"Los nuevos intérpretes", L.D.B.

26.03.2014 19:44

 

 

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NOTA: Este relato lo publiqué como colaboración en "Cuéntame un cuento" de La Cesta de las Palabras, pero quiero compartirlo con los/as familiares ClubDoyrenses.

Laurey

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            El Señor Gorila Pardo, encerrado en su jaula, observaba con sumo interés un grupo de turistas que movía mucho, muchísimo, las manos. Tanto atrajo esto su atención que aprendió algunos de aquellos gestos y deseó con fervor poder él también tomar las manos de alguno de aquellos individuos y hacerlas danzar al ritmo de las suyas.

            "Tal vez sea un nuevo baile. ¡Tienen esos seres unas costumbres tan raras que podría ser una exótica sardana en la que los pies se mantienen quietos!", pensó fijando sus agudos ojos en dos chicas que se reían a carcajadas- ¡Ah, esa pelirroja, qué bien bailotea!

            Cuando pasaron de largo, el Señor Gorila Pardo se quedó desanimado. ¿Qué podía hacer para lucir su inteligencia y demostrar que él también sabía danzar de aquel modo tan extraño?

            En aquel preciso momento apareció el Señor Ratón Blanco y quedó completamente asombrado al ver cómo el Señor Gorila Pardo retorcía las manos de un modo muy curioso.

  --¿Te pasa algo, amigo? -Inquirió preocupado- No tengo noticias de que padezcas parkinson o algo por el estilo.

            El Señor Gorila Pardo resopló indignado.

  --¡Cállate, insensato! ¿Es que no te das cuenta que estoy bailando?

  --¿Bailando? -Chilló el pequeño roedor alarmándose- ¡Lo que necesitas, amigo mío, es que la alta Señora Jirafa Moteada te haga un exorcismo conjuntamente con Monsén Canguro Blanquecino! ¡En cualquier momento temo que empieces a escupir espuma!

            El Señor Gorila Pardo se sintió tan ofendido que empezó a perseguir al Señor Ratón Blanco por toda su propiedad, pero éste desapareció por un pequeño agujero y se alejó con los bigotes temblándole violentamente.

  --¡A ver quién tiene parkinson, amigo! -Le gritó con sarcasmo el simio- ¡Y ya te gustaría a ti poder danzar como yo!

            El ofendido esta vez fue el pequeño ratoncillo. Se sentó sobre sus cuartos traseros y empezó a mover sus patitas delanteras, pero no lograba imitar al Señor Gorila Pardo y esto era totalmente frustrante para él.

            "¡Maldito arrogante!", refunfuñó para sí y siguió manipulando las posiciones más complejas que pudo hacer con sus diminutas patitas.

            El Señor Buitre Negro, que lo observaba intrigado desde un árbol, le gritó con voz estrangulada por la risa:

  --¿Tocando algún tipo de instrumento invisible, amigo? Más te valdría ir donde está la Señora Elefanta Trompona y pedirle que te preste su trompeta.

  --¡Estúpido! -Musitó el Señor Ratón Blanco- ¡Lo que te pasa es que tienes envidia porque tú no tienes manitas para hacer esta fantástica danza manual!

            El Señor Buitre Negro se alzó en el aire y fingió ir a lanzarse sobre él para darle un buen picotazo, pero el pequeño roedor huyó temiendo acabar en su panzota, sin embargo, una vez lo hubo perdido de vista, el pájaro trató de hacer los movimientos tan estrafalarios que había observado en su interlocutor y lo único que logró fue un buen enredo de garras, por lo que, sintiéndose derrotado, decidió ver a la Señora Gran Anaconda y así no sentirse el único incapaz de hacer semejantes cosas.

            Voló, pues, hasta el territorio de la Señora Gran Anaconda y se posó en la rama más alta de un enorme árbol. Tras meditar por unos minutos decidió hablar.

  --Señora Gran Anaconda, ¿cómo va usted? -Le preguntó con amabilidad, sabiéndose a salvo de las fauces del réptil- Hace un día soleado, ¿verdad?

            La enorme serpiente que, efectivamente, se estaba calentando al sol, siseó con placer.

  --Un día espléndido, sí Señor Buitre Negro. ¡Espléndido!

            Éste chasqueó el pico y anunció triunfal:

  --He aprendido una danza nueva y querría mostrársela, Señora Gran Anaconda.

  --Adelante. -Invitó con gran entusiasmo, puesto que era amante del baile- Soy toda ojos.

            El Señor Buitre Negro rió para sus adentros e hizo unos cuantos pases y movimientos de patas que, desde lejos, parecían sumamente difíciles pero en realidad eran de lo más sencillo.

  --¿Le ha gustado, Señora Gran Anaconda? -Inquirió al terminar.

  --¡Muchísimo, Señor Buitre Negro! -Le aplaudió ella golpeando el suelo con la cola- ¡Cómo me gustaría tener patas!

            El pájaro vio su oportunidad de venganza y dijo:

  --Usted se contornea muy bien, Señora Gran Anaconda, ¡estoy seguro que podría lograr un efecto mucho mejor que el mío y sin patas!

