vas a morir.

Mujer.- Déjame en paz.

Hombre.- Prepárate, estos son tus últimos instantes.

Mujer.- ¿Qué dices?... No te creo. Es demasiado pronto para morir.

Hombre.- Todo el mundo dice lo mismo.

Mujer.- ¿Pero no deberías presentarte sin avisar?

Hombre.- Y sin avisar he venido. En teoría estás ya, virtualmente hablando, fuera del mundo en el que vives.

Mujer.- Ah, ¡no! Eso sí que no… Yo todavía tengo muchas que hacer.

Hombre.- No hay excusas.

Mujer.- Sí que las hay. Aún no he logrado ninguno de los objetivos que me propuse cuando era niña. Y te lo aseguro, no se trata de asuntos banales.

Hombre.- Todos tus objetivos han quedado truncados…

Mujer.- Eso es imposible… Al menos en lo que se refiere al último y más importante de ellos.

Hombre.- ¿De qué se trata?

Mujer.- Me alegro de que la Muerte se interese por mis proyectos justo en este momento. Pero sepa usted que está siendo muy impertinente… Soy la responsable de una misión trascendental. De mí depende la vida de otras muchas personas. Necesito una semana más, al menos.

Hombre.- No puedo. No soy yo quien marca las reglas del juego… Sólo soy un emisario.

Mujer.- ¿Y quién entonces marca las reglas?

Hombre.- El azar y la necesidad, dependiendo de la latitud.

Mujer.- Me parece increíble…

Hombre.- En general, cuanto más al norte, más azar… Más al sur…

Mujer.- Más necesidad.

Hombre.- Así es, aunque tengo que admitir que hay infinidad de excepciones.

Mujer.- Ya.

Hombre.- Y siguiendo el protocolo, resulta que hoy, por azar, le ha tocado a usted… Aunque, como imagina, le podía haber tocado a otra persona…

Mujer.- ¿En serio?

Hombre.- Mire… Hay unos cupos que cumplir. Cada segundo defuncionan 5,89 mortales en este planeta. Venga, tengo prisa, cada vez somos menos los mensajeros, y sin embargo, no por ello la gente deja de morir.

Mujer.- Creía que este tema estaba automatizado.

Hombre.- Y lo estará si no hacemos algo… Si me guarda un secreto… Hay prevista una huelga de mensajeros.

Mujer.- ¿Para cuándo?

Hombre.- De aquí a unas semanas.

Mujer.- No me has entendido. Tengo billete de avión reservado para África. Y sale mañana. Allí me esperan. Necesariamente me esperan. Soy la encargada de llevar una vacuna que salvará montones de vidas. Y estos temas ni pueden esperar ni se pueden dejar al azar. Si yo falto, el avión partirá sin la vacuna, y toda la campaña se vendrá al traste. No querrás ser el responsable de tanta desgracia...

Hombre.- Le repito que solo soy un emisario. Y la hora de su muerte está siendo ahora…

Mujer.- Si yo muero, tú y tus compañeros tendréis mucho más trabajo allí donde me dirijo. ¿Es eso lo que deseas? No me dirás que disfrutas haciendo lo que haces…

Hombre.- No, la verdad.

Mujer.- Ya veo que eres alguien razonable. Además, nadie echará de menos una muerte más o menos. Si haces la vista gorda, creo que saldremos todos muy beneficiados.

Hombre.- Esta forma de proceder por su parte me resulta chocante, casi insolente.

Mujer.- ¿Por qué? ¿Acaso eres tú alguien respetable?

Hombre.- La gente me respeta.

Mujer.- Te respetan porque actúas con violencia… Usted no es democrático, muy señor mío. Y el organismo que le envía menos aún. Por no hablar de la falta de equidad y de justicia. ¡Azar y necesidad!

Hombre.- No sabe de qué habla.

Mujer.- Sí lo sé. Lo sé muy bien. En este mundo sólo se mueren los más necesitados, o los que tienen peor suerte, como usted mismo me ha indicado.

Hombre.- Es ley de vida.

Mujer.- ¿Lo ve? Ley de vida. Una ley anticuada y caduca. Ni que esto fuera la selva todavía. ¿No se da cuenta de que el mundo ha cambiado?... Por esa misma regla de tres, en esta ciudad, sin ir más lejos, la única vida de verdad y con palabras mayúsculas sería la que se planta en las macetas.

Hombre.- Esta visita no es para discutir temas ontológicos, señora mía.

Mujer.- Y para qué es entonces, ¿para llevarme sin más?, ¿sin consentimiento, sin juicio previo y sin derecho a una explicación? ¿Qué se ha creído? ¡Usted ni su jefe son los presidentes de ninguna superpotencia!

Hombre.- Estoy siendo muy condescendiente contigo.

Mujer.- Le ruego que salga de esta casa inmediatamente.

Hombre.- No me pongas las cosas más difíciles.

Mujer.- ¿Y qué va a hacer, matarme?

Hombre.- Si me obligas…

Mujer.- A ver, ¿dónde está el arma?, ¿dónde?

El hombre busca su arma en su chaqueta, se palpa los pantalones… No la encuentra.

Mujer.- Se ha olvidado de ella. El stress no es bueno para nadie, amigo… Ala, con Dios. Y tarde en volver.

La mujer abre una puerta y empuja al hombre. Este sale.

Hombre.- Te aseguro que mis compañeros de África no son tan comprensivos.

Mujer.- ¿Y qué harán? ¿Mandar un avión teledirigido para aniquilarme?

Hombre.- Yo que usted no bromearía.

Mujer.- Ah, ¿sí?... ¿Sabe una cosa?... Que me quedo. Sí, me quedo.

Portazo.

Mujer.- ¡Lo dicho!... ¡Que se muera África!