            Y, dicho esto, se alejó riendo sonoramente mientras la Señora Gran Anaconda, emocionada por el malicioso cumplido, se levantaba y empezaba a bailar y cada vez lo hacía con más energía y pasión hasta que acabó enredándose de tal modo que quedó tendida en el suelo sin poder moverse.

            Pese a que la Gran Anaconda no promocionó la extraña danza, la pelirroja intérprete Janet Compton le explicó a su sorprendida pareja que los elefantes estaban sentados moviendo sus cuatro patas hasta caer de espaldas y rodar hasta el lago donde se encontraban los hipopótamos haciendo algo muy semejante a un desesperado buceo.

            Si bien es cierto que el Señor Gorila Pardo no podía salir de su jaula y acabó por dormirse y soñar con aquel frenético movimiento de manos, el Señor Ratón Blanco sí tenía plena libertad para entrar en cualquier cercado y había promocionado la supuesta danza manual que gustó a todos... convirtiéndolos en los nuevos intérpretes.

  --¡Wow, Señora Elefanta Trompona, hace cosas más raras con su trompa que la Señora Gran Anaconda! -Estalló el Señor Buitre Negro que tenía permitido acercarse al territorio de los grandes mamíferos- Permítame que le aconseje practicar eso con la Señora Elefanta Trompalarga. ¡Será maravilloso!

            Y tan maravilloso fue que el veterinario del zoológico tuvo que auxiliarlas porque se habían anudado las trompas. También, por supuesto, hubo de socorrer a la Señora Gran Anaconda, la cual siguió con su baile hasta caer enredada nuevamente.

            Los delfines, focas y pingüinos, en el espectáculo de la tarde, también hacían extrañas cosas con sus aletas y sus adiestradoras estaban desconcertadas. ¡En lugar de sus números se pasaron el tiempo haciendo extraños movimientos que hicieron creer la existencia de alguna pasa neurótica!

            Los felinos, por su parte, estaban de pie sobre sus patas traseras, juntando las delanteras unos con otros y tratando de seguir las fascinantes gesticulaciones del Señor Rey León. Sin embargo, los zarpazos eran continuos, así como los rugidos de frustración. ¡Aquello era tremendamente difícil!

            Los diferentes simios, a su vez, parecían bailar sevillanas y en cuanto a los canguros, que habían empezado a imitar a Mosén Canguro Blanquecino, habían terminado jugando a boxeo.

            En definitiva, Janet Compton, intérprete y artista londinense, se dijo que aquel zoológico tenía unos animales realmente extraordinarios, especialmente cuando encontró a las jirafas con las patas delanteras detrás del cuello sin poderlas poner nuevamente en tierra firme.

  --Es la cosa más rara que he visto en mi vida. -Le signó a su pareja- ¿Te puedes hacer a la idea, Laurey?

  --No. -Le contestó la otra con la risa bailándole en los ojos- Sólo espero que no se hagan daño.

            Y, no, realmente no se hacían daño, pero sí estaban asustando al personal. El veterinario corría de jaula en jaula, de cercado en cercado, de territorio en territorio... y acabó su informe con estas palabras:

            [El único que no parece afectado por esta extraña epidemia es el gorila de color pardo].

            Poco imaginaba que era éste el que había empezado con su estrambótica danza y que, ya en la tarde, viendo pasar a Janet Compton y a su pareja, estando él despierto y al acecho, golpeó con fuerza el cristal.

  --¡Ah, qué susto! -Le signó la artista a la otra chica- Ese gorilita pardo parece querer romper el cristal.

            A esto, el Señor Gorila Pardo, encantado de que la joven se le dirigiera moviendo las manos, así mismo respondió él.

  --¿El lavabo, por favor? -Signó imitando los movimientos de la pelirroja horas atrás.

            La famosa pintora de cuadros se quedó boquiabierta. ¡El gorila signaba y en inglés!

            El Señor Gorila Pardo se emocionó tanto que enredó de modo fabuloso los signos que había aprendido y sus manos danzaron con rapidez.

  --Necesito el lavabo, guapa. Antes me han abierto y tenía dolor de vientre y sólo llegué al maletero de tu coche.

            Janet Compton, blanca como la cal, se creyó lo que el simio le signaba sin reconocer, ni por asomo, que éste sólo conocía signos que ella había utilizado aquella mañana.

  --¡A este mono le han abierto la jaula y se ha metido a... lo que sea en el maletero de nuestro coche! -Le interpretó a su chica- ¡Oh, Laurey, deberemos poner una denuncia!

            El Señor Gorila Pardo, que entendió "han abierto", "maletero" y "coche", se golpeó el pecho con los puños y luego signó.

  --¡Qué buena estás! -Y ante los ojos tan abiertos de la artista, siguió liando más las frases- Hoy hace demasiado calor, ¿no? Estarías mejor en bikini.

            Laurey soltó la carcajada. Abrazó a Janet Compton y la besó. Luego se dirigió al gorila.

  --Es cierto. Mi inglesa está realmente buena, pero es mía.

            Al Señor Gorila Pardo le gustó aquello y repitió una y otra vez:

  --Es mía. Mi inglesa es mía, en el maletero hace calor es mejor ir en bikini. En el lavabo la necesito. Es mía